Todas las mañanas Camilo Palacios Hernández compra en una de las panaderías cercanas a su casa, en la localidad de Morán, Artemisa, unos 40 o 50 panes, a cuatro pesos. Luego sale a caminar por las calles de su pueblo de San Cristóbal y los revende a seis. Este es el negocio más constante, el otro todavía es un sueño que poco a poco se hace realidad.
“Vendo pan y en mis tiempos libres me dedico a la música, porque espero algún día ser cantante”.

Sí, con 31 años, Camilo Palacios es la demostración de cuán grandes llegan a ser las esperanzas de una persona. Es amante fervoroso de la música mexicana, lo suyo son las rancheras, aunque Camilo no tiene porte alguno de charro famoso.

Más bien, Camilo es el anti-charro. Flaco, desgarbado, de rostro feliz pero no muy dado a recibir elogios de las mujeres. Camilo sabe que no será como Vicente Fernández o Miguel Aceves Mejías, (ni siquiera es gordito a lo Juan Gabriel) pero nada de eso le impide subirse en un escenario e intentar convencer a la gente de que sí puede hacerlo, y hacerlo bien.

“Me llaman para una actividad y allá voy. Dejo todo lo que tenga que hacer y me dedico a eso. Desde que tengo 11 años me di cuenta que llevo ese don que Dios me dio. Me rechazaban en muchos lugares, pero nunca he perdido la fe de ser un artista profesional.

Por lo pronto Camilo canta sin cobrar un centavo, y lo hace sin pena aunque tampoco con gloria. En un pueblo como San Cristóbal nunca hay mucho que hacer y si a un flaco vendedor de panes le da por cantar rancheras puede ser que haya nacido la mayor atracción del pueblo.

“En ocasiones algunos turistas me obsequian algo, por ejemplo esta misma camisa que traigo puesta. Me regalan dinero y no quiero cogerlo porque si Dios me dio ese don, no quiero aprovecharme de eso. Muchos me dicen que tengo que aceptar lo que me dan, pero lo que yo quiero es alegrar al pueblo, conocer personas y que la gente me quiera.”

Camilo Palacios: “Cada vez que llego a un lugar donde demuestro mi talento, siempre me acogen”. Foto: Jaime Masó.

Con esos estímulos, ahora está a la espera de un “papel” que le permitirá hacer la audición y así dar su primer paso en el mundo musical. Mientras tanto, en una memoria flash guarda todas sus actuaciones e incluso la más grande de todas: el día que se presentó en el programa de la Televisión Nacional Palmas y Cañas.

En el pueblo también casi todos lo recuerdan. Algún vecino que lo grabó en su teléfono móvil no pudo dejar de expresar sus emociones. “Pobrecito”, dijo.

A Camilo esas cosas no le importan.

“No dejo de soñar con el momento en que esté vestido completamente de charro y pueda presentarme como un cantante profesional. Me voy a sentir realizado y me dedicaré por completo a cantar la ranchera o el género que se me ponga por delante.”

Dice Camilo que cierta noche le propusieron interpretar sólo un tema. Cuando terminó -asegura- las personas desesperadas comenzaron a halar los cables y el micrófono para que siguiera cantando.

“Cada vez que llego a un lugar donde demuestro mi talento, siempre me acogen. También he tenido personas que se han enamorado de mi voz. Y aunque no tengo una cara preciosa cuando algunas mujeres me escuchan, quedan hipnotizadas.”