“¿Te atreves?”, lo retó el presidente de su barrio, más por necesidad que por convicción. Bien saben los conocedores cuanto puede significar una derrota para un pueblo amante de las parrandas. Por eso, al hombre le importó un bledo que Juan Carlos tuviera 14 años, que apenas levantara una cuarta del piso y que en su vida hubiese hecho algo parecido a una carroza.

Pero en sus manos el niño sostenía un dibujo digno, justo lo que necesitaban los Sapos del Guanijibes para ganar la temporada de Parrandas del 2002 en Zulueta, Villa Clara, en el corazón rural de Cuba.

“Que conste que no todo corrió por mí, porque a un niño le es difícil dirigir un proceso tan complejo como ese. Pero al menos me inyectaron la esencia de este oficio como un virus incurable. Casualmente mi carroza ganó ese año y no he perdido ninguna hasta ahora”, confiesa.

Juan Carlos haciendo un diseño. Foto: Yariel Valdés.

 

El recuerdo lo atesora como un amuleto de la suerte, sobre todo en estos tiempos, luego de despedir sus días de Contador en el Banco Popular de Ahorro de su natal Zulueta para apostar por el arte de darle vida a una carroza. Un arte desafiante, me confiesa.

“Siempre quise estudiar Arquitectura en la universidad, o Diseño, pero simplemente no lo logré, así que me decidí por un técnico medio en Contabilidad y Finanzas. Pero en el 2014 tuve de nuevo la posibilidad de meterme en este mundo y lo dejé todo. Por esto y por mi trabajo como promotor cultural”.

Como promotor, Juan Carlos es el tipo de joven que se entrega porque un poblado tenga ocupados a los niños todo el fin de semana. No es instructor de arte, pero organiza grandes espectáculos, mueve al barrio, trata de romper la inercia… y todo con una estatura y una constitución física que a simple vista llevaría a pensar que nadie como él puede tener tanta energía.

 

Foto: Yariel Valdés.

“En cierta ocasión fundé un espectáculo de competencia artística para los pequeños del poblado. Aunque contó con el auspicio de algunas instituciones, todo el gasto corrió por mí. Pero tuve que detenerlo porque dijeron que era una copia del show mexicano Pequeños Gigantes. No obtuve ganancias monetarias, pero sí el placer de ver reír a niños que no acostumbran a tener ese tipo de eventos en las zonas rurales”.

Por el momento no aspira a otra cosa más que a dejar una impronta en el mundo de las parrandas, Patrimonio Cultural de la Nación cubana, que define el ser de tantos habitantes de la zona central del país.

“Construir una carroza es un trabajo muy complejo. Hay que contar una historia desde todos los puntos de vistas posibles: vestuario, ambientación, maquillaje… Hay que buscar la arquitectura del periodo histórico donde se desarrolla, bailes tradicionales, idiosincrasia, y adaptarlo a lo que quiere disfrutar el pueblo. Hay que convencer, porque al final la parranda es una competencia”.

 

Foto: Yariel Valdés.

Compitiendo pudo pasear por las calles de Zaza del Medio (Taguasco, Sancti Spiritus) un pedazo de Tailandia en los tiempos cuando la inglesa Ana quedó prendada de amor por un rey siamés. Allí pudo poner a desfilar también a las siete manifestaciones del arte de la manera más bullanguera posible. En Guayos (Cabaiguán, Sancti Spiritus) prefirió sumergirse en las profundidades de los océanos para conocer el reino del dios Poseidón, que no dejó regresar a Odiseo a su amada Ítaca.

Ahora lo esperan Remedios, también en el poblado de Vueltas con su lucha encarnizada de Ñañacos y Jutíos… y siempre en Zulueta, su tierra natal. A Juan Carlos le basta con eso.

 

Juan Carlos junto a una de sus obras. Foto: Yariel Valdés.