Esto nos pasa por ser pitiyankis

 

Todo parece indicar que el mejor momento para acabar con la especulación en Venezuela ha sido justamente un mes antes de las elecciones regionales que se llevarán a cabo el 8 de diciembre…

Por Eduardo Salazar De Peñaranda

Así lo ha designado el gobierno de Nicolás Maduro, en una medida que a muchos ciudadanos se les antoja como “populista”.  

También los políticos de oficio han salido al paso manifestando que esta decisión ejecutiva, “no cambiará la situación de fondo”, es decir, el de la inflación  económica.

Pero por otro lado, vemos grandes colas a las afueras de las tiendas de electrodomésticos, y eso no es lo raro pues era de esperarse, lo sorprendente es que la gente que está comprando a estos precios regulados no sólo es la adepta al chavismo, sino además, los que conforman la oposición nacional. Es decir, la artimaña elegida por la tolda roja para ganar votos ha enajenado a ambos bandos, demostrándose así que todos son venezolanos, y eso viene siendo lo mismo: consumistas.

Y el consumismo, no es más que una condición adquirida desde hace muchos años, en la cual el ciudadano  compra y compra, así se quede sin un centavo, pero la idea es aparentar ante la sociedad que “tenemos”, que pobres no somos… o sea, miramos por encima del hombro. Esto, y no temo pecar de generalizar, pero es así, en  la gran mayoría del país, aunque siempre hay sus excepciones.

Ya bien lo describía hace unos 60 años el laureado Rómulo Gallegos o el diplomático Mario Briceño Iragorry, somos: “pitiyanquis” (adoramos lo extranjero, queremos imitar las conductas del norte, e ir de shopping es uno de esos modos). En resumidas cuentas, Maduro los engatusó a todos, o bueno, a casi todos.

El meollo de este asunto, es que a nadie se le puede juzgar por comprar más barato. Pero sí resulta un poco fantoche que algunos ciudadanos lamenten la acción gubernamental, pues hasta hace poco todo el mundo exigía que se hiciera algo al respecto. Ahora bien, ¿se hizo de la mejor manera?, ¿son sólo pañitos de agua tibia?

Pues sí. Y, en este inciso coincido con la opinión del director de Datanalisis, Luis Vicente León, quien afirma que obligar a bajar los precios no garantiza que la producción crezca, y de esta manera resolver, por decir algo, el problema del desabastecimiento. Al tiempo que no hay que ser muy sesudo para comprender que esta estructura corrupta en el que algunos empresarios reciben dólares oficiales y revenden los productos a altísimos precios, no sólo es culpa de ese sector especulativo, pues para que este pudiera formarse son muchos los que tienen las manos metidas.

Y aquí, sin espacio a las equivocaciones, están involucrados desde los funcionarios de Cadivi, hasta los de los terminales aduaneros, el fisco, etcétera, etcétera, etcétera, o lo que es lo mismo: una gran cadena que beneficiaa muchos en detrimento de los bolsillos del pueblo, la microeconomía pues, vapuleada, como de costumbre, por las altas esferas.

Este sistema corroído se conoce como “Cadivismo” (dicho por el propio Jefe de Estado), y podríamos compararlo con Recadi, un régimen cambiario que representó la más grande fuente de corrupción a finales de los años 80. ¡Vaya! Una coincidencia entre la Cuarta y la Quinta República: qué desgracia para nuestra sociedad.

Para analizar la situación que está atravesando Venezuela en estos momentos, se tienen que mirar muchas cosas, pues no basta con resoplar que la medida de Miraflores es demagoga, o emplear las redes sociales para hacer gala (algunos) de racismo y burlarse de una señora por comprar a precios bajos en la tienda intervenida Daka, y llamarla: la reina del saqueo - que es el caso de Clotilde Palomino.

Resulta abominable por la evidencia de menosprecio a la clase baja, tampoco es atractivo aplaudir la acción madurista de buenas a primeras. Y, ¿por qué no?, pues señores, siempre lo mismo, hay que echar la vista un poco más allá.

Qué pasará cuando los venezolanos terminen de comprar el TV plasma que les hacía falta, o la licuadora, o el microondas, el blu ray, o todo aquello de la línea blanca que antes parecía incomprable y de la noche a la mañana está a precios accesibles. Qué ocurrirá después de los comicios electorales, o de la Navidad (época de concilio, paz y de olvidar todo). ¿Qué será de esta nación y su gente cuando llegue enero?

Caeremos en la cuenta, seguramente, que en los anaqueles de los supermercados aún faltan ciertos productos, o será que descubriremos que a los agricultores del campo se les está estafando y la mercancía comprada se revende al Estado por grupos extranjeros (de Colombia, en la mayoría de casos) en DÓLARES.

Que ya tenemos nevera pero no hay dinero para llenarla, o no hay pollo en el supermercado.

Son muchas preguntas, y la misma respuesta: de continuar la corrupción, de seguir algunos empresarios (no son todos) recibiendo divisas y no invirtiéndolas, lo cual es culpa del Estado por no supervisar, nada cambiará. Si no se abre la cartera crediticia para los verdaderos trabajadores de la tierra, si no se estimula la inversión propia y foránea; y si el control cambiario no se modifica para que los que deseen realmente trabajar por la patria lo hagan honestamente, entonces, seguiremos igual, asfixiados, algunos más ricos, y los demás más pobres.

Y nos tendremos que sentar los de abajo a esperar y ver en qué pierde el tiempo la oposición, o qué se inventa este gobierno para sacarle una sonrisa al venezolano, por allá.. antes de Carnavales.

 

Autor

Eduardo Salazar de Peñaranda. Ser joven en América Latina es conocer el pasado y soltarlo; entender el presente y adueñarnos de él; poner la mira en el futuro y desafiarlo a que sea mucho mejor. En las calles de Venezuela: aprendo, descubro y dimensiono la sociedad desde distintos ángulos, pues quedarme con la primera impresión sería un error en un país en el que su gente (Sociedad y Estado) parecieran reinventarse y sorprendernos día a día. A veces me preguntan por qué escribo, y mi respuesta es contundente: no me gusta lo que veo, y esto no quiere decir que todo esté mal, pero tampoco las cosas están como deberían. Por tanto, desde esta trinchera caraqueña apuntalo mi pluma para construir un lugar de paz y sin violencia para vivir, en la espera que desespera pero intencionalmente busca despertar consciencias. 


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