San Salvador. Un autor del periódico El Faro cuenta que, en determinado momento, el riesgo y la penuria llegaron a un nivel tal que debió liar los bártulos y abandonar el país con su esposa, y alimentarse en el trayecto con las sobras que dejaban los clientes en McDonald’s. Lo amenazaron.

Le creo y, a su vez, me avergüenzo. De la forma en que un día sentí pena por mí y los demás y lo dije en clases, porque había leído de García Márquez que las facultades de periodismo eran algo así como innecesarias o secundarias para el oficio. La profesora se opuso a mi avenencia.

La parte de El Salvador en la que me encuentro con un reportero de El Faro es la zona rosa, el centro turístico, donde a pesar de que haya negocios con influencia de las pandillas principales —digamos, la Mara Salvatrucha— y guardias armados con escopetas a la entrada de los establecimientos, incluyendo McDonald’s, no se respira el ambiente que supondríamos en uno de los países más violentos del mundo que llegó a registrar hasta diez asesinatos diarios entre una población de 6 millones de habitantes. Lo cual favorece un clima bélico entre gobierno y pandilleros y parece muy lejos del control de Sánchez Cerén. O de Dios.

Aquí un periodista puede morir por un texto atrevido. Igual que en Guatemala o en México. Aquí un periodista se está jugando, a veces literalmente, el pellejo; que disuelvan sus tejidos en cal viva.

Pero en la zona rosa, no. Ignoro si sería capaz de imitar lo que ellos hacen ahí fuera. Lo que para mí significa una prueba cotidiana de coraje, en estas tierras no es más que el pan suyo de cada día.

Adentrarse en barrios dominados por los mareros que envían niños a espiar los pasos del cronista.

San Salvador es una ciudad sobre la que se derrama un calor bastante similar al de Cuba, como un baño de aceite.

Evoco un regaño algo extenso de la profesora. He cometido el error de tener acaso una inyección de lucidez y de comunicar mi derrotismo al aula. La profesora se dirige al resto de los estudiantes y dice que el que no se sienta bien con la academia del periodismo nuestro, se dedique a otra carrera. Intuyo que se equivoca con eso de “sentirse bien”, si uno se siente bien antes de y durante su trabajo en un medio, mejor que se dé por perdido. El periodismo no es para estar a gusto ni acomodarse. La profesora es de las que ha cuidado su estatus, una panelista de la Mesa Redonda que no está de acuerdo con las decepciones. En el aula es, también, una voz del poder. Por sí sola, nada más examinando la superficie, si quisiera puede percibir que, en efecto, ha hecho poquísimo de reporterismo.

Tres años después de la clase, enfrento a la subdirectora del semanario Trabajadores. Abandono el puesto. Entre otras cosas, le digo que el nuevo código laboral que pone la fecha de término de un contrato a voluntad de los directivos es basura. La subdirectora argumenta que se aprobó en amplias e inclusivas discusiones en los centros. Para ella, el modelo democrático que tenemos resulta incontestable. Nada, me aplican una sanción en el expediente por haber dejado el puesto, por dejar una vacante a la deriva, sin permiso administrativo. El puesto fúngico de editor web se resumía en subir textos de tono épico los 1ro de mayo y aguardar hasta las doce de la noche para replicar la portada exacta del sitio de Granma.

El periodismo en Cuba es, la mayor parte de las veces, un acto reflejo. Acción y reacción estereotipada. No te las des de díscolo. ¿Y qué si tu país tiene miles de problemas y no te asesinan por investigarlos? Sé disciplinado, sé respetuoso, cumple con lo tuyo, cierra el pico, razona lo menos posible y serás recompensado. Ser recompensado quiere decir ser admitido en la UPEC con un carné, aspirar a que te instalen una ADSL en casa; llegar a una jefatura, a un auto de matrícula estatal, viajar al extranjero con un pasaporte que no es realmente tuyo, y hasta contar a ratos con la supervisión de un agente de la Seguridad del Estado que debe enterarse de donde pasas la noche así sea en un iglú con una foca. En resumen, ejercer cualquier función menos la de periodista.

Muchos graduados comprenden que tienen que volverse dóciles a cambio de estos privilegios. Yo salí defectuoso, me oprimió la frustración y me fui de freelance sin acreditación ni nada. Sin merienda de pan con embutidos ni almuerzos en las actividades ministeriales. Hoy, que no es exactamente hoy, según se mire, en San Salvador no me siento bien cuando un editor del The New York Times me halaga por integrar el equipo de quienes hacen la revista El Estornudo.

El reportero de El Faro quiere que le explique por qué los periodistas cubanos que no corren peligro de que los descuarticen, se cuidan tanto de lo que escriben, y no encuentro ciertamente cómo responderle. De seguro, la profesora sí le daría una contesta o dos, como pasa en el cajón de comentarios del blog La pupila insomne.

—¿A qué le temen? — insiste el salvadoreño.

Pues a todo. Y a nada.