A veces, cuando mi cabeza se repleta de humo, me dedico a caminar bajo el sol intenso de los mediodías. Me baño bajo el sol y le invento historias a todo el que pasa por mi lado. ¿Qué podrían tener en común la manisera, el travesti y la doctora que deambulan en este instante por aquí? —me pregunto. La manisera grita a viva voz que su maní, cubanísimo, es el mejor del mundo. El travesti asegura que no hay sexo más salvaje que su “cuban sex”; la doctora exhibe al hombro su bata blanca, la que usan los “mejores médicos del continente”…

Los tres se tocan sin saberlo: en la delgada línea de la venta. Cada uno vende a su manera la parte de país que le corresponde, o la que le asignan.

En cada esquina se vende un trozo del caimán. Se vende la cabeza, la cola, la piel, aunque en cualquier momento, el caimán dormido tras la vidriera, puede despertar y caer en la cuenta de que su pellejo curtido se ha estado vendiendo, como vintrashe, al por mayor.

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Los leones de Prado rugen en el más absoluto silencio, mientras el bullicio de los corredores se mezcla con el claxon de los carros y su humo pestilente a petróleo. Hay vendedores de casas, permutadores de apartamentos, artistas callejeros (de feria), perros, santeras, apuntadores de bolita, calor. Hay, de vez en cuando, olor a orín seco, quemado también por el sol; dos o tres niños y un par de viejos mendigos que saben mantenerse a raya cuando lo requiere la fecha. Mientras tanto, se venden. Posan para los cuadros de la Bodeguita del Medio, el Floridita o el Sloppy Joe´s. Se hacen selfies con su sombra, que va a parar al Instagram o al Facebook de gentes que no conocen, ni tienen por qué conocer.

Solo cumplen con posar —en medio del glamour de una ciudad colonial en transición, cargada de nuevos hoteles, hostales, bares, y restaurantes hipsters— para el postor que, a su vez, creerá que la compra y se la lleva consigo. Como han creído que compran La Habana, en ciertos términos, Enrique Iglesias o los Fast and Furious en sus “videos” y fiestas de lujo privadas. Como lo ha hecho el Rey marroquí Mohamed VI: alquilando el último piso del hotel Saratoga para todo su séquito y realeza.

O como lo han hecho, de algún modo, los Rolling Stones; o los monstruos del jazz que se dieron cita el 30 de abril, la víspera del 1ro de mayo, en esta barata capital de moda. Fieles a su papel, estos postores compran (y revenden) una foto de Cuba, país que seguramente no conocen ni tiene por qué conocer.

¿Habrán visitado Jesús María, La Corea, algún llega y pon? Quién sabe…aunque es cuestionable, en esta era del selfie y la pasarela virtual, el valor de la realidad física, si es que sirve para algo más que posar, como posan La Habana, su malecón y su gentío para un lente extranjero o para lentes propios, extranjeros de sí mismos.

Esta foto repetida y vuelta a repetir, no es la de cada uno de los que se ven reflejados en ella, sino la de un país que se les niega a quienes viven de la libreta de abastecimiento y no hacen cola en el CUPET porque no tienen carro, ni moto. No tienen tampoco bicicleta. Apenas, y gracias, caminan. Y marchan, también marchan el 1ro de mayo.

Marcha, probablemente, la doctora; marchan quizás la manisera y el travesti; aunque es posible que descansen de sus agotadoras jornadas de trabajo, por más o por menos recompensa; por mayor o menor esfuerzo; con mayor o menor justeza.

Lo que para otros es recuerdo, instantánea de un país detenido en el tiempo, cuya moneda nacional no convertible de nada vale, para ellos es el día a día. La doctora se desgasta el cerebro; a la manisera se le apaga la voz; el travesti se desarma en su lucha cotidiana, expuesto a enfermedades que tal vez la doctora no pueda curar…

El caimán dormido tras la vidriera puede despertar y caer en la cuenta de que su pellejo curtido se ha estado vendiendo al por mayor, incluso en el hotel cinco estrellas Manzana Kempinski, haciéndose llamar Lacoste. Y se tocará la cabeza con la cola, y luego meterá la cola entre las patas y agachará la cabeza. Podrán salírsele las lágrimas (¿de cocodrilo?). O podrán suceder otras cosas menos nostálgicas, más cínicas o más sinceras. ¿Serán Lacoste & Co. el sostén de la Cuba para los cubanos que marchan porque sí, y no por “no marcarse”, o por un viaje al extranjero o un carro, o una “estimulación” salarial?

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Mi baño de sol ha terminado y mi cabeza continúa repleta de humo. Aunque, creo, no hay que apuntarse a la sien con una pistola ni cortarse las venas. A fin de cuentas, un país de pasarela (de museo, de cartón) que a ratos pareciera estar volviendo al pasado, coexiste con el de carne y hueso. ¿Será esa Cuba capaz de sostener a la Cuba de colas y bodegas, la de la doctora, el travesti o la manisera? ¿Debería hacerlo? Yo las miro y las pienso. A fin de cuentas, solo me queda, en la intimidad, pegar la cabeza a la almohada y tratar de sentir los latidos del caimán.