Alejandra Ferrari pasó los 13 años de su niñez en Cuba, donde sus amigos de Alamar se asombraban de que en la casa de una niña uruguaya (una extranjera) no hubiera televisor. “Mis padres fueron refugiados; por cuestiones de la vida él terminó en Holanda y mi madre aquí. Ella se quedó sola, y por eso sé bien los trabajos que la gente pasó en este país”. Su actual empresa de producción de bicicletas existe, en buena medida, por esa etapa de su vida en la Isla.

Por: Rachel D. Rojas

En 2014, Ferrari hizo un recorrido por Cuba que fue una verdadera exploración. Se fue desde Matanzas hasta Baracoa, y pudo constatar perfectamente los amplios usos que la bicicleta tiene especialmente en comunidades rurales.

“En realidad al mercado del consumidor en Cuba no hemos podido entrar, por la simple razón de que al ofertarle nuestras bicicletas a la importadora o entidad cubana que se va a encargar de la comercialización, le ponen un impuesto por encima al precio, y eso hace que la bicicleta sea aquí incluso más caras que en Holanda, lo cual no tiene sentido”, cuenta Alejandra.

Foto: Kako

“Con esos precios no vendería ni una bicicleta aquí, porque no da negocio. Por eso el mercado al que le he puesto interés es el mercado turístico. Una gran cantidad de turistas que vienen aquí quieren andar en bicicleta. Se podría rentar nuestro producto, y con ese dinero subvencionar la venta a los cubanos. Esa es una opción que se está conversando desde la edición anterior de la Feria de La Habana”, revela. Pero, obviamente, la solución no depende de ella.

Las piezas de repuesto son quizás otro espacio del mercado por donde podría entrar: “Hay una tienda de piezas para bicicletas cerca de la terminal de ómnibus que cada vez que llega el tren de oriente se queda vacía, porque todo se vende”, comenta.

“Aquí la bicicleta, para moverse en un pueblo o dentro de La Habana, sería especial, más allá del trauma de los noventa, hay muchas personas a las que sí les gusta”. Y también el sector privado emergente en la Isla podría comprar: “En nuestro stand tenemos un modelo con un pequeño carrito detrás que no te imaginas la cantidad de cuentapropistas que han venido a preguntarme si lo puedo vender. Lo que en Holanda se usa para transportar niños, aquí se podría utilizar para transportar otras muchas otras cosas”.

“Siento una conexión muy profunda con este país —confiesa con naturalidad—. ¡Cuba es un país que necesita tanto! Pensé entonces en lo que podría hacer yo, en lo que podría aportar, algo que de lo que también yo pudiera vivir. Y así empecé este proyecto para ver si había interés”. Y resulta que lo hay.

Foto: Kako

“La bicicleta tiene uso social. Tiene precios asequibles, muchas más personas la pueden utilizar para transportarse, y además es saludable, tanto para las personas como para el medio ambiente”, explica Alejandra.

El precio es muy importante para Buenabici, porque va aparejado de la calidad del producto, es nuestra garantía”, prosigue. “No nos interesa crear chatarra, ¿para qué una bicicleta que no te va a durar ni siquiera un año? Eso es destrucción, y desperdicio de capital”. Viviendo en un mundo donde la obsolescencia programada que ejercen muchas compañías a sus productos no es un secreto, este planteamiento es fundamental para ella.

“Tampoco tengo una fábrica, sino que actúo como agente en una red de productores y contactos. Veo las necesidades de movilidad que hay en Cuba y las traduzco a modelos de bicicletas que podrían ser viables e interesantes para el mercado cubano”, explica.

Es un modelo de negocios limpio: crea empleos a nivel local y produce de una manera más personalizada; no regala el pescado, sino que brinda las herramientas para que todos puedan pescar.

Foto: Kako