Si quitamos las toneladas de escombros que sepultaron el cuerpo, podría pensarse que Alberto Manzano seguía dormido.

Lo encontraron acostado sobre su vieja colchoneta azul con los ojos cerrados y los brazos tumbados, apaciblemente, junto al torso. Dicen que había entonces, en su rostro, una serenidad inquietante.

El 9 de septiembre, en el centro de Matanzas, este hombre murió aplastado mientras dormía.

Eran, quizás, las 7 de la noche pero nadie en el barrio recuerda con exactitud. Solo saben que comenzaba a oscurecer, que los vientos de Irma se hacían más fuertes y que llovía. Lo próximo que recuerdan es un fuerte estruendo, y una nube de polvo que inundó la calle. El número 29 235 se había desplomado.

“Para poder llegar los bomberos rompieron el muro de al lado. Ahí algunos nos acercamos con la idea de ayudar, pero dentro todo se veía como una montaña de escombros. Era una montaña inmensa”, recuerda José Luis Ericetió, antiguo delegado y amigo de Alberto.

Fue Luis precisamente uno de los últimos que lo vio con vida horas antes del huracán. Ese día, Alberto detuvo su paso discontinuo, le mostró a su vecino una caja de ron comprada para festejar y siguió cojeando hasta la misma reja herrumbrosa donde hoy estoy parada.

Huracán Irma en Cuba

Casa en ruinas. Foto: Victor Vaillant

Desde que se empuja la puerta, hay que caminar evitando los escombros. Tras la reja solo queda la pared lateral, recién repellada, una cómoda mohosa, bultos interminables de periódicos y un sillón de madera que inexplicablemente quedó intacto. Todo lo demás cayó sobre Alberto.

“Casi tienen que traer los perros porque no aparecía el cadáver de mi hermano”, dice Josefina Manzano con la boca levemente torcida. Ella, al igual que la víctima, sufrió un accidente cerebral, tiempo atrás, que les afectó el hemisferio izquierdo

– No te puedo decir más. No estaba cuando lo encontraron.

– Lo primero que sacaron fue un pie- interrumpe Luis-. Esa imagen no se me olvidará nunca. Y después fue que apareció el rostro irreconocible, casi.

Manzano era un mulato imponente de más de seis pies y la espalda ancha. Se podía adivinar que en su juventud era lo que uno llamaría un tipo atractivo. Un obrero de brazos fuertes que luego de enfermar comenzó a vender periódicos para sobrevivir.

Los mismos diarios que días después reducirían su vida a tres líneas. Granma recogía su nombre como una de las 10 víctimas fatales de Irma. En la nota oficial se aclaraba que había desobedecido las órdenes de la Defensa Civil y rehusó evacuarse.

“Vinieron a advertirle que se fuera- deja claro varias veces el antiguo delegado- pero él decidió quedarse”. “Albertico era así de testarudo. Muy autoritario y se creía dueño de la razón, añade Josefina, mientras barre el hollín de los derribos.

“Las relaciones entre él y su hermana eran complicadas”, me comentan los vecinos. Y ella luego lo confirma: “Estábamos dividiendo legalmente la casa. No convivíamos”.

Algunos insinúan que por eso no se guareció en la parte de la vivienda que le pertenece a ella. Con techo de placa y columnas resistentes, su hermana estuvo a salvo durante el huracán.

Pero Luis insiste en que no faltaban opciones de refugio, que él en su propia casa acogió a otros vecinos necesitados. “No son pocas las viviendas de la cuadra inseguras. Aquí la gente es pobre y no tiene manera de reparar. La verdad es que parte de esta zona lo que demanda es demolición y levantarlo todo de cero. Ni siquiera puedes confiar en que tu casa esté aceptable, si la que tienes pegada puede caerte encima, como le sucedió al difunto”.

La cuenta hoy puede parecer mezquina, con un nuevo cadáver en el cementerio local, pero Alberto les dio esa lección: no se está a salvo en la calle 73.

“Manzano podía sumarse a los que nos quedamos con Luis”-cuenta, a sus más de 80 años, Nereida, una anciana pausada y menuda- “Solo que él no quiso dejar sus cosas atrás”.

Y entonces, uno que está dentro de la 29 235 se pregunta: ¿cuáles cosas? Excepto un refrigerador, no tenía mucho de valor. Salvo, quizá, sus muros remodelados. Con el poco dinero que puede recaudarse de la venta de periódicos y otras pequeñeces, Alberto no quiso sentarse a esperar la ayuda externa, demandada a gritos por el barrio. Él prefirió reparar por sí mismo su casa, pero eso no es suficiente cuando vives en un sitio ruinoso.

“Creyó que esto aguantaría” – concluye Josefina y me mira, y yo prefiero agachar la cabeza y no asentir. Mis ojos han recorrido las paredes del cuarto hasta el último resquicio, como han recorrido otras casas vecinas y pocas parecen, mínimamente, confiables.

“Honestamente es un milagro que solo se haya desplomado una casa. Míralas, en su mayoría son espacios vetustos abandonados a su suerte. La que se cayó era del siglo XIX”, comenta desde la acera de enfrente un vecino a quien llaman El Padrino. “A Manzano no lo mató su propia casa”.

Después del morbo inicial que despiertan las muertes violentas en una ciudad pequeña, ya en la calle 73 todo ha vuelto a la normalidad. Las personas siguen viviendo en los mismos espacios destruidos, sabiendo que de un momento a otro, nuevamente, deberán salir huyendo. Al menos por unas horas, porque irse, de verdad, no tienen a dónde.

Alberto fue velado en una funeraria cercana. Dicen que no pudieron hacerlo durante muchas horas por las condiciones del cadáver. A Manzano lo enterraron el domingo 10 de septiembre. El domingo 10 de septiembre cumplía 66 años.

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