Hay días en los que uno se cree capaz de matar el tiempo. Por eso a esta hora de la mañana, apenas las ocho treinta, he decidido tomarme un café. Tengo suerte al dar con una mesa vacía. Es la mesa que nadie quiere, pues está en el centro y te convierte en blanco, te expone a las miradas que se precipitan desde las siete mesas restantes.

La Fontana, anclado en el centro del bulevar avileño, es un sitio de visita obligatoria para los que pretenden conocer esta ciudad poco ducha en ofertas. Por ello entre los rostros aburridos de siempre uno puede encontrarse alguna cara nueva, sentir el recóndito goce de ser un extraño para alguien.

Yo diría que es un Café peculiar, y pocos me refutarían, no por su aspecto (escueto) o su diseño (trivial), o el trato (osco) de las meseras, sino por sus parroquianos (heterogéneos), aunque es precisamente un grupo (homogéneo) el que le da la vida (lánguida) y el aire (enrarecido) que lo caracteriza.

Los adultos solían repetir en tono discriminatorio: “vale más pájaro en mano que cien en La Fontana”, algo que solo entendí cuando caminé la calle Independencia de Ciego de Ávila, estuve en su esquina con Maceo, y pude ver la concurrida población que lo ha tomado desde antaño como sitio de encuentros y desencuentros.

Sé que no pocos me tildan por elegir este espacio y convertirlo en parte de mi día a día, mas yo no dejo de sentirme a gusto, y justo ahora me ubico de espaldas a la concurrencia, dándole frente a la puerta de entrada —también puerta de salida—, pues mirar hacia el bulevar, hacia el ir y venir entumecido de los transeúntes, es lo único reconfortante en estos minutos en los que espero a la mesera que inusualmente llega pronto, me sirve agua y me mira, solamente me mira, para saber qué deseo tomar. Un cortado, digo y giro mi cabeza a noventa grados haciendo una reverencia a este templo de la charla y la lectura cabizbaja.

Miro hacia el mercado La Elegante. Siempre me roba la atención ese cartel enorme, clavado sobre su azotea, que ostenta a Fidel y a Raúl, ataviados en sendos trajes verde olivo, sonrientes como si uno de los dos acabase de hacer un chiste, mientras sobre sus cabezas sobrevuela un letrero rojo: “Revolución por siempre”, consigna que a no pocos hace suspirar.

Luego observo con discreción la venta que promueve un muchacho desde una mesa aledaña, es un jeans, tal vez me sirva, pero lo está ofreciendo en una suma demasiado elevada, en otra mesa escucho hablar de la charada, alguien le pone cinco pesos al ocho, pues según dice y se oye clarito clarito: el “muerto” debe de estar al salir.

Esta es una hora dócil. El Café se revela como un paraíso: las voces son simplemente audibles—no el escándalo común del mediodía—, y apenas son dos o tres los que fuman—puede que hoy no salga apestando a nicotina—. En otros horarios los ánimos suelen acalorarse, aquí he visto cosas insólitas: a un cliente golpear a su compañero de mesa con una silla —como solo ocurre en las películas de vaqueros—, o un travesti delgado—a lo Dallas Buyers Club— tomar dos vasos con la funesta pretensión de lanzarlos a la cabeza de un borracho que entró de buenas a primeras exigiendo a gritos un café.

Pero, a pesar de estos percances, es un espacio difícil de abandonar, no por el café casi siempre mal colado, sino por cierto misterio indescifrable, cierto aliento protector que le asalta a uno cuando descubre que entre la algazara y el humo de los cigarrillos hay algo que se llama rutina, animal virulento que solo es posible percibir y acariciar en sitios ambiguamente seductores como este.