Decenas de cabezas truncas sobre cuellos cortados, en lienzos, en tablas, en cartones, entran por los ojos y se juntan en la mente hasta crear no se sabe qué efecto angustioso.

En poco espacio, sobre las mesas de trabajo, los estantes y las paredes, en una pequeña habitación de la casa de cultura Agustín Jiménez Crespo, de Remedios, el joven pintor Reinier Luaces dice que ha vertido sus ideas del mundo y de los hombres, sus dudas sobre los fines del arte y, sobre todo, sus propias utopías.

Las cabezas, talladas en un pedazo de madera o dibujadas con aparente desgano en lienzos reutilizados, se van uniendo por decenas hasta que parecen miles. Y no admiten la paz: nos miran con insoportable insistencia o nos reclaman, impúdicas, la mirada propia. “En mi obra —dice Luaces— yo muestro cabezas que quieren filosofar. Cortadas, porque no representan más que el suicidio de las utopías”.

Con la misma grandilocuencia con que toma el pincel, con las mismas pretensiones con que esboza su discurso plástico, el joven artista reclama la palabra. A Luaces le interesa cuestionar las vivencias del ser contemporáneo. Mediante su obra pretende explorar la soledad de los humanos. Como si fuera poco, quiere saber cómo piensa el hombre, cómo reacciona el hombre y cómo piensa y reacciona él mismo, que también es un hombre, ante lo que piensan y hacen los otros hombres.

“Mi obra es muy existencial”, aclara. “No es contemplativa, no es bella; por el contrario, es muy fuerte, un híbrido entre el bad painting y el informalismo”.

Mientras, a su alrededor, los barrios en pugna arman y desarman las carrozas de las Parrandas, y los trabajos de plaza toman su forma en la octava villa fundada por los españoles en Cuba, Luaces crea obras distantes de su propio panorama. ¿Qué tienen que ver las cabezas cortadas con los bandos de El Carmen o San Salvador? ¿Qué significan los rostros de geishas en Remedios, a miles de kilómetros de Asia?  Frente a los ojos del público la obra del joven artista parece extravagante. Porque no alude a las inmediaciones del pueblo interior, ni siquiera se nutre en el drama nacional.

“Por ser cubano no tengo que pintar mulatas ni mujeres voluptuosas. Ni tengo que pintar parrandas por ser remediano”, espeta, decidido. “Esos temas están muy lejos de mi obra. Yo soy del campo, pero no me siento atraído por el paisaje. A mí me interesa más el discurso filosófico”.

Obra de Reinier Luaces. Foto: Maykel González Vivero.

Está Luaces en su pequeño taller, en Cuba interior, pintando las cabezas (a veces) gráciles de mujeres japonesas. Igual que los pintores impresionistas hallaron inspiración en el Japón ignoto, igual que algunos escritores finiseculares cubanos se inspiraron en las culturas milenarias del Asia, buscando lo que no tenían, el joven artista se inspira en lo que jamás ha visto.

Sin embargo, casi ningún humano logra obviar sus propias circunstancias. La búsqueda de lo “otro” resulta casi siempre la negación de lo propio. Lo “otro” es el opuesto inseparable de lo propio. “Si no estuviera en Cuba, si fuera un joven millonario, si tuviera todas las comodidades del mundo —especula Luaces— tal vez me dedicaría a otras cosas. Pero todo lo que uno hace, todo lo que uno crea, tiene que ver con la vida de uno mismo”.

Y mientras afuera anuncian velas para el altar de la iglesia mayor de Remedios, y las pugnas barriales se solapan en las calles de la octava villa, Luaces llega a decir lo que algunos pudieran juzgar como el gesto más genuino y otros más, tal vez, podrían asumir como extravagancia. El joven artista no quiere vender. No pinta para vender. No tiene interés en el comercio del arte.

“Yo trato de satisfacer mis propias necesidades. No me interesa atraer a los coleccionistas, ni siquiera estoy preocupado por crear una obra más o menos perecedera. Nada más estoy buscando nuevos lenguajes”.

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