La gente parece divertirse. Yo no. La gente parece feliz. Yo no. La gente no se preocupa. Yo estoy preocupado. La gente parece no pensar. Yo pienso. Estamos en Las Vegas. No la ciudad, sino el club nocturno que está en Infanta, cerca del malecón habanero.

A veces cuando no hay nada más abierto mis amigos y yo vamos a Las Vegas. En este sitio se congregan las personas LGBTIQ en la Habana. Como la mayoría de los centros recreativos de este tipo la fiesta es organizada por una sociedad privada, en este caso el Olimpo, y el local es estatal.

Hace cerca de dos meses que no íbamos. “El cuartico esta igualito”, como dice una canción de reguetón. Una gigantografía de las transformistas más famosas de Cuba nos recibe en la entrada y una voz nos dice: “en camiseta no se puede entrar”. Gracias que teníamos una camisa de sobra.

En la calle cientos de jóvenes se agrupan. Unos esperan por sus amigos. Otros quizás no tengan dinero para entrar y esperan que alguien lo haga por ellos.

-—Son 3 CUC—dice el guardia.

Estoy con Spenser. Él no es cubano. Quiere saber qué es ser gay en Cuba: dónde van los gay, qué hacen, cómo se divierten. Por eso estamos aquí. Por razones “antropológicas”.

Logramos entrar. A Las Vegas hay que ir temprano. Después de las 11 es prácticamente imposible. Cerrado por capacidad, te diría el guardia de la puerta.

Cerveza en mano nos adentramos en esto que parece más una jungla que una fiesta. No por lo intrincado que puede resultar caminar entre tanta gente — casi doscientas personas–; sino por la sensación de cacería que se vive aquí. Uno siente que va de zafarí entre tantos depredadores y tantas presas esperando ser emboscadas.

Hola —-me dice alguien—-, ¿De dónde eres?

-—De Cuba. De Sancti Spíritus —-le respondo.

—-Ah — me mira de arriba hacia abajo y sigue caminado. En ese instante dejé de existir.

Mucho se ha pedido por un “lugar como este” donde las personas LGBTIQ puedan tener su espacio. Bailar. Gozar. Ser ellos. Hace poco este tipo de establecimientos eran ilegales. Las fiestas debían hacerse en azoteas o patios de casas lejos del centro de la ciudad. Según me han contado la policía podía aparecer en cualquier momento y arrestarlos a todos.

La canción de turno: “Palón divino” está de fondo, todo lo demás que uno puede escuchar es: ¿De dónde eres? ¿Qué buscas? Hago de todo. ¿Cuánto pagas? No te vas a arrepentir.

Todos bailan. Yo pienso.

Aquí me siento como un explorador viajando por países desconocidos. No satanizo ni victimizo. Pero si juzgo. Los juzgo a ellos. A la sociedad. A mí mismo.

Cuando se lee bibliografía especializada en el tema de la prostitución masculina la mayoría de los autores coincide en que las causas pueden ser muy variadas.

En el libro Pingueros en la Habana de Julio César González Pagés donde se recogen 120 testimonios de jóvenes de entre 14 y 24 años procedentes de 10 de las 15 provincias cubanas, aparecen como blancos más probables a ejercer la prostitución jóvenes abusados sexualmente a edades tempranas, y jóvenes en situaciones de vulnerabilidad económica que padecen o en deserción escolar.

Pienso que todos nos prostituimos de alguna forma. Pero, ¿qué estamos dispuestos a prostituir: nuestros cuerpos, nuestras posturas políticas, la identidad, nuestra profesión…?

Empieza el show y todos miran maravillados la tarima. Kiriam hace su número.

Yo miro los ojos de los demás. ¿Qué estarán pensando…? No tengo comida. No tengo zapatos. No tengo ropa. Quiero ir a Varadero este fin de semana. Qué lindo el vestido de la transformista. Si mi mamá se entera que estoy aquí. Mi mamá me mandó a que viniera aquí. Yo puedo hacer esto. ¿Qué estoy haciendo con mi vida? Tremenda fiesta. Odio este lugar… Por esto es que me gusta venir aquí.

—-Pipo, ¿quién es tu amiguito? —-me interrumpe alguien que quiere saber de Spenser. Obviamente no puede ocultar su condición de extranjero.

-—Es un amigo de Nueva York -—le respondo.

—-¿Nueva York?, que perro. ¿Y cuánto paga él?

—-Lo siento. Él no paga por sexo.

-—Es una lástima por qué es bonito -—me da la espalda y se va.

Al final de la noche tengo la cabeza dándome vueltas. Más preguntas que respuestas.

Yo pienso. ¿Esto es Cuba? NO. Es “Las Vegas”. La música sigue. Todo seguirá igual. Las Vegas abre todos los días.