Lo nombres han sido cambiados por “protección” de los involucrados. ¡Perdón!, quise decir petición.

Hace algunos días hablaba de cosas triviales con unos amigos. Estábamos, como me gusta llamar, “poniéndonos al día”.

—¿Cuál es tu edad límite para tener una relación con alguien? —me preguntaron.

—No sé —respondí— ¿40?

—Añádele cientos de miles de dólares a su cuenta bancaria —me dijeron.

Pero mi respuesta continuó invariable. —No sé, ¿40?

De pronto me sentí como en un capítulo sacado de Sex and the city. Y allí estaba yo, la Carrie Bradshaw de la Habana, tratando de resolver un enigma propuesto por un amigo que buscaba esa típica mirada aprobación que usualmente yo, “persona de mente abierta” suelo tener.

Mientras pensaba esto, mi amigo, llamémosle Javier, me introdujo a un término que solo conocía de películas y series occidentales.

—Yo soy su sugar baby.

—¿Su qué? —pregunté sorprendido.

—Su sugar baby, tú sabes. Él es un hombre mayor, casado y padre de 3 hijos. Tiene mucho dinero. Él no es gay, solo que de vez en cuando le gusta tener relaciones discretas con chicos jóvenes. Paga mi alquiler. Me lleva a Varadero. Me compra ropa importada. Él es conmigo quien de verdad quiere ser. Yo se lo devuelvo a su esposa los lunes y ella me lo entrega los viernes. Claro ella no sabe nada —rió.

Yo que tenía tres tragos de más le pregunté: —¿cuál es la diferencia entre eso y la prostitución? No es que te juzgue, pero por qué no llamarlo por lo que es.

La verdad Javier no tiene ninguna necesitad “real” de esto, pensé.  Cuando digo real quiero decir él es joven, profesional, con un salario decente para Cuba. Javier lo hace por “diversión” según él.

Javier nunca respondió mi pregunta y esto me hizo pensar en varias cosas vinculantes a la escena recién descrita.

¿Por qué este “señor” hacía esto? Si él es gay, o para no utilizar etiquetas, si le gusta de vez en cuando tener relaciones con chicos jóvenes, y tiene tanto dinero y es completamente independiente ¿por qué esconderse?, ¿por qué tener una familia dentro de los parámetros heteronormativos?, ¿por qué vivir dentro del closet?

Cuando uno sale del armario lo regular es que uno lo haga ante su círculo social cercano compuesto en mayoría por los amigos más próximos y la familia. Luego, también ha de hacerlo ante la sociedad. Pero existe un primer paso, quizás el más complejo y difícil, que es hacerlo con uno mismo.

Uno debe asumirse como tal. De ahí la importancia, sobrevalorada un poco en Cuba, del “orgullo gay”. No es una cuestión de afirmación con una conducta sexual determinada o un comportamiento social establecido; es una necesidad de conciencia.

Al final este “señor” no se asume como lo que él piensa que es ser gay. Él piensa que será más “fácil” vivir ante la sociedad y ante su círculo cercano como una persona heterosexual y decide tener esta “pequeña aventurilla” con mi amigo Javier en secreto.

Entonces, le pregunté a Javier: —¿Este “señor” cree verdaderamente que es más fácil?, ¿realmente sus amigos y familiares le conocen?, ¿es feliz teniendo que mentirles todo el tiempo cuando le preguntan a dónde va o qué hizo el sábado pasado?

—Si es más fácil —me dijo— él es muy importante, en su trabajo nadie lo aceptaría si de la noche a la mañana pone una foto en Varadero conmigo en Facebook. Sí, su familia lo conoce. El hecho de que se acueste conmigo de vez en cuando no define su personalidad, ni su forma de ser. A mí me gustan este tipo de hombres. Que sean “hombres” de verdad. Él es feliz y yo también.

Y mientras Javier me respondía, vino a mi cabeza una pregunta más general y un poco antropológica. ¿Cuán complejo es salir del clóset en Cuba?

Yo soy de una provincia en del centro de la Isla: Sancti Spíritus. En mi pueblo existían pocas personas que vivían abiertamente como LGBTIQ y las que lo hacían eran juzgadas, muy marginalizadas por la sociedad. Cuando llegué a La Habana fue que supe y conocí a personas LGBTIQ completamente integradas a la vorágine social.

Yo creo que esto es un factor determinante. Cuando uno conoce personas de “éxito” que viven abiertamente su identidad de género y que la sociedad los acepta como tal, se da cuenta que es posible tener una vida plena. Tiene un menos de miedo al rechazo social y familiar.

En la Cuba contemporánea cada vez son más visibles este tipo de personas. Están ahí. Intelectuales, maestros, médicos, artistas, tu vecino, tu hermano, etc.

Pero, ¿qué pasa cuando el individuo ni siquiera es capaz de saltar esa primera barrera? La “barrera personal”. ¿Qué pasa cuando no es capaz de aceptarse a sí mismo?, ¿cuándo no entiende lo que es?, ¿cuándo teme lo que es?, ¿cuándo lo odia?

Lo triste de la historia de mi amigo Javier no es que se dedique a la prostitución o que el “señor” engañe a toda su familia y conocidos. Lo triste es que ambos para sentirse “aceptados” se mienten y se niegan a ellos mismos.