“Lo político seduce más fácil la vista de un comprador extranjero que no está muy familiarizado con la realidad cubana, por eso se venden más fotos del Che que quizá un tipo de arte más global”. Es el criterio de Rafael Villares, joven artista habanero de 26 años, que a pesar de su corta edad tiene obras integradas en colecciones privadas y públicas de Cuba, México, Colombia, Estados Unidos, Puerto Rico, Suiza y Alemania.

“No podríamos hablar de un mercado del arte en Cuba porque no existe. Haría falta una gran clase económica emergente que pueda comprar, pues en verdad el arte cuesta y no es algo de pocos pesos”.

Villares habla desde su estudio en el céntrico barrio del Vedado, en La Habana. Hablamos de lo que es evidente para muchos: los bajos salarios nacionales son la causa de que la mayoría de las obras contemporáneas cubanas estén en manos de extranjeros.

“Hay nuevas galerías que están creciendo y conozco varios proyectos que movilizan el ámbito del mercado del arte cubano, muchos grupos vienen a ver qué pasa aquí, pero todavía dependemos demasiado de cuanto sucede fuera, seguimos en la periferia”, sentencia.

No obstante, Villares confía en los incipientes coleccionistas del país y en los extranjeros que se asientan en La Habana para impulsar a los jóvenes y patrocinarlos.

Obra Rafael Villares. Foto: Henry A. Pérez.

Rafael se interesa por los paisajes y no desde el concepto más tradicional. Los define como palabra ambigua y abarcadora y le encanta hacerlos a partir de otros medios distintos al óleo y el lienzo para evidenciar esa relación implícita hombre naturaleza. Ubica la idea en primera instancia y la sustenta con fotografía, dibujo, videos e instalaciones.

Le gustaría que el arte contemporáneo fuera mejor apreciado.“Las piezas relacionadas con el proceso revolucionario o estereotipos como el tabaco, los barbudos, la mulata o el ron Habana Club se venden fácil, desgraciadamente nosotros también lo estamos produciendo porque es muy rico para atraer determinado tipo de turismo.”

En muchas ciudades del mundo los creadores ocupan barrios y los convierten en distritos de arte, pero en Cuba no hay acceso a esas grandes naves. Esta es la razón por la que muchos convierten sus casas en estudios o talleres para mostrar y comercializar su obra. Con el carnet del Registro del Creador Villares mantiene un status legal: cumple con los impuestos y tiene permiso para vender.

“Sin embargo, quisiera recalcar la particularidad entre las artes a la hora sobre todo de legalizar, de pagar tributos, nosotros no podemos ser vistos como trabajadores por cuenta propia porque no tenemos la sistematicidad de ingresos de alguien que tenga un negocio como un bar o una paladar, tampoco ganamos como un músico y hay que delimitar campos en ese sentido”.

Obra Rafael Villares. Foto: Henry A. Pérez.

El espacio donde se gesta la obra lo valora mucho y pretende convivir consigo y con los demás cuando logre consolidar un proyecto de alcance comunitario. Mas, no se ha hecho desde Cuba un catálogo con alcance nacional e internacional para promover estos sitios de creación.

“Hace falta catalogar con una guía, una aplicación para teléfono, registrar en algún soporte la mayor cantidad de galerías o espacios privados donde vean el trabajo de artistas cubanos. Si existiera algo así, pensado por nosotros, se beneficiarían todos, habría una sana competencia entre los múltiples circuitos.”

La interpretación depende del público, pero en algunas el espectador puede participar y esa es la creación que apasiona a Villares. Ahora que Cuba está en boca de todo el mundo, representantes de museos o simples “art lovers” vienen a mirar, en lo que muchos ven la inversión extranjera que ayudará al crecimiento económico. Pero para conquistarla a largo plazo, se precisa balancear la propuesta, dice Rafael.

“Los jóvenes egresados de la enseñanza artística están trabajando un tipo de arte que pueda ser entendido en cualquier capital del planeta, sin dejar de ser cubano, empezar a ser universal”. Esa es su apuesta.

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