“No, no tengo ningún problema, tengo un buen trabajo, tengo casa propia, mi sueldo tampoco es malo, solamente no quiero tener hijos”, me comenta con total naturalidad Latzy Hernández, jóven habanera graduada de Ciencias de la Información. “No tengo ningún conflicto con mi identidad de género, soy mujer, una mujer feliz, plena y realizada, pero no quiero ser madre”, agrega.

La conocí en un diplomado de Ética y Filosofía. En una conferencia sobre el aborto, Latzy y la conferencista discutían acaloradamente sobre la diferencia entre ser madre y ser mujer. Mientras una alegaba que ambas condiciones eran inherentes, la otra sostenía que procrear es una elección a la que tienen derecho mujeres y hombres.

“Siempre que digo que no quiero tener hijos me dicen que ´ser mujer es ser madre ante todo´, con lo que yo no estoy de acuerdo. Desde la heteronormatividad las mujeres hemos sido condicionadas para vernos a nosotras mismas como reproductoras antes que como mujeres, por eso sorprende tanto mi postura. Por ejemplo, si yo digo que no quiero ser profesional, eso no extrañaría tanto, por que no se asocia el éxito laboral a la condición de mujer, pero la procreación sí. Otro ejemplo, si un hombre dice que no quiere tener hijos, nadie le dice ´ser hombre es ser padre ante todo´, por que la paternidad no está tan asociada a la construcción del hombre”, me insiste.

Pienso quizás que Latzy es entonces una más de las muchas cubanas que retrasan la maternidad hasta que exista un mejor ambiente económico o consiga ciertas metas profesionales. Pero no, ese tampoco es su caso.

“Soy master en bioética, trabajo en la Casa de las Américas, soy una mujer relizada con mi profesión, tengo una pareja estable y una familia armoniosa, tengo unos saludables treinta años y tampoco tengo nigún problema de fecundidad”, afirma.

Simplemente es que no quieres tener hijos, le respondo.

Pero en mi ansiedad de buscar las escencias de su negativa le pregunto una vez más, “pero, por qué”. “Mira, no tengo una razón de peso para haber tomado esa decisión, como tampoco tengo una para querer lo contrario”, concluye.

“Si quieres causas podría decir que a pesar de que me agradan los niños, creo que la llegada de uno a mi vida cambiaría mis lógicas familiares, con mi pareja y profesionales, con las que estoy muy satisfecha. Además, no tengo ese instinto maternal de cuidado y protección asociado al rol de género femenino. Pero más que nada, tiene que ver con mantener mi libertad de elección personal ante los estereotipos sociales. Yo no soy un monstruo, ni una mujer desnaturalizada, solo soy una que decide no tener hijos.”

“A mi me dicen que no tener hijos es egoísta, sin embargo, quienes deciden tenerlos para mantener un matrimonio, para asegurar bienes materiales, para sentirse acompañados y cuidados cuando sean mayores, ¿no son egoístas también?”, se pregunta.

Ella se califica a si misma como una mujer libre. Piensa que decisiones tan importantes como la maternidad no deben relacionarse de ninguna manera con estereotipos sociales, sino con aspiraciones personales. Latzy tiene muy claras las suyas. Mi ansiedad finalmente desaparece cuando me dice, “no pasa nada, periodista, yo estoy viviendo mi propia idea de felicidad”.