A Elías Cruz Cruz no lo ha matado el tiempo. Ni los 200 pesos que recibe como pensionado. Al moronense de 105 años lo está matando la espera.

Junto a 18 adultos y siete niños -seis familias, incluida la suya-, aguarda en la casona perteneciente a la Dirección Municipal de Cultura, ahora transformada en comunidad de tránsito para damnificados por el huracán Irma.

¿Qué esperan exactamente? No lo saben. O, en cada caso, la expectativa es distinta. Unos solo desean irse a vivir a una casa, donde y como sea. Otros son mucho más exigentes.

Provienen del llamado Plan Hortícola, una vecindad en la que predominan las construcciones ilegales por esfuerzo propio; y lo que los amalgama en estas largas horas es, en términos generales, la espera por ayuda. Ayuda, así, genérica. ¿De quién? De ese cuerpo impersonal que suele llamarse Estado y dijo que nadie quedaría sin amparo tras la hecatombe provocada por Irma.

Zuraiki Cantero Jiménez, Yarilis Palau Díaz, Lisandra González y el resto de los moronenses afectados se preguntan a dónde han ido a parar los contenedores con productos de donación que, de acuerdo con la prensa oficial, llegaron a la Isla.

Se quejan de que a La Habana, territorio apenas “besado por el huracán”, todo llegue rápido y, sin embargo, demore demasiado en redistribuirse hacia los demás territorios cubanos.

Un recorrido por el centro de Morón deja la certeza de que las donaciones no han tocado puerto. Y si lo han tocado, la gente no lo sabe, ni las ha visto.

Elías Cruz Cruz nació el 20 de julio del recóndito 1912 y se dedicó toda su vida a la Medicina Veterinaria. El sábado 30 de septiembre del 2017,  tres semanas después del huracán, permanece sentado tras el buró que hasta hace muy poco debió usar algún funcionario. Desde allí, dicta sentencia:

“Primero nos llevaron evacuados para el poblado de Dos Hermanas. La alimentación allí era mala pero al menos era algo. Aquí (en el “hogar temporal”) no dan nada. Yo perdí todo, todo, todo lo que tenía. Hasta la cama, que le cayeron los bloques arriba…

Annciano espera por las donaciones. Foto de la autora

“¿Y dónde están las donaciones? Dicen que (los países) dan colchones, esto, lo otro, pero ¿dónde está todo lo que se ve por la televisión?

“No hay comida, ¿desde cuándo no tomo leche? No hay ropa, no hay zapatos, no hay medicinas. Tengo los bolsillos llenos de recetas y no están los medicamentos. ¡Y mira como tengo esa pierna!”, maldice y muestra una piel descarnada.

***

Refresco instantáneo: $5 (un paquete)

Huevo: $1.10 cada uno

Galletas $20 (un paquete)

Gofio $4 (un paquete)

Esos son los nuevos productos a la venta en las bodegas de Morón.

“Se está despachando un paquete de galletas, uno de gofio, y otro de refresco por núcleo. Cinco huevos por persona. Y estamos esperando la papa, que serán cinco libras por persona, a peso cada libra”, dice Juan Carlos López, administrador de una de las bodegas de la ciudad del Gallo.

“Se dice que se está repartiendo sirope y que se ofertarán latas de conserva, pero no se sabe todavía si es para toda la población o para los niños de hasta cinco años y los ancianos”, explica.

Juan Carlos conoce que se ofrecerán de manera gratuita arroz y frijoles. Para él, la importancia de normar estos productos por la libreta de abastecimiento, en lugar de venderlos de manera liberada, está en consonancia con la idea de que estos lleguen a cada familia.

Ninguno de estos, sin embargo, él los juzga como productos de donación. “Las galletas son de nuestra fábrica local, al igual que el refresco instantáneo y el gofio”.

Por su parte, Omar Mejías, administrador de un punto de venta Ideal, considera que antes y después del huracán, se está proponiendo lo mismo.

“Que yo sepa, en nuestra cadena no se está ofertando nada nuevo por donación”, sostiene.

“Aún están trabajando las comisiones para valorar los daños de los afectados. El estado de opinión es crítico”, afirma Bárbaro Sardiñas, quien perdió el techo de su vivienda, la número 20 de la calle José Antonio Echeverría. A él lo visitaron, pero la información que tiene es difusa.

A Belén Morales, de 95 años, y su nieta Elizabeth Mesa, residentes de la calle Bonachea No. 87, nadie las ha visitado, a pesar de que el huracán destruyó al menos la mitad de la casa.

Familia damnificada. Foto de la autora

“Aquí no ha venido nadie. Fui a ver al presidente del CDR, y me dijo que eso estaba en manos del delegado. Pero no sabemos nada. Ninguno de los cuartos tiene techo y todos estos días ha llovido. Entonces el agua llega hasta aquí (el único local de la casa no afectado) y mi abuela tiene que quedarse sentada. No puede salir de este pedacito.

“Además, esas paredes sin techo pueden caerse”, afirma preocupada.

“¿Qué vamos a hacer? Esperar”.

***

La espera continúa en la ex Dirección Municipal de Cultura. Para las seis familias alojadas aquí, todo es más difícil. Las horas más largas, entre las sábanas que dividen a los Díaz de los Jiménez, y a los Jiménez de los González. Hay un baño único para todos ellos. En el pasillo los niños rezongan, como moscas. El barullo es infinito y punzante. Aun cuando sus condiciones de vida eran ya lamentables, aquí se encuentran en estado de hacinamiento y no están conformes.

Yarilis Palau Díaz cuenta que “me trajeron y me soltaron aquí a las 10 de la noche del viernes 29. Me dijeron que había corriente y nada, no he podido conectar mis equipos… Todo esto abierto a la bartolina con niños chiquitos…

Esperando las donaciones por el huracán. Foto de la autora

“Yo vivía en el plan hortícola y se cayó mi casa completa. Solo quedó una pared. Era una casa de tablas con un cartón prieto en el techo. Ilegal. Pero bueno, aquí todos tenemos derechos y como quiera era un rancho; yo tenía mi casita. Tenía colchones y se mojaron, se rompieron…lo único que me quedó fue el televisor, frío (refrigerador) yo no tenía. La electricidad en el plan hortícola es una tendedera; siempre están diciendo que van a poner contadores y nunca los ponen.

—A mí lo que se me jodió fue la casa— reitera. Y el trabajo.

“Trabajaba en una casa particular y lo perdí también. Porque figúrate tú, con el niño chiquito, ¿quién me lo va a cuidar aquí?  Y tú sabes que los particulares no perdonan, tú le faltas dos días y se buscan a otra gente. Ganaba 20 dólares al mes. Y por estar cuidando mis cosas, dejé de ir. Estoy sin dinero”.

—¿Qué cuantos somos? –dice entre sollozos, la voz cortada. “Somos tres, el niño, el papá, y yo. Tenía otra niña pero se me murió hace 8 meses. ¡La perdí!”.

Lo que sigue es tan pueril…Pueril para un periodista que no tiene nada que ofrecer, salvo una grabadora encendida para darles voz a los “ilegales” del Plan Hortícola, en Morón, a menos de 80 kilómetros de los cayos turísticos del norte de Ciego de Ávila.