Es cierto lo que escuché de alguien una vez: “En lo que respecta a los hijos existe un buen trecho de la teoría a la práctica”. Y sí, una cosa es lo que pretendemos hacer y otra la que la vida y las circunstancias nos permiten.

Antes, cuando aún no sabía ni entendía lo que era un hijo, siempre afirmaba que cualquier gasto en la celebración del primer año de un niño sería innecesario. Mi Dante recién cumplió sus doce meses y hoy, luego de varios días, todavía me sorprende lo que fue su cumpleaños; nada, que aún no me creo el poder que tiene lo externo, la sociedad, la gente sobre nuestras decisiones personales; para que comprendan, aquí va la historia.

Resulta que papá y mamá decidimos ir a la playa, que el niño disfrutara del mar y “emplear el dinero que tenemos en él, en su disfrute”. Así acordamos…, pero tres días antes de la fecha aparecieron dentro de una bolsa de nylon, de la mano de una amiga incondicional y a quien espero no ofender con este texto, varios juegos de yaquis y soldaditos, rompecabezas, caretas de Minnie y Mickey Mouse, pitos, gorros… en fin, toda una colección de regalos para una FIESTA DE CUMPLEAÑOS.

Mi cara de asombro habló por mí, y sin tener que llegar a la interrogante, mi amiga respondió que solo eran “… algunas cositas” que sobraron del cumpleaños de su sobrino y que me las daba por si me decidía a celebrar el cumple del niño, “que a fin de cuentas se cumple un año una sola vez en la vida”. Encrucijada número uno.

La idea de que había adquirido esos artículos se dispersó por la familia, y la situación continuó agravándose. En esos días esperaba la visita de mi papá, una alegría enorme porque conocería a Dante y nos veríamos nuevamente luego de dos largos años. En la última llamada telefónica que tuvimos, antes de emprender su viaje hacia Cuba, justo en el momento de despedirnos, “… oye te llevamos unas velitas bellas, carteles de felicitación con Mickey Mouse y adornos para el cumple”. Quedé abrumada, ¿qué cumple?, me pregunté a mí misma en mil ocasiones, aunque sabía la respuesta. Encrucijada número dos.

Llegué a sentirme atrapada. Las abuelas aparecieron en casa con un mantel, globos, platicos, vasos, tarjetas para los regalos, rifas. Mi esposo y yo solo nos mirábamos. “Dios, tantos años zafándonos de las garras del tradicionalismo y nos acaba de atrapar por sorpresa”.

Aunque no quería aceptarlo dentro de dos días tenía que celebrar un cumpleaños de la manera que nunca había deseado. Ya me atormentaba la idea, sería una tortura para el niño, no sabía qué horario escoger para respetar su rutina y que no se sintiera tan irritado y, al menos, aplaudiera al cantar felicidades.

Cuando amaneció, el día del cumpleaños, ya había dejado de resistirme a la idea. Solo tomé riendas del asunto que hasta el momento me tenía tomada a mí. Organizamos el patio, pusimos los carteles, los globos, las decoraciones que llegaron de tantas partes, preparamos los dulces y el refresco. Dante estaba tan excitado que ni siquiera durmió la siesta del mediodía, pero se le veía feliz: sujetó los globos, fue el primero en probar el pan con pasta y la ensalada fría, se cantaba “felicidad, felicidad” una y otra vez.

Al menos mi mayor miedo se había esfumado, el niño disfrutaba de su fiesta a plenitud. Recibió los regalos de los amigos y la familia y, a su manera, con besos y más besos, dio las gracias. Cantó “Felicidades Dante en tu día… ”, aplaudió, sopló la velita del cake, posó con su mejor sonrisa ante las cámaras, bailó, jugó con los demás niños… y sí, por si alguien se lo está preguntando, también pasó por el más tradicional de los momentos: la foto en la cama, en medio de toda la ropa y regalos del festejado.

Después fuimos a la playa y también pudo disfrutar del mar, la arena, el aire fresco; hoy me queda la satisfacción de que, aunque Dante no lo recordará cuando sea un adulto, verá en imágenes que fue el pequeñín más feliz de este universo en su fiesta de  cumpleaños, repleta de tradición y del amor que traen la familia y los buenos amigos de siempre.