Para los cubanos la televisión es muy importante. Primero porque es gratis y nosotros no tenemos dinero. Y segundo por la ausencia brutal de alternativas de entretenimiento.

Tan importante es que nos hemos inventado el Paquete, quizás el único sistema de televisión bajo demanda del mundo basado en redes de carne y huesos, discos duros y memorias flash.

Aunque los funcionarios siempre encuentren la estadística perfecta para imaginarse una Cuba conectada, aquí Youtube sigue siendo apenas una palabra rara que dicen los de la Mesa Redonda; y la apertura de Netflix, una noticia sádica que por alguna extraña razón interesó a todo el mundo menos a quienes supuestamente debería interesar.

Entonces nos queda la televisión— junto a la pelota, la bolita y el chisme—, como principal fuente de distracciones.

Sería injusto decir que la programación de verano de este 2017 es tan aburrida como la programación habitual, o aun como la del verano anterior. Esta vez por lo menos uno nota las ganas de ofrecer algo mejor.

No llega a ser aquella de cuando el verano traía hasta una nueva Calabacita, pero sí hay un montón de propuestas nuevas que despiertan la curiosidad de la gente… excepto los conciertos de piano de los martes por la noche, que si te despiertas con eso es porque el insomnio es muy fuerte.

La telenovela En tiempos de amar, por ejemplo, mató pronto la curiosidad: se deja ver hasta el minuto en que se acaba el bonito tema de presentación hecho por el músico Raúl Paz y el cineasta Fernando Pérez. Luego comienzan las letanías, sinsentidos y gazapos de siempre.

Tal parece que las sacaran todas del mismo molde, y cuando por error producen una buena, la condenaran a lo que sea que hayan condenado a Zoológico, que siendo digna del espacio estelar terminó deportada sin piedad en un discreto hueco de Multivisión.

Pero una telenovela decepcionante no es novedad para nadie. Nuevo es el coqueteo tardío con la telerrealidad y en general con formatos más contemporáneos de televisión. Comenzó con Sonando en Cuba, luego Bailando en Cuba, y ahora se estrenan otros dos: Somos Familia y La Colmena TV.

Somos Familia es un ejemplo redondo de cómo botar el dinero en escenografías exquisitas sobre las cuales el televidente podría caer muerto del aburrimiento. Y ejemplo también de incoherencia: ¡tanto sermón intelectualoide sobre la banalidad de los programas del paquete y el consumo cultural chatarra para acabar transmitiendo una competencia de ensartar agujas en un hilito! La Dra. Polo estaría avergonzada.

La Colmena TV, en cambio, promete ubicarse entre lo más logrado del verano. Solo hay que olvidar el pequeño inconveniente que es poner un programa de corte infantil en horario nocturno.

Hasta al policíaco Tras la huella se le notan ganas de trascender su misión intimidatoria del potencial delictivo nacional y convertirse en un dramatizado decente, al estilo de Día y Noche. Ahora esbozan conflictos amorosos en las filas del MININT, como queriendo humanizar a las máquinas del deber que se hacen pasar ahí por personajes. El hombre nuevo sí existe: es Roberto Perdomo en Tras la huella.

Por otro lado, uno nunca piensa que va a extrañar los spots de la campaña antivectorial hasta que llega el año de Festival Internacional de la Juventud y los Estudiantes… El Festival es como un agujero negro y se lo traga todo, desde el estribillo pegajoso y la consigna oficial del verano hasta las ganas de encender el televisor de quienes no están suficientemente entrenados y se dejan atormentar.

Afortunadamente aún tenemos a Vivir del cuento, el estelar humorístico que asume funciones de prensa. Y al bigotudo Serrano, el estelar de la prensa que asume función humorística, y cuando no desenfunda un abanico, se faja en vivo con el coordinador o enreda todos los papeles… Con eso vamos tirando, mientras cuaja lo demás.