A los 18 años, Yohan terminó el preuniversitario y se rehusó a volver a estudiar. Por esa época andaba expuesto a la dureza de las calles habaneras y rodeado de lamentables compañías. A los 21, fue condenado a 8 años de privación de libertad por apropiación indebida y terminó recluido en varias cárceles del país. De los 5 años que estuvo preso me pide que, por favor, no le pregunte. Solo atina a describirlo como el mismo infierno.

A los 28 se acercó a Papito Valladares y su proyecto Artecorte buscando una oportunidad, un espacio donde no pesara su estigma y se le viese como un muchacho más de la Habana Vieja; no como Yohan, el delincuente, el ladrón.

Dos años después está ante mí, con una camisa blanca y el pelo engomado, detrás de una barra en el bar Cabaña. Allí más de 20 estudiantes lo rodean mientras él les muestra cómo mezclar algunas bebidas.

Yohan es hoy un barman graduado por el proyecto y profesor auxiliar del curso de cantina. Artecorte y Papito, me dice, le cambiaron la vida.

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Lo que durante décadas solo pudo ser un sitio antiguo y dañado, es ahora una hermosa y próspera barriada del Casco Histórico. El callejón de los Peluqueros es, esencialmente, un hervidero de emprendimientos privados. A ambos extremos de la calle hay algunos restaurantes, un par de galerías de arte, tiendas de artesanías y frecuentes casas de renta, así hasta sumar más de veinte espacios en la misma arteria.

Casi al final de la acera, sentado frente a la Academia de peluquería, encuentro a Gilberto Valladares. Papito, como todo el mundo lo conoce, fue el primer emprendedor que quiso cambiar Santo ángel. Y bien que lo ha hecho.

“Todo este sueño comenzó en 1999 cuando intenté dignificar el oficio de la barbería. Con esa idea recorrí gran parte de Cuba buscando sillones antiguos, espejos, utensilios; y ahí está el museo. Pero rescatar el oficio a nivel de país era un sueño demasiado ambicioso.

“Entonces, Eusebio Leal me aconsejó que me enfocara en la comunidad. Para un hombre cambiar una Isla entera es casi imposible pero mejorar la vida de quienes te rodean sí se puede. Esa es la experiencia que hemos intentado multiplicar. Luego, vimos la oportunidad de crecer cuando ocurrió la apertura del sector cuentapropista”.

En 2010 se permitieron nuevas modalidades de trabajo privado. Hasta entonces solo 157 371 personas integraban el incipiente sector en la Isla, que ya suma más de medio millón entre propietarios y empleados.

En ese tiempo Papito comienza la academia, impulsa un proyecto de desarrollo local y paulatinamente se abren paso más de 200 emprendimientos en la localidad de Santo Ángel. Espacios que hoy que generan empleo a un centenar de personas y que en alguna medida tributan al beneficio de la comunidad.

“Si algo ha demostrado Artecorte es que los valores de solidaridad y humanismo no le son ajenos al sector cuentapropista y que nosotros podemos contribuir en lo económico y cultural al país. Si trabajamos todos juntos, sin prejuicios, los privados también podemos comprometernos con el bienestar social”.

Lamentablemente salvo aisladas iniciativas, como lo es Artecorte, no es común en el país el desarrollo de alianzas intersectoriales entre lo público y privado para generar beneficio en la comunidad. Como tampoco la Conceptualización del Modelo Económico Cubano, documento que erige el camino del país hasta el 2030, comprende vínculos entre los sectores privado y cooperativo con responsabilidad social ni la perspectiva de una Economía social solidaria.

Sin embargo, para Valladares está claro que el momento de comprometer al sector privado es este, cuando comienza a gestarse. El peluquero asegura que todos tenemos algo que aportar a la sociedad: “dinero, esfuerzo, conocimiento o tiempo.

“Los profesores que forman a esos jóvenes, por ejemplo, vienen de manera voluntaria, sin recibir pago alguno. Las clases igualmente son gratuitas para quienes matriculan. Por otra parte, el local que ocupamos es estatal y no se nos cobra la renta. Cada actor aporta lo que puede y el resultado final es una academia que funciona hace siete años graduando jóvenes e insertándolos en un posible empleo. Eso es la economía social solidaria”.

“En los cursos ofertados (barbería, peluquería y cantina) intentamos alejar a los muchachos de las calles, enseñarles un oficio digno y que salgan de aquí con valores”, me cuenta Papito mientras subimos las escaleras de la academia.

Dentro hay un pequeño salón para las prácticas y un aula con, quizá, unos 25 jóvenes de toda La Habana. La mayoría, antes de llegar a Artecorte, carecían de alguna formación profesional. Todos, estaban desempleados.

Con el empuje de este proyecto y el engranaje de disimiles actores, la vida en Santo Ángel no es la misma, como tampoco lo son sus espacios públicos. En el barrio donde creció Papito, y donde él también estuvo expuesto a las calles, hoy se alternan los jueves peñas de literatura y música, se remodeló un parque infantil y en la casa de abuelos se da clases de Son. En este pedazo de la Habana, se enseñó a 8 mujeres sordas el oficio de la peluquería y a otros, como a Yohan, les cambió la vida.

A pesar de la visión prejuiciada y prohibitiva con la se observa aún en Cuba las asociaciones cuando le pregunto a e este emprendedor cómo un negocio privado puede impulsar a esta magnitud cambios en su entorno y ser autosostenible, su respuesta es inmediata.

“Creando alianzas para generar beneficio social. Todo lo que Artecorte ha logrado ha sido así: sumando fuerzas y posibilidades. Desde la oficina del historiador, las universidades, la ayuda de Havana Club en el curso de cantina, los locales que el estado no has brindado para las clases, las personas del barrio. También el vínculo con la empresa SelecMar ha sido significativo, al permitir que nuestros graduados se incorporen a los cruceros. Cada muchacho que ayudamos es una familia que estará mejor.

“Aquí trabajamos juntos privados y estatales para la prosperidad de Santo Ángel. Es un pedacito de Cuba que hemos mejorado entre todos”.