Quizás lo obvio indique que ser cubano es nacer en Cuba.  O que la cubanía es un modo de llevar la vida, cuyo flujo direccional se mueve exclusivamente en el mismo sentido de las costumbres propias de la nación. Esos conceptos se suelen ceñir a una lista de requisitos bien demarcados, como si la identidad nacional fuera equivalente a una ecuación matemática donde 2+2, siempre va a dar 4.

Tales juicios fungen como el caldo de cultivo para la proliferación de estereotipos. Por ello los clichés sobran en torno cualquier neologismo que defina las supuestas esencias  “congénitas” de los nacidos en la Isla.

Desbordan los ejemplos. Cuando era pequeña escuchaba todos los días en la escuela que los niños cubanos eran “pioneros por el comunismo” y debían “ser como el Che”.  Aunque la frase era exclamada automáticamente, la fuerza de la repetición hacía -a costa de la inocencia- que una consigna se convirtiera en una certeza casi absoluta. Luego, cuando esa convicción se difuminó, por significar un referente demasiado abstracto y lejano, llegaron otras instrucciones de cómo se debía actuar para clasificar en el rango de persona autóctona. Instrucciones que al paso de mis años no han variado mucho.

La cubanía es similar al hashtag de una red social, donde son importantes diversos juicios alrededor de un mismo tema

Hablamos de ciertas características que, de tan representativas, en ocasiones otorgan etiquetas de “rareza” o “extravagancia” a quienes las transgredan. Bajo esta lógica el criollo “de pura cepa” tiene que comer cerdo asado y arroz congrí; debe ser preferentemente heterosexual, debe escoger entre la religión católica o la yoruba, debe sentirse a gusto con los ardientes ritmos de la música nacional. Muchos circunscriben el “ser cubano” al carácter jaranero y hasta desmesurado, a la vestimenta de cortas y desenfadadas proporciones, al acto de llamar “asere” al camarada estimado.

De ahí a que se mire con recelo a una persona que no cumpla con esa serie de convenciones. ¿Acaso no pueden ostentar el gentilicio con la misma autenticidad un  musulmán, un vegetariano, o un homosexual?

Para mí el único elemento irrefutable del país es su condición geográfica. Otras categorías distintas a esa pueden ser perfectamente relativas. Basta con acercarse al etnólogo Fernando Ortiz para darse cuenta: el término “ajiaco” que utilizó para definirnos, dan fe de la pluralidad acopiada en nuestro suelo tropical.

La cubanía es similar al hashtag de una red social, donde son importantes diversos juicios alrededor de un mismo tema. Por tanto, resulta nocivo pretender rotularla como la tendencia que poseen solo algunos privilegiados, de acuerdo a sus formas particulares de existir.

No comparto el afán de contener la sustancia identitaria en una camisa de fuerza

Si bien es cierto que jugar dominó es significativo dentro de nuestras tradiciones, cada vez se hace más creciente la afición de pasar el tiempo frente a un tablero de ajedrez. Si bien el son y la trova son géneros intrínsecos del panorama sonoro, no todos los moradores del archipiélago se identifican con ellos, sino que prefieren el rock, el jazz o el tango. Cualquier opción es válida en definitiva, pues cada cual tiene el derecho pleno a decidir sus destinos y preferencias.

En el pasado a muchas personas se les tildó de coquetear con el diversionismo ideológico, solo porque escuchaban los Beatles u otros autores foráneos. Hoy es imposible catalogar de “menos cubanos” a los cientos de espectadores que asistieron al concierto de los Rolling Stones en La Habana.

Tampoco considero a la cubanidad como una condición privativa de los nacidos en el “caimán caribeño”. He tenido la oportunidad de conocer a ciudadanos naturales de Miami -la diáspora por excelencia- que profesan un arraigo infalible por la tierra de sus ancestros, y saben reconocer a distancia un atributo como la Palma Real.

Por eso no confío demasiado en las etiquetas. Por eso no comparto el afán de contener la sustancia identitaria en una camisa de fuerza.  Saberse el propietario de sentimientos genuinos, traspasa el simple hecho de vestir una guayabera, beber un trago de ron o arrollar con una conga. A fin de cuentas lo cubano está lejos de parecer un traje almidonado. Me gusta más atribuirlo a un estado del alma.