Las etiquetas en ocasiones son muy peligrosas. Y si bien identifican algunos comportamientos que realizan distintos movimientos políticos, en ocasiones encuadran y cercenan el marco de decisión, o de igual manera son capaces de crear mala interpretación o sugestión hacia diferentes acciones.

En general forman parte cotidiana de nuestras vidas. Las podemos apreciar usualmente en cualquier producto que nos rodea. Entre sus muchas utilidades nos indican la procedencia y calidad de un producto. En el ámbito de la Propiedad Intelectual nos describen un bien específico detallando el fabricante, el lugar de procedencia o denominación de origen, su material de fabricación o los ingredientes y por supuesto, la marca, entre otros datos. En fin, lo que podemos esperar de algo.

También como el diccionario refiere, las etiquetas son usadas para calificar simplistamente y de manera generalizadora a personas, países o incluso movimientos políticos. Para los caribeños, que nos preciamos de fogosos, los europeos no son muy buenos amantes, como si no hubiera antillano que deje insatisfecho a su pareja o europeo bien dado a las artes del amar. Entre los guapos del barrio, hablar de un hombre sin valores, que entra en chisme y delata, no es difícil referirse al fulano “como una jeva”, como si las féminas no pudieran compartir las mismas “características” que hacen a un hombre serio.

Lamentablemente la desinformación e ignorancia, los intereses políticos de personas con influencia, la prensa y más recientemente las redes sociales, todos ellos atizan estas malas concepciones.

La idea de la izquierda y la derecha como tendencias políticas surge en la división dentro de distintos parlamentos europeos según la situación de apoyo u oposición con respecto al gobierno de turno. Aún se utiliza este formato en la Cámara de los Comunes (cámara baja del parlamento británico), donde el gobierno y su coalición se sientan a la derecha del Speaker (para nosotros sería el Presidente de la Cámara) y a la izquierda la oposición.

En otros términos, a la derecha van los que desean mantener el status quo de la actual administración, y a la izquierda los que buscan una alternativa de gobierno.

Sin embargo, el encasillamiento siempre ha sido muy simplista y la opinión pública se refiere a la izquierda como las fuerzas progresistas y la derecha como las fuerzas reaccionarias, creando una generalización demasiado vaga y peligrosa, que en ocasiones no se corresponde con la percepción que emana de estos movimientos.

En muchas ocasiones una persona que se califica de socialista e izquierdas en Europa podría ser visto como falso por una persona de semejante calificación en América Latina. Por ejemplo, el Presidente Hollande es el líder de los socialistas franceses y sin embargo es un miembro estratégico de la OTAN.

Las etiquetas conducen a estereotipos.

Lo vemos cuando en la misma América Latina movimientos son calificados de manera automática como de izquierda por el discurso que presentan. Sin embargo, bien no pudieran serlo cuando han recurrido a actos terroristas y a técnicas como la extorsión, el secuestro y el tráfico de drogas como método de financiamiento. O por ejemplo, algunos medios parcializados califican a la oposición venezolana como de derechas por la intransigencia que presentan al actual gobierno, obviando que su principal exponente, el Presidente de la Asamblea Nacional Henry Ramos, es vicepresidente de la Internacional Socialista.

Etiqueta: Del fr. étiquette. (…) 4. f. Pieza de papel, cartón u otro material semejante, generalmente rectangular, que se coloca en un objeto o en una mercancía para identificación, valoración, clasificación, etc. 5. f. Calificación estereotipada y simplificadora (Diccionario de la Lengua Española)

De igual manera es sumamente peligroso calificar irreflexivamente al capitalismo como modelo carente de valores humanos y al comunismo como la opción para cultivar el amor por el prójimo. Ciertamente en el capitalismo quien manda es el capital. Pero no podemos olvidar que potencias que se identifican plenamente con el capitalismo como Alemania, Suecia y Noruega son las naciones que paradójicamente mayor cantidad de refugiados del conflicto sirio han acogido y que poblaciones que hasta hace apenas treinta años pertenecieron al bloque socialista como Hungría, Polonia y los territorios de la ex-Yugoslavia son quienes más han mostrado actitudes xenófobas. Imposible es tampoco olvidar que comunistas como Stalin, Mao y Kim Il Sung de ser juzgados por un tribunal imparcial, probablemente habrían sido condenados por crímenes de lesa humanidad.

La etiqueta de revolucionario, una de las más utilizadas en nuestra historia reciente, ha sido enarbolada como escudo en no pocas ocasiones por admiradores de Torquemada cuando la inteligencia o la inseguridad les impiden lidiar con el debate o la oposición. De igual manera ha servido de amuleto a buena parte de corruptos, extremistas y oportunistas. Cuando pensamos en Revolución, pensamos en cambios. Pero ¿cómo llamar revolucionario a alguien que se aferra al inmovilismo? Recuerdo a Hannah Arendt cuando dijo que hasta el revolucionario más radical se convertirá en un conservador el día después de la Revolución.

Calificar los fenómenos por analogía sin analizar reflexivamente acciones, comportamientos sostenidos, consecuencias y circunstancias es poco serio y delicado, puesto que las etiquetas en política casi siempre esconden intereses sombríos.