Júcaro es un pueblo que se menciona mucho pero se conoce poco. Está formado por gente humilde pero no sumisa. Tienen fama de saber reclamar lo que les corresponde. Una vez la guagua que cubre la ruta Ciego de Ávila–Júcaro dejó de brindar su servicio y al gobierno del municipio se le armó un caos porque una buena masa de jucareños se le plantó en la sede del Poder Popular. Al otro día la guagua entró al poblado.

Ahora el reclamo es más profundo. Los embates de Irma prácticamente desaparecieron Palmarito, uno de sus tres barrios principales. Los otros dos, La Puya y La Carretera, también fueron azotados por la furia del mar que se abalanzó más de 900 metros tierra adentro; no obstante, el daño fue mucho más sutil. El reclamo es uno solo, pero bien potente: que el gobierno cumpla con las promesas hechas a los damnificados.

La tarde que me llegué hasta Júcaro formé parte de una comitiva cultural que en estos días duros de recuperación ha estado en los sitios más dañados. Ya días antes habíamos pasado por Bolivia y Punta Alegre. Aunque la guagua se me escapó no dejé de estar presente. Quiso la coincidencia que mi amiga María Antonieta Colunga, comunicadora de Cáritas Cuba, estuviera en mi tierra con la idea de llegar a los sitios más lastimados, y esa tarde el derrotero era Júcaro.

Santa Masiel y Motivos personales. Foto del autor

Cuando llegamos los colegas de Rumbávila Fusión, y las chicas de Santa Masiel y Motivos personales, estaban alrededor de la tarima del parque de Júcaro ecualizando el audio. El trovador César Brown me abrió los brazos en gesto de “y tú cómo llegaste aquí”. Lo llamé y juntos le ayudamos a los muchachos de Cáritas Cuba a bajar del jeep la comida que traían hacia casa de Adriana, devota que controla, en la comunidad, las riendas de esta organización humanitaria de la Iglesia Católica.

La casa de Adriana, ubicada en Palmarito, fue una de las afectadas por el huracán. Por ello ahora reside en la de su hija. Desde esta fuimos a su barrio para ver con los ojos lo que está en boca de todos. Aunque ya me habían hablado de los estragos causados por el mar, lo cierto es que hay que verlo para creerlo, y supongo que hay que estar en la piel de algunos de sus inquilinos para entender la pena que pueden estar viviendo.

Al esposo de Adriana, mientras ella nos mostraba su casa semidestruida y su Virgencita de la Caridad intacta, lo provoqué preguntándole si él se iría de Júcaro y me dijo rotundamente que no; pero su razón no me la esperaba: “mejor puesta de sol que la que yo tengo desde mi casa no me la voy a encontrar en ningún lugar del mundo”. En sus palabras no solo denoté sensibilidad, sino además una fe profunda, una esperanza sin tregua.

Casa en ruinas. Foto del autor

Conversé con otros pobladores. Me hablaron de que el gobierno les ofreció dos opciones. La primera consiste en darle materiales para que hagan un cuarto de cuatro metros cuadrados, a las familias de cuatro o menos inquilinos; y posibilidad de hacer dos habitaciones a las demás. La segunda opción, y en la que más hincapié hicieron los funcionarios que conversaron con los jucareños, consiste en darle un subsidio para una casa más grande, pero lejos de esta geografía, en una zona netamente agricultora.

De todos aquellos con los que hablé de este tema escuché la misma respuesta: “somos pescadores, llevamos toda una vida dedicada a andar entre anzuelos y redes, y no queremos saber nada de arados ni de fertilizantes”. La vida está dura y ganarse el plato de comida no es tarea fácil: “Tenemos el mar ahí, la pesca nos ayuda a cubrir todas nuestras necesidades”, me dijo un muchacho joven que a pesar de la corta edad ya tiene la piel curtida por el sol y los gestos endurecidos por el trabajo rudo.

Para ellos, aunque les haya destruido sus hogares y sus pertenencias, el mar no es un enemigo.

Se vende la casa. Foto del autor