Visa para un sueño

“Su visa ha sido aprobada”. Las largas horas de viaje hacia Caracas convierten este pensamiento, esta frase imaginada, casi en un mantra que se repite una y otra vez mientras se revisan los requisitos y se meditan las posibles respuestas a decir durante la entrevista frente a un funcionario consular, en la embajada estadounidense.

David Padilla G / @Dawarg

Son semanas, meses de preparación económica, psicológica, física, las que deben hacerse para alcanzar la tan ansiada visa norteamericana en Venezuela. Desde el momento en el que se rellena la solicitud en Internet, se paga el arancel de casi un tercio del salario mínimo en el banco y después se sacrifican diez de los 300 dólares que el gobierno habilita anualmente para gastar por Internet. En ese momento comienza todo el enjambre de nervios.

“Si vas solo, tienes que pedir constancia de estudio y de los ingresos mensuales”, decía una de las personas a un joven de una veintena de años que iba a completar por primera vez su solicitud.

 Es más fácil si se asiste en familia, para que te asesoren sobre cómo debes llenar la planilla e incluso, para “forzar” cartas de trabajo, de recomendación o de movimientos bancarios (es otra de las recomendaciones que se escuchan en las colas). “No hagas chistes y trata de no hablar más de la cuenta”, le escuché decir a mi jefe, más como una bendición que como una sugerencia antes iniciar el trámite por la bendita visa (me motivaban las ganas de viajar y nunca me he sentido atado a la tierra que me vio nacer, pese a contar con un trabajo estable).

Antes de que la embajada de Estados Unidos suspendiera las citas por falta de empleados (debido a la expulsión de algunos por parte del Gobierno venezolano) era posible conseguir una cita de tres a seis meses. Una vez que se reanudó el proceso, en menos de trece días se otorgaba. Quedé en ese lote y el día pensado llegó más temprano de lo esperado.

El día de la cita

Son las 6:30 de la mañana de un lunes. Pese a que la cita para la entrevista en la embajada estaba pautada para las ocho, el taxista que me recogió a esa hora porque, según dijo; "hace buen tiempo para hacer la cola".

No se tarda ni veinte minutos en llegar y ya más de treinta personas estaban esperando en las afueras del recinto estadounidense.

Camino lentamente hacia mi sitio al final de la cola y hago una rápida radiografía de los que esperan su turno. Son familias enteras y jóvenes con carpetas y carteras en mano buscando su oportunidad para ingresar al país norteamericano. Hay muchas mujeres en su mayoría que no pasan o rozan los treinta años y que parecieran todas salidas de un salón de belleza.

Me acerco al final, junto a una chica de unos veinte años con cabello largo, pantalones violeta ajustados, blusa escotada y armada con una carpeta inmensa de color claro. Nos unió la desinformación. Dijo que se llama Renata. “Voy al matrimonio de una amiga”, comenta como tarjeta de presentación. Indica que es la primera vez que pide la visa después de que se le venciera la que pidió junto a sus padres hace más de una década. Después quiere viajar, conocer mundo, aunque le preocupa el alza de precios en los boletos aéreos. “Me dan de bono navideño 30 mil lucas (Bolívares) y un pasaje a Miami está por los 70 mil. No sé a dónde vamos a parar”, dice con cierto aire de resignación.

El cardumen de interesados se mueve hacia un primer punto de control, donde nos topamos con una joven que recuerda los requisitos para ingresar a las instalaciones. El segundo y tercer control sirve para hacer un chequeo previo de los papeles y escuchar otras indicaciones. Y seguir esperando. Allí escucho la historia de una chica que cuenta cómo su primo se pasó de dos a tres días acostado frente a la embajada de Irlanda para tramitar sus papeles antes de que cerrara sus instalaciones este mismo año.

Otra joven comentaba a su vecino la sorpresa que fue para ella conseguir pañales, detergente y jabón de tocador en Caracas a diferencia de su natal Puerto Ordaz, donde las colas duran horas para conseguir estos productos regulados. “Por eso es que los cerros no bajan para sacar a este bendito gobierno”, comenta haciendo alusión a las barriadas caraqueñas. En menos de veinte minutos se escuchan nuevas instrucciones, se desarman y se arman nuevas filas y se pasa a la siguiente etapa, en apariencia la última.

La vuelta final

Son las ocho de la mañana, hora original de la entrevista y ya estoy sentado junto a un numeroso grupo de personas en sillas metálicas que se agrupan de a seis. Frente a mí se ubica una familia que ocupa todo un pack de asientos. A los tres hijos, todos varones menores de edad, se les nota fastidiados mientras que los padres lucen somnolientos. A mi lado se ubica un jugador de fútbol que, por lo que comenta, lleva la carpeta de todo el equipo aunque viene a pedir sólo por él.

Un funcionario nos mueve a la fila final frente a las taquillas donde los empleados consulares (dan frente a una muchedumbre esperando a espaldas) la aprobación o el rechazo a la visa. Aquí se ve parte de la fauna inicial gritando o llorando, intentando justificar en vano. Otros salen rejuvenecidos con una sonrisa y se alejan hacia al trámite posterior. Es en este momento donde se recuerdan todos los consejos, todas las enseñanzas. Resuena la frase, “su visa ha sido aprobada”, pese a que en ningún momento se escucha como uno la imagina.

Se acerca mi turno. A mi lado queda la chica de la cola de la mañana, la de los pantalones color violeta y la larga melena. Renata. Se sonríe. Algo nerviosa pronuncia con voz seca: “suerte”. Le devuelvo el gesto.

Autor

David Padilla G  | @dawarg, bloguero venezolano. 

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Comentarios

  3 meses

Creo que le falta el final a la historia. Nunca supimos si le aprobaron o negaron la visa al muchacho ¡Saludos!

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