Un domingo por la tarde este parque parece uno cualquiera: gente conversando, niños en bicicleta, pajaritos, aire fresco… Pero no, un John Lennon de bronce está sentado ahí, cómodo, sin prisa, y este parque lleva su nombre, como homenaje de todos los días.

Muy cerca anda Juan González, el guardaparque, quien también se encarga de cuidar la estatua. Sucede que el Beatle tenía sus inseparables espejuelos de luna. Sin embargo, estos desaparecieron y han sido repuestos más de una vez. “Algunos se los llevaban como recuerdo, porque les gusta la música, y otros lo hacían por fastidiar”, recuerda él. Nadie se alarme, al monumento en Liverpool ya le había pasado lo mismo. Por eso los espejuelos actuales pasan más tiempo en el bolsillo de la camisa de Juan que en la propia estatua. Si alguien se acerca a tomar una foto, él se los pone, y cuando se va, se los vuelve a quitar.

“Es muy agradable visitar a John Lennon en La Habana pues está siempre disponible, sentado en una banca, como esperando que alguien se le acerque”, comenta un viajero en Tripadvisor.

“Parece estar mirando La Habana y los habaneros”, agrega otro. A cada rato van llegando personas, de aquí y de allá, aunque, según Juan, no todos se hacen fotos.

Una muchacha besa la mejilla de metal, otra junta las dos caras –como en un retrato de enamorados-, la mamá coloca a su bebé sobre las piernas. Y entonces ¡flash! Muchos lo toman de la mano, lo miran a los ojos, lo abrazan, o simplemente se acomodan en el espacio que deja su brazo extendido, el espacio del amigo. “¡Habla, Moisés!”, le espetó Miguel Ángel a una de sus obras maestras, casi viva. Ahora diríamos: “¡¿Qué tal, John? ¿cómo anda todo?!”

Este es El Vedado, barrio popular, histórico, centro por excelencia de la vida nocturna urbana. En la esquina queda el Submarino Amarillo, un club para el rock&roll, la música de los sesenta, las nostalgias. Delimitan el parque las calles 17 y 15, entre 6 y 8, una manzana completa de árboles, trillos, bancos y jardines.

“Hay una época en que casi no vienen. Ahora están viniendo más”, explica Juan refiriéndose a los visitantes de otros países. Esa variación coincide con la temporada alta del turismo en Cuba (noviembre-abril). Sin duda el 8 de diciembre, aniversario de la muerte de Lennon, es la fecha culminante de ese continuo peregrinaje hasta aquí. “Ese día sí que vienen”, afirma.

Ómnibus llenos, círculos de ancianos, estudiantes universitarios, alumnos de primaria, flores, cantos con guitarra… A los pies de Lennon reza un fragmento de Imagine: “Dirás que soy un soñador / pero no soy el único”. Claro que no, para nada.

“¿Quién puede sentirse libre de la huella de Los Beatles? Nadie. Es un fenómeno de este tiempo y lo que emana de nosotros se parece a este tiempo y no a otro”.

Fueron las palabras del trovador cubano Silvio Rodríguez cuando se develó la estatua, en el 2000. Y uno no puede menos que estar de acuerdo. He aquí la prueba.

Otro custodio y Juan alternan las jornadas de labor, de lunes a lunes, doce horas, hasta las siete de la noche. Aunque no le toque trabajar el día 8, él estará de todas maneras, “porque el otro es nuevo, y no es lo mismo…”. Le gusta esto que hace, así que no será demasiado esfuerzo. “Estoy tranquilo, converso con este, con aquel, y así se va el día”. ¿Y si llueve? ¿Si hace mucho frío? “Yo tengo chubasquero”, contesta y ríe a gusto, sin soltar su eterno tabaco.

Ya lo decía Gerardo Alfonso en una canción: “En un lugar de La Habana hay un Beatle que está / cuidado por el vecindario / desafiando el calendario / sentado y no crucificado…

De las manos del escultor cubano José Villa Soberón nació esta pieza.

“Mi propuesta fue homenajear a una personalidad contestataria, cargada de demonios y sueños”, ha declarado el artista.

Piezas suyas ocupan célebres espacios de la ciudad, como el Hemingway acodado en el bar Floridita, o la Madre Teresa de Calcuta, a la sombra del patio del Convento San Francisco de Asís. Todos con ese aire tan natural, como si siempre hubiesen estado ahí, como si un extraño Midas recién los convirtiera en bronce.

Dicen que el parque se llamaba John Lennon desde antes, desde que en 1990 un grupo de músicos decidió recordar aquella época gloriosa cantando Let it be, A hard day’s night, Give peace a chance… Eran Carlos Alfonso, Ele Valdés, Santiago Feliú, Carlos Varela, Dagoberto Pedraja, Pablo Menéndez, Esteban Puebla, y muchos más que sumaron empeño y talento. Dicen que el concierto fue memorable, de esos que dividen el tiempo en dos.

Juan tiene 97 años, y lo dice con el orgullo de quien ha vivido. “Pues yo pensaba que era más joven”, invento un piropo, y él vuelve a reírse. “Estoy en todos los países: en las revistas, los periódicos, la televisión…”, cuenta sin disimular su entusiasmo, porque no faltan los reporteros y fotógrafos que vienen a conversar con él.

John y Juan se llaman igual, aunque en diferentes idiomas. Son casi tocayos. Los nombres juntos sugieren la historia de dos compinches, un par de aventureros inseparables. John y Juan, Juan y John.