Si una cosa disfrutamos los cubanos es hacer el amor cuantas veces el cuerpo nos lo pida, y ese, por suerte, es un sentimiento compartido entre millones a lo largo y ancho de toda la isla. Lo que no soportamos los cubanos, sin embargo, es querer amarnos y no tener donde, una situación que frustra día a día la privacidad de muchos debido a la grave crisis habitacional que existe en la isla.

La situación económica una vez más impone su negro velo, pues no bastan mayorías de edades o casamientos para romper el ardid de este hechizo. El escenario es bastante sencillo; ni hay para donde ir, ni hay con qué pagar, por lo que escapar hacia la privacidad anhelada, generalmente, queda pospuesto ante un espejismo de futuro incierto pocas veces alcanzado.

Así se convierte este afán en una aventura más de la rutina cotidiana en Cuba, un obstáculo que algunos vencen con ingeniosas alternativas, mientras para otros se convierte en enemigo número uno de pasiones encontradas. Quizás por eso, sea frecuente observar escenas sobre cargadas de afecto en parques nocturnos, cines, o playas, un toque de morbo y adrenalina no siempre intencionado, sino que responde a la necesidad de encontrar espacios alternativos para dar y recibir afectos sin que esto resulte una preocupación más para el bolsillo.

Foto: Carlos Alberto Pérez

Melvin Ismael, casado hace 2 años con Teresa, se queja de vivir con sus suegros y hermana en una casa de solo dos cuartos en La Habana, lo que significa que tiene que “hacer malabares” para disfrutar un rato con su esposa. “A veces nos pasamos hasta tres semanas sin hacer el amor en casa, y lo peor es que sentimos tanta pasión que sufrimos el doble este distanciamiento involuntario”.

Su ventaja radica en ser custodio de una empresa cercana a su casa, así que durante sus rondas nocturnas casi nunca le faltan sexo y pasiones desenfrenadas.

E?n ocasiones, cuando le cae algún dinero extra, dice rentar alguna habitación privada, donde además de tener comodidades y expresar a todo gusto sus fantasías sexuales, no corre riesgo de ser importunado por nadie, aunque confiesa que “pagar 5 CUC sólo por tres horas es un lujo, que puede darse si acaso solo una vez al mes”.

Pero esto, además de riesgos y gastos, también entorpece la estabilidad laboral de ambos, pues tanto uno como otro tienen que violar horarios y reglas de trabajo para encontrar en la calle, lo que no pueden en casa. ¿Hace ésto bien a la economía del país? ¿Cuántos casos como éstos escapan de sus trabajos para resolver tan importante problema?

La vivienda, el quid del asunto

El hacinamiento familiar es una cuenta pendiente que tomará décadas poder resolver en la isla. Encontrase familias numerosas en pequeñas casas es un hecho común, y esto responde a que el mercado de alquileres y venta de inmuebles supera con creces el poder adquisitivo de cualquier cubano de a pie.

Al respecto el país ha puesto en marcha la venta de materiales de la construcción, la autorización de créditos bancarios para la reparación y ampliación de viviendas, así como también ha priorizado los casos de derrumbes y desastres naturales. Pero estas medidas aún resultan insuficientes ante una demanda tan grande y generalizada.

Como medida complementaria, hace algunos años la salud fue un sector privilegiado en la entrega de apartamentos a médicos internacionalistas, sin embargo, hoy las Fuerzas Armadas y el Ministerio del Interior son los principales beneficiarios en la entrega de nuevos y lujosos hogares.

Esto, sin lugara dudas, es una excelente noticia, pero resulta llamativo que este plan se extienda cada vez más hacia estos dos sectores, dejando casi sin opciones a otros Ministerios que no reciben en el año ni el 5% de las viviendas otorgadas a las FAR y el MININT.

Esta polarización radicaliza las opciones de acceso a vivienda de la mayoría de los cubanos, ya que los que no somos dirigentes o militares quedamos sin alternativas reales en este sentido.

Aunque parezca sencillo, la crisis habitacional en Cuba es un problema más serio de lo que pensamos. A ella también se  deben el aumento de los divorcios, el flujo migratorio, y que cada año, menos mujeres quieran dar a luz.

Desgraciadamente no todas las historias suelen ser bonitas, locas o arriesgadas como las de Melvin y Teresa; y a veces ni las más novedosas iniciativas pueden salvar ciertas situaciones de conflicto. Sin embargo, si algo nos queda claro es que la solución no puede ser emigrar, dejar de reproducirnos por falta de espacio, o mucho menos militarizar la población.

Bastaría entonces con hacer una repartición más justa y equitativa de lo poco que tenemos. A fin de cuentas, Cuba sigue siendo de todos y para todos, aunque algunos se empecinen en arrogarse el derecho de repartir el pastel guardándose la mejor parte.