“En Cuba no tenemos escuelas para titiriteros, pasas la Academia y allí obtienes un conocimiento mínimo de teatro de títeres;  en los grupos es donde en verdad se aprende”. Para el guantanamero Yosmel López Ortiz  no importa que falten los recursos: así sea con los disponibles y no con los soñados, él crea.

Egresado de nivel medio de la escuela de arte en Granma, comenzó su servicio social en el Guiñol de su provincia, la más oriental de Cuba. Entonces sabía muy poco de su nuevo trabajo, pero el universo de posibilidades creativas le pareció más extenso de lo imaginado. “Podía combinar el desempeño de actor con la técnica del titiritero, tuve la oportunidad de desdoblarme y realizar incluso los muñecos y la escenografía”, explica.

Pero no todos los jóvenes ven la experiencia de la misma manera y abandonan los títeres antes de aprender, sobre todo, por desconocimiento; les parece un mundo muy distante del de las puestas en escena con actores.

Yosmel López Ortiz, Guiñol de Guantánamo. foto: Henry A. Pérez.

“Hay muchos grupos, cada vez más. No obstante, si las escuelas hicieran un tanto más de hincapié en la formación titiritera, sería diferente”, reflexiona Yosmel.

Los muchachos de Guantánamo han creado su itinerario para producir las obras: parten de la figura plástica, el muñeco, y dan vida al personaje con las manos y la voz, atendiendo a sus características visuales. He ahí la importancia del diseño en la concepción de toda la puesta, porque determina el desarrollo del espectáculo. Pero, ¿cómo hacerlo con tantas carencias?…

“Es complicado, en gran medida, por la precariedad”, confirma Yosmel. “Antes a lo mejor con un retazo de tela y un palo tú hacías un muñeco y los pequeños creían en él, pero ahora frente a tanta competencia con los medios audiovisuales, el famoso paquete, los videojuegos, captar la atención del niño, aportarle a su educación, es una encomienda muy difícil y ya no se trata siquiera de presupuesto, pues a veces con dinero no tienes dónde encontrar materiales”.

Títeres. Henry A. Pérez.

En el Guiñol de Guantánamo solucionan esos dilemas al apelar a la imaginación y trabajar en equipo. Crecen como artistas mientras inventan y reestructuran su sueño una y otra vez de acuerdo con la disponibilidad de recursos. Tanto se esfuerzan que en la pasada edición del Festival Máscara de Caoba, de Santiago de Cuba, merecieron el premio de diseño por “Una luna entre dos casas”.

Deben ensayar, montar y dejar un tiempo para el entrenamiento. Si hacen títeres de guantes, preparan las manos, estudian cómo se traslada y se sienta el personaje. Otras veces, trabajan en cuclillas en busca de un nivel medio y entonces, mueven sus cuerpos como en un juego de tetris procurando no chocar, todo sin que el público note cuanto sucede tras el retablo.

Los del Guiñol guantanamero organizan cada año el evento “Titereando en la Ciudad”.  “Muchos jóvenes empiezan a creer en el títere como un medio de expresión  -apunta Yosmel- y a verlo como un arte difícil. Ya no se escucha aquello de que es un oficio menor, creo que quien lo diga está totalmente errado porque en nuestro país ya casi está a un nivel igualitario al de teatro de actores.”

Foto: Henry A. Pérez

Yosmel aspira a que sus muñecos representen siempre su deseo de realización profesional. No quiere ser de los que por cuestiones económicas u otras terminan abandonando un día su sueño. Aún en casa, él sigue empapelando títeres y construye proyectos desde la dirección escénica. Para realizar sus metas, convoca a personas compenetradas con su obra, enamoradas de sus iniciativas. Dice que no hay nada peor que sentirse solo con muchas ideas.