No pocos jóvenes en Placetas, pequeña ciudad al centro de Cuba, han encontrado en la conducción de los coches de caballo una manera de ganarse la vida. Conscientes o no, en el ejercicio de un oficio tan antiguo, los nuevos cocheros preservan una tradición que distingue a la localidad. En este punto de la Isla todavía ruedan por calles semi-asfaltadas coches coloniales del siglo XIX y son el principal medio de transporte al servicio de los pobladores.

Para Humberto García de 28 años tener un coche en Placetas es “oro molido porque esta es una ciudad muy grande y no tiene guaguas locales,  podemos ir a cualquier lugar dentro y fuera del pueblo, como un taxi sin ruta fija”.

Para mediados de 2016 circulan en Placetas 298 coches tirados por caballos. Todos conservan el estilo tradicional, calesa de cuatro asientos, con la capota de vinilo.

“Este es un trabajo duro por eso los viejos no aguantan. Yo con un sombrero y una camisa recorro el pueblo de una punta a otra debajo del sol o de la lluvia”, me explica Liester Duardo quien abandonó su trabajo de electricista para dedicarse a cochear.

La tarifa oficial de una carrera dentro del pueblo es 0.50 centavos por persona, si un cliente renta el coche debe pagar por los cuatro asientos un total de 2 pesos.  Pero la tarifa real la determina el cochero.

“Tenemos días muy buenos y días malos, pero no es mentira que un cochero en Placetas gana más que un profesional. La tarifa depende de la carrera, después de las 6 cuadras cuesta 10 pesos y si tenemos que esperar por el cliente en algún lugar cobramos más”, asegura Isbel Lorenzo.

Yasniel Carvajal, de 25 años, es cochero por herencia familiar: lo heredó de su padre y su abuelo. Hoy es el sostén económico de su casa y se queja, porque “a veces el cliente reclama el precio de la carrera sin calcular lo costoso que es mantener un caballo entre alimentación, vacunas, veterinario. El Estado nos cobra el impuesto pero no da nada, “conseguimos” el pienso carísimo y todo lo que utilizamos lo gestionamos nosotros.”

Las autoridades han intentado eliminarnos muchas veces por el tema de la higiene local -me cuenta Juan Antonio Hernández-  la gente protesta por el excremento y la orina del caballo en las calles, pero saben que al final nos necesitan. ”

“En la piquera casi todos somos jóvenes y cocheamos para ganarnos la vida y porque nos gusta.”

“No me imagino sin un caballo como tampoco me imagino este pueblo sin coches, porque son el alma de estas calles viejas.”