Entrada en canas ya, al pie de un amasijo de escombros y basura me dijo: “Mira niño, no pongas mi nombre, por sí o por no, es mejor que nadie sepa mi nombre. No quiero poner en riesgo la ayudita que me prometió el gobierno”.

Después de una larga caminata por Centro Habana, yo buscaba un “damnificado” y ella trataba de encontrar la pareja de un zapato entre los restos de una parte de su casa. “Es que eran mis zapatos preferidos, y solo hallé uno, tampoco hay que cortarse una pata”, dijo burlándose del pesar, como acostumbran a hacer en Cuba.

“¿Que cómo me siento? Imagínate. La casa no estaba muy buena pero ahí nacieron mis hijos, en ese lugar me hice vieja yo y tuve los momentos más lindos de mi vida. No será la misma cuando la reconstruyan pero al menos volveré a tener mi techo completo”.

Ella tiene noción del desastre. En el país hay una cultura de prevención ante ciclones. Dice que acostumbra a ver el noticiero antes de la novela y que adora la manera tan peculiar que tiene Rubiera de explicar el poder de las tormentas. Se siente experta: “Yo le pedía a la Virgen de Regla que mantuviera el anticiclón estático entre La Habana y Miami, sí, porque tengo un nieto allá que se me fue hace poco y una se preocupa tanto por los que tiene lejos…”. Mira al cielo, se persigna y vuelve a su protectora: “Que la Virgencita me lo guarde”.

Hay un pedazo del alma que también se lleva el ciclón, junto con el techo y las ventanas…

Lourdes Torres Rodríguez y Pedro Menéndez Castellano, jóvenes psicólogos graduados de la Universidad de La Habana, nos cuentan cómo funciona la mente humana ante un impacto como este.

Resaltan que el estrés postraumático es bastante frecuente en personas que han vivido el desastre, así como la ansiedad y la depresión; y muchas veces necesitan atención profesional.

Pedro explica que cuando alguien sufre un cambio que implica un retroceso en su forma de llevar la vida se origina un desorden psicológico que afecta desde la familia hasta su propia respuesta ante la sociedad.

Además, me cuenta que las personas que viven en condiciones más difíciles —por lo general, también con bajos niveles intelectuales— tienen una personalidad menos prpara enfrentar este tipo de situaciones. En esas circunstancias, la familia y la comunidad pueden influir directamente en la recuperación. No obstante, el estrés postraumático afecta de igual manera a todo tipo de persona, sin que medien sus capacidades, en eso coinciden los dos.

Más allá de lo material existen derrumbes interiores, el estrés postraumático puede desatarse hasta seis meses después del huracán, en este caso. Las personas al principio reprimen cualquier síntoma como mecanismo de defensa, acota la joven.

Pedro me aclara sobre la poca cultura que hay en Cuba de ir al psicólogo. “La gente piensa que para visitar a un profesional de salud mental habría que estar loco, y no es así. El país se prepara para enviar ayuda al extranjero y entre los profesionales que envían a otros lugares del mundo ya se pueden ver psicólogos sociales; sin embargo, en nuestros predios adolecemos de este tipo de atención, creo que esa es una debilidad que tenemos, algo que merece reforzarse, por el bien del pueblo”.

Por otra parte, y apartándose un tanto de la academia, se sonríen y me dicen: “El hecho de que el cubano sea un luchador nato ayuda mucho en la recuperación. En el barrio nos hemos unido a la recogida de basura y al saneamiento de cisternas y tanques de agua junto a la gente que envía el Gobierno. Al final todos nos ayudamos para salir de estos momentos. No pocos se nos han acercado informalmente en busca de consejo psicológico y hacemos lo posible por ayudar. Existe un Centro de Orientación y Atención Psicológica por aquí por el Vedado donde las personas pueden dirigirse en busca de ayuda, allí se dan consultas gratuitas por parte de profesores de la Facultad de Psicología de la Universidad. También existen proyectos comunitarios para ayudar a grupos afectados en barrios marginales, pero creemos que se puede hacer más”.

Después de conversar con estos jóvenes uno mira de manera diferente el postdesastre. Volví a pasar por aquel barrio pobre en Centro Habana, me preocupaba aquella buena familia.

En un pequeño salón donde las cosas luchaban por el espacio, aquella señora entrada en canas y su esposo me invitaron a un café al chícharo. Luego de preguntarles cómo seguía hace una pausa y me dice:

—¡Niño, imagínate que ayer encontré mi zapato perdido…!