Ana Luisa Negret baila reggaeton, como cualquier joven cubana. “¿Por qué la gente piensa que los católicos no pueden divertirse?”, me pregunta. Varias personas le han dicho que creer en Dios trae muchas limitaciones, sin embargo, a ella le ha permitido hallar las herramientas “para ver la vida de otra forma”.

Está convencida de que si nació y creció en Cuba “fue por algo”, que tiene “una misión en este país”. La cercanía “al Señor” le ha hecho comprender que la solución cuando no encontramos la perfección a nuestro alrededor, “no es irnos a los vicios, volvernos locos o emigrar”.

Por eso aunque nunca ha sido cantante participa en el coro de su parroquia. En los últimos tiempos, incluso, lo hace sola, me dice con la tristeza de quien ha visto a muchos de sus “hermanos” volar a otras tierras. Lo hace porque sabe que brinda el servicio que su comunidad necesita.

Foto: Thays Roque

“Nuestra labor es llevar la esperanza a todas partes y no dejar de soñar, como nos invitó el Papa Francisco cuando estuvo en Cuba. Algunos no quieren escuchar sobre Dios, entonces solo les debemos mostrar la alegría que sentimos por la fe, sin mencionarlo. Tenemos que enseñarles a las personas desesperanzadas, con ira, rencor, violencia, envidia, que eso no lleva a nada”, asegura sin dejar de sonreír, pienso que feliz.

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Además de ser católica, pertenecer al Movimiento de los Focolares desde hace siete años, le ha traído otras motivaciones. Ana Luisa encuentra en esa organización ecuménica otra vía para impulsar la unidad entre los seres humanos.

Como miembro de un movimiento que se creó en 1946 y se expande por más de 150 países, ha experimentado la felicidad de “centrarnos en lo que nos une y dejar a un lado las diferencias”. No me dice que sea fácil, de hecho, “a veces es difícil”, porque no se vive la fe de la misma manera.

Foto: Thays Roque

Le ha tocado, por ejemplo, organizar eventos en iglesias a los que ha invitado a personas de 10 denominaciones y muchas no han participado porque no pueden entrar a lugares donde haya imágenes. Hace poco fue seleccionada para decir la oración inicial en un encuentro ecuménico y una vez más la invadió el nerviosismo por temor a hacer o decir algo que ofendiera a los presentes:

“Lo primero que hice fue persignarme y pensé que había metido la pata, pero seguí.  Al final dije el Padrenuestro, me miraron extrañados y no sabía qué hacer, pero vi que continuaron. Que me hayan seguido aunque no oren de la misma manera que nosotros, demuestra que nos une el amor que sentimos por Dios. Ya para mí son amigos y no miembros de diferentes denominaciones. A la vez que tú tienes amigos, empiezas a conocer cómo viven ellos. Sentir esa fraternidad también es importante entre los jóvenes cubanos”.

Aunque en Cuba el Movimiento de los Focolares existe solo desde hace 17 años, ya tiene seguidores en varias provincias, todos animados por el espíritu “de componer en unidad la familia humana, enriquecida por la diversidad”.

-Pero los Focolares son poco conocidos aquí, yo misma no había escuchado de ustedes antes de conocerte…

-Es hora de poner nuestras semejanzas en función de evangelizar, salir a las calles y transmitir nuestro mensaje.

Aunque a ella, me confiesa, eso de tocar puertas no le agrada mucho. Prefiere trabajar con los ancianos, los niños o los enfermos. Y no es que le avergüence ir de casa en casa, no a ella que en los últimos años ha colaborado con la economía familiar revendiendo ropa traída del extranjero, recorriendo centros de trabajo o su propio barrio. Lo que sucede es que no cree tener el don “para cautivar con la palabra”.

Suena contradictorio pues Ana Luisa es amante de la Filosofía y la Historia. Tanto así que decidió no ejercer como Técnico Medio en Farmacia Industrial y ha cursado varios posgrados relacionados con sus materias favoritas. Incluso, pronto hará realidad el sueño de comenzar la universidad, postergado por problemas de salud.

A sus 32 años será estudiante de la “Laurea en Humanidades”, carrera que se imparte en el Centro Cultural Padre Félix Varela, perteneciente al Arzobispado de La Habana.

Suma entonces otra razón para estar alegre, se pone de pie y continúa bailando y cantando junto a sus amigos, los mismos a los que se une “en el camino de Cristo” y junto a quienes intenta transformar su realidad más cercana.

Foto: Thays Roque