Lourdes siente que su “niño” de 30 años tiene lastres físicos y, además, está enfermo de tristeza. Que no tiene las ganas de volver a caminar, que la ausencia de “amiguitos” le deprime. Si de ella dependiese, se echaría a Benito a cuestas y lo llevaría a recorrer el mundo, porque necesita, como le dijo la siquiatra, relacionarse con los demás.

Tiempo antes de la hernia fatal, la cual le limitara lo movimientos y lo mantuviera inválido por dos años, ya la progenitora examinaba una idea para reinsertarlo. Con amor y esperanza, un proyecto comunitario del pintor pinareño Jorge Carrete, es ahora su última apuesta para vencer la desilusión, habitante de ese cuerpo grande sentado en la sala.

Ella espera que ese estudio de las artes desencadene las potencialidades y habilidades comunicativas de Benito, como suele hacerlo, habitualmente, con los pequeños síndromes de Down.

Benito mira a través de la puerta del balcón, extraviado en la distancia. Suele mirarme, con mucho esfuerzo, apenas dos o tres veces cada par de minutos. Los pies reposan sobre una banqueta pequeña, habituados al poco esfuerzo. Padece de retraso mental ligero y de Síndrome de inadaptabilidad social, como lo llaman los médicos.

“Está muy desmotivado. La muerte del hermano también lo tiene así; además, estar en este quinto piso sin salir, lo pone peor todavía”, dice Lourdes, para quien el tiempo se ha resumido en el cuidado celoso de la descendencia.

Nunca lo deja solo. El joven le confiesa su deseo de hacer amigos, de tener una vida normal como los demás, por eso espera ansioso la fecha de ingreso en el proyecto del pintor.

Por su condición de caso social, el gobierno local les regaló un apartamento en un quinto piso, en la ciudad de Pinar del Río. Ella espera que pronto, y por eso insiste a las autoridades, se lo cambien por algo “más abajo, en un primer piso, para salir, tratar de caminar, ver la gente afuera”.

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La madre conversa sobre su persona, con un extraño, pero él mantiene su silencio rácano, pesado. En ocasiones, articula una frase imperceptible, con dirección a la mamá y vuelve a su marasmo acostumbrado.

Siempre será antes y después para Benito. Antes trabajaba en el campo. Antes montaba a caballo. Antes iba a la escuela, en la enseñanza especial, debido a cierto retardo en el aprendizaje. Después, debió abandonar los estudios. Después, no entró en secundaria. Después, la hernia le fastidió la vida.

“No tiene mucha fuerza, se le entumecen los pies y las manos. Pero ya se mueve por la rehabilitación. Está ahora como en la adolescencia, con ganas de aprender. Pasa todo el día leyendo, tirado boca arriba en la cama.

“Cuando llegan las ferias del libro, hago maravillas con la pensión y le compro libros y libretas, para dibujar y leer”, cuenta Lourdes, más cercana, pero aún con voz tenue, aunque Benito ya descansa en la habitación.

“Las clases del Proyecto comienzan pronto. Me dijeron que quizá no podría entrar directo, pero si vincularse con las actividades de ellos, contactar con los niños y después veremos. En su opinión será bueno su motivación para que desarrolle habilidades. A pesar de todo, es muy inteligente”, explica la anciana.

Benito mira el techo liso, blanco y vacuo, acostado, como siempre boca arriba. Extrañamente, aceptó a un extraño husmeando en su libreta, harta con los dibujos desperdigados, sin orden lógico. Un león, un perro, un gato deforme y una casa de trazos simples y lineales.

“Cuando un día yo no esté, espero que pueda valerse por sí mismo. No pinta más porque le hace falta esa ayuda, para aprender. Nada más empiece a caminar, olvidará el dolor constante y las molestias. La pintura es la esperanza mía, de verlo encaminado”.