“¡Alarma en la termoeléctrica!”. La frase desde un altavoz, acompañada del aullido leve de una sirena, fue un despertar brusco a las seis menos cuarto de la mañana en Boca de Mariel, un pequeño pueblo cubano con el Estrecho de la Florida al norte y Bahía Honda por el este, a unos 30 kilómetros de la nueva, inconclusa y esperanzadora Zona Especial de Desarrollo del Mariel (ZEDEM).

“No pasa nada. A veces dejan el micrófono abierto y se escuchan hasta chistes de madrugada”, cuenta una vecina. Esa mañana descubro que vivir en Boca de Mariel es mucho más que despertar sobresaltada con la posibilidad de que la Central Eléctrica Máximo Gómez explote a 20 metros de la cama. Es también conocer cada ruido, sus cadencias; convivir con una bestia pariendo la alimentación eléctrica de toda una ciudad, cuyos gritos, en tu oído, no puedes hacer callar. Es, además, vivir cerca de la ZEDEM, que lo ha cambiado todo allí. Y en ese pueblo descubro a Ariel, un joven pasado de los treinta, jefe de una brigada de mantenimiento de equipos pesados en esa zona de desarrollo, que ya no está seguro de su permanencia en ese trabajo.

“Había perspectivas de mejorar allí, pero si las cosas siguen como van, ni eso va a quedar”, el mecánico lanza la primera sentencia.

“Mucha gente se ha ido descontenta, porque al principio lo pintaron todo muy bonito, pero no ha funcionado así”, vuelve.

La Zona Especial de Desarrollo Mariel, inaugurada por los presidentes Raúl Castro y Dilma Rousseff en enero de 2014, se encuentra en la provincia de Artemisa. Los 465 Km2, donde también habita una de las mejores bahías de la Isla, constituyen la más grande y prometedora estrategia del país dirigida a fomentar un desarrollo económico sostenible a partir de atraer inversión extranjera a las tierras cubanas.

Trabajadores en “veremos”
Ariel fue de los primeros a los que contrataron en la gigantesca ZEDEM en 2010. Cuenta que al principio del proceso los brasileños, financistas del proyecto con más de 800 millones de dólares, “hicieron una reunión en el hospital del Mariel directamente con la gente que quería aplicar y dijeron que iban a pagar 200 USD se-ma-na-les. Ellos querían poder exigir calidad y eficiencia directamente a los contratados. Pero como la empleadora se queda con el 80 por ciento de lo que los extranjeros ingresan por cada trabajador, esa entidad paga lo que entienda. Algunas empresas brasileñas se fueron. Creo que ahora mismo solo están los cubanos ahí. Por eso, además, todo va tan lento”.

Según el Marco Legal de la ZEDEM, publicado en la gaceta oficial, uno de los objetivos de la zona es generar nuevas fuentes de empleo “a largo plazo” para trabajadores “residentes permanentes en Cuba” y es una empresa empleadora cubana la que controla y gestiona la contratación, la intermediaria.
Para determinar el monto del pago se tienen en cuenta los salarios que a similares puestos de trabajo le corresponden en el país de donde proviene la empresa extranjera, la escala salarial estipulada en Cuba para esas ocupaciones y “los gastos en que incurre la entidad empleadora en la gestión para garantizar el suministro de la fuerza de trabajo calificada y que implica el reclutamiento, selección y capacitación, entre otros aspectos”.

Esos gastos, por lo pronto, se cargan directamente a los salarios de esos trabajadores. En el documento, específicamente en la Resolución del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, no se dispone el por ciento que corresponde, según ese sistema de contratación, a la empleadora a partir del monto que los inversionistas pagan por cada uno de los contratados. Al parecer, este cálculo es delegado en los funcionarios de la empresa cubana según las características de cada caso.

Dicen los vecinos del pueblo que hace unos meses hicieron un corte y sacaron como a 2.000 y pico obreros en la Zona.

“Al principio fue una fiebre. Gente que llevaba 20 años trabajando en la termoeléctrica pidió la baja para irse al Mariel. A los pocos meses les terminaron el contrato”. Así cuenta Ariel durante la noche, luego de un turno de 3:00 a 11:00 pm, enfrascado por el momento en la extracción de tierra: “A veces me quedo más tiempo, porque eso allá adentro no para”.

El contrato del joven, como el del resto de los trabajadores técnicos y de servicios, es indeterminado. “Ya han reducido la plantilla. Eso quiere decir que cuando ya no te necesiten… calabaza y a tu casa. Como lo mío son los aparatos, yo sería de los últimos que se iría. Mientras haya un equipo que requiera mantenimiento allí, me necesitan. Pero cuando no haga falta poner un bloque más, el que los pone se va. Por eso digo que no es una fuente de empleo estable, porque en cualquier momento se puede acabar”.

Boca de Mariel, como lo han conocido sus habitantes hasta el momento, también podría acabarse. Los precios han subido al ritmo de una capital a 30 Km de distancia y ha reducido las zonas de pesca para sus pobladores, una de sus actividades económicas fundamentales.

Se detiene el bombeo de agua a las viviendas cuando la termoeléctrica necesita abastecerse. Hasta las clases de la escuela secundaria recesan cuando el ruido de la central se hace insoportable. Tiene días insufribles.

Mientras que comienza a brillar la nueva carretera que enlaza a la ZEDEM con la autopista nacional, los baches del pueblo se rellenan lentamente con el polvo seco que “libera” la fábrica de cemento cada día. No existe allí una concepción de autodesarrollo local sustentable que potencie a sus actores socioeconómicos como verdaderos agentes de cambio.

Ariel, y muchos en su posición, no pueden proyectar con seriedad su futuro si la participación de los trabajadores en los procesos que les afectan directamente no está contemplada. La mutilación de esa oportunidad podría ser el comienzo del fin para Boca de Mariel. La historia no es nueva: un pueblo (uno más) tragado por los 465 Km2 de zona industrial cubana (o cualquier otra), la cual consume todos sus recursos y no le devuelve nada.