Moscú, desde el aire, es una ciudad con bestiales edificios de hormigón armado que se odian entre sí, el grito de un hombre, es aplastado por ese fallido amago de progreso.

“No escogí que mi equipaje se extraviara”, le escribo a Aeroflot al cabo de una semana. Les escribo sin esperanzas, suponiendo que frente a esos edificios de la era soviética cada palabra mía es un avioncito de papel que choca y cae. Minutos después –no esperaba esta urgencia- la aerolínea responde: “tenemos su baggage, pero La Habana no contesta a nuestros mensajes”.

Como el Lost and Found  de la Terminal 3 del Aeropuerto José Martí tampoco descuelga ninguno de los teléfonos que ellos mismos me dieron -más otros 5 que he conseguido-; como aquel sitio parece, en consecuencia, lo que es: un territorio confuso de funcionarios de aduana mal pagados vigilándote, operarios sudorosos y disgustados, médicos anti-epidemia que primero te preguntan tu país de origen y luego -a media voz- te proponen taxis a la ciudad; como vivo en Santiago de Cuba envío a un amigo a investigar  y me cuenta que en Lost and Found había un grupo de personas tan desesperadas como yo.

“Lo que más me preocupa”, le escribo a Aeroflot, “es el saqueo: despaché mi maletín sin candado, sin la más mínima seguridad”.

Y es que el saqueo en diferentes variantes –desde el robo hasta el soborno- ha derivado en moneda corriente en cualquier servicio a la población; desde la cuenta de electricidad, la bodega, la vivienda, el quirófano detenido por falta de guantes o anestesia, hasta el correo postal.

Que el robo sistemático al Estado no suponga un robo, o un deshonor, sino una especie de toma y daca o de revancha, conforma menos un hecho aislado que una educación. De este estado de cosas emerge el hábito de aferrarse a cualquier vía que genere la salida más rápida a ciertas necesidades con el menor esfuerzo. Un desastre a baja escala que proyecta una sombra gigante. O sea,  que debería preocuparnos un poco más.

Hombres que lloran en el cine ante un relato de desamparo, que condenan la corrupción, que se enferman de diarreas y van a recoger a sus hijos a las escuelas a las 4:20 de la tarde, alimentan con la mayor indolencia esta hidra de múltiples cabezas. Nos preocupa todo el tiempo ser saqueados porque en nuestro fuero sabemos que de alguna manera hemos sido también pequeños o grandes saqueadores.

Sé que a muchos amigos míos de izquierda les cuesta comprender cómo una sociedad supuestamente emancipadora ha podido llegar a ser presa de tantas prohibiciones arbitrarias, no descalificaría el papel de contrapeso que juegan algunas conquistas sociales, o una vida pacífica y segura aunque atormentada de carencias, pero ¿sería descabellado enunciar una perversión del carácter?

¿El estatus quo sigue inalterable gracias a una compleja simbiosis con esta amplia telaraña de búsqueda deshonesta? ¿Pueden ser la honradez, el juego limpio, y la libertad de exigirlo y construirlo con una crítica abierta, nociones funcionales sólo en países ricos?

Cuando los usuarios le reclamaron al responsable de la oficina de Lost and Found por qué demonios no respondían al teléfono, por qué habría que mandarse hasta el aeropuerto a preguntar por algo que se podía hacer de forma remota, la respuesta del empleado fue sonreír. Son las reglas de este rodeo: nadie responderá tus llamadas en el Lost and Found de la Habana.

Es más, cuando te dan el papel de reclamación con el número telefónico para que llames, saben que te darás contra un muro, y que gritarás hasta quedarte sin voz.  

¿Cuán poco valía el grito de un ciudadano soviético a finales de los ochenta?, ¿se podría medir por la inhumanidad y fealdad de esos edificios que se ven desde el avión que aterriza poco a poco en el aeropuerto de Sheremetievo? ¿Cuán poco vale asimismo nuestro grito?, ¿se puede medir por el viacrucis mío con mi equipaje y el de estos pasajeros a los que nadie escucha?

Yo diría que Kafka describió la insignificancia del hombre corriente -en definitiva quién no es un hombre corriente- que espera toda su vida ante la indiferente puerta de un Castillo administrado por otros hombres corrientes. Mientras le escribía a Aeroflot diciéndole que ya llevaba una semana sin respuestas comenzó a agarrarme cierta angustia. Me preguntaba si no era un esfuerzo vano, podría tener algún peso mi grito. ¿Cuánto pesará mi grito?

Hagamos este ejercicio: pongamos sobre una pesa el grito de hombres de una misma nacionalidad (y si lo deseas de varias nacionalidades). ¿Pesan lo mismo? ¿Qué has hecho, o qué no has hecho, para que tu grito pese lo que pesa?