No creo en la autocensura, o sí creo en ella, digamos que la veo o la imagino en la gente que prefiere frustarse, pero no la practico. A mí, hay que decirme que no.

Soy periodista. No nací así como aseguran muchos por ahí, no jugaba de niña a parecerme a los reporteros de televisión, y Daysi, mi profesora de español, cuando se enteró que marcaría Periodismo auguró en voz alta que sería la primera de las desaprobadas en su larga historia de magisterio.

Me hice periodista con calma, desde la universidad y la práctica después, desde el esfuerzo y el corre corre que me recibió en una redacción con crisis cíclicas de profesionales, en la que un día puedes trabajar sin apuros y al siguiente el reloj tenerte de desayuno.

Uno de mis primeros comentarios publicados, siendo estudiante, fue sobre niños que pedían dólares a los turistas en una de las cafeterías del centro de la ciudad. No fue mi intención, pero causó revuelo y todavía hay por ahí quien se acuerda, con todo y el título.

Fue mi bautismo con las temáticas difíciles. Recuerdo que mi mamá, que todavía guarda el recorte debajo del colchón, ese día preguntó si me había buscado problemas, para luego advertirme que si seguía por ese camino, en algún momento me iba a arrepentir de no haber estudiado medicina.

Luego, me sentía tentada por un problema y proponía investigarlo. A veces me dijeron que no, otras la empresa se volvía irrealizable por falta de fuentes y las formas de hacer periodismo en nuestros medios oficiales de comunicación, en el que todo debe ser confirmado por una voz oficial, por exceso de trabajo…

No soy más valiente que nadie. En estos años, he dejado de meterme en muchas cosas y, alguna que otra vez, siguiendo las enseñanzas de Sun Tzu decidí no emprender determinadas batallas, pero incluso en esos momentos fui lo suficientemente honesta conmigo misma como para evitarme las justificaciones. Y de esas hay muchas, tantas que sobran, hacen daño.

La censura, la presunción de la censura como catalizador de la autocensura, como si el famoso cuento del gato* se personificara una y otra vez en el escenario de la comunicación social de Cuba.

No digo que todavía queden temas intocables en nuestra prensa, por las razones que sean, pero de lo que sí estoy segura es de que son menos de los que muchos creemos, periodistas incluidos.

Hace poco, repasaba un reportaje de una colega sobre los deambulantes y otra que miraba por encima de mi hombro casi infarta cuando supo que aquello se había publicado en un periódico como el nuestro y no en un sitio alternativo de Internet. ¿Y de eso se puede hablar? Me dijo sorprendida.

En resumen, más de una vez he visto a la censura esgrimida como un pretexto cómodo por quién ni siquiera fue víctima de esta porque nada hizo. Como una razón a modo de bandera para no meternos en temas que requerirán trabajo y, probablemente, nos ganarán opiniones en contra.

Como tampoco creo que sea honrado –y que conste que no estoy señalando a nadie con el dedo, es solo mi criterio- ser valiente solo en los blog o bajo la sombra protectora de un pseudónimo, cuando la mayoría del pueblo cubano vive al margen de internet y sus debates.

En ese sentido, aplico lo que mi amigo Reynaldo Cedeño dijo en una conferencia en Guantánamo: “Nunca escribiría en mi blog lo que no fuera capaz de gritar en una plaza pública” o proponer a mi medio de prensa, ya “aterrizado” a mi realidad: ser coherente, creo que le llaman.

Digo que es posible que un día escriba sobre un tema determinado y no me lo publiquen, porque ya me ha pasado y no una, ni dos, ni tres veces…, pero no será porque me faltó atrevimiento. Intentar siempre aunque me digan que no, es mi fórmula contra la frustración, contra el inmovilismo, mi manera de creer, mi fe en el periodismo, en el mejoramiento de la sociedad.

Es mi sino. El día que deje de intentarlo, el día que me convenza de que no se puede, de que no vale la pena, más me valdría colgar el título al revés, o que mi profesora Daysi no se hubiera equivocado.

* El cuento del gato es un chiste popular en Cuba. Alude a la historia de un hombre que, roto su auto en plena noche, camina hacia una casa que ve a lo lejos y en el camino empieza a imaginar las posibles excusas que pondrá el dueño de la vivienda para prestarle un gato hidráulico, al punto de que cuando por fin toca a la puerta y es atendido, en vez de pedir ayuda le espeta a aquel, de malas maneras, que ya no quiere la herramienta.