Yanet va todos los domingos a la iglesia católica que está en el centro del pueblo. Tiene una niña y un niño que no parió, pero que lleva también a la iglesia. Y a los dos les explica por qué rezamos, les dice que Dios siempre nos acompaña. Y les habla de fe y de buenas acciones.

La mañana del domingo es para estar en la iglesia, y algunas noches de los sábados, cuando hay fiestecita.

No sabía que Yanet era católica. Nunca me había hablado de su creencia. Siempre me contaba de su novio que se fue para los Estados Unidos hace más de un año, de la soledad de su casa y de su alma. Luego supe que Dios era parte de su compañía.

La hija de Yanet tiene siete años. Es rubia y tímida y tiene los ojos azules como ella. El papá de la pequeña no quiere darle el permiso de salida de Cuba. Y Yanet lo entiende. Sabe que es un buen hombre y que se muere si tiene que dejar de ver a su hija. El varoncito, es el hijo del esposo de Yanet. Ella lo cuida como si lo hubiera pujado, lo educa, lo protege y le dice que su verdadera madre es una gran mujer.

A Yanet le gusta colgar el teléfono de su casa cuando no quiere recibir llamadas. Eso lo hace muchas veces a la semana. Por las noches, en su cuarto, se pone la almohada en la cabeza porque no puede gritar. Entonces grita bajito: con la almohada apretada. Y nadie se entera.

Luego se pone frente al espejo y siente que ha bajado de peso y eso le favorece. Sabe que bajar mucho de peso le agrieta los muslos y los senos, y eso la deprime considerablemente. Pero tampoco le place cocinar para comer sola.

Yanet tiene muchos deseos de hacer el amor. Dice que ella siempre lo hacía varias veces en la misma noche y que luego repetía, si su hombre tenía fuerzas, antes de irse para la escuela donde todavía imparte clases de Español.

Me invita a unos frijoles en su casa y especifica que es en son de amigos. Me pide que la disculpe por los mensajes ambiguos. Yo la disculpo y le digo que todas las palabras escritas fueron entendidas. Le aclaro que no somos novatos en el arte de la seducción. Y ella se ríe: pícara, arrepentida quizá, pero con esperanzas.

Sé que ella quiere mi sexo, pero sería un sexo solo para ella: un sexo sin sentido para mí, extraño, falto de motivación. Y sé que cuando todo termine ella se dará cuenta que su novio es lo más importante. Y por eso, también, evito que suceda.

En cambio, yo prefiero ser quien lee sus mensajes desesperados, diciéndome que su marido lleva más de un mes sin trabajo porque unos amigos lo embarcaron; que hace tiempo no le manda dinero ni le recarga el celular porque la vida allá es dura para él; y que él se arrepiente pero no puede volver atrás porque hay mucha plata invertida.

Yanet sabe que su estancia en Cuba demorará. Y que su amor por ese muchacho es un amor fácil, porque depende de ella misma, de su ímpetu y de su empeño.

Me ha dicho que después de ir a la Iglesia llega tarde a la casa porque habla por IMO con su esposo y al final de la conversación ella siempre le dice: “Mi amor, no te preocupes, aquí todo está bien. Hay que tener fe, solo Dios sabrá”