Una parte considerable de mi vida ha transcurrido en un medio de transporte. Esta vez me acababa de montar en una mototaxi de las grandes, de las que le caben hasta seis personas. Mientras rodaba por la ciudad, buscando la salida a Venezuela, el mototaxista —muy encabronado por los baches que se veía obligado a evadir— comenzó a desbarrar:

—Yo quisiera saber cuándo en este país un dirigente se va a encargar de arreglar estas calles; cuándo se van a taponear todos los salideros y se van a destupir los registros. ¡Mira eso! —dijo señalando un charco verdoso—. Mucho bla bla bla y que todo está bien, pero la verdad es muy distinta.

Un señor a mi lado le echó más leña al fuego:

—Sabemos los problemas que tenemos pero nada se soluciona. Es como echar agua en un vaso sin fondo.

Quise agregar algo y dije por lo bajo:

—La culpa es del delegado.

—¡Ah, vamos, no me vengas con esa! —dijo el mototaxista.

—Pero él tiene razón —dijo otro señor que hasta ese entonces había estado callado, refiriéndose a mí—. El que nos representa, y tiene sobre sus hombros toda la responsabilidad, es el delegado. Si las cosas funcionaran como el gobierno las dispone, el delegado es el que debería velar por que nada de eso suceda.

—¿Me vas a hacer ese cuento a mí? —volvió a la carga el mototaxista—. Si me preguntas quien es el delegado de mi circunscripción tengo que decirte que no sé quién es. Pero antes sí sabía quién era y sí fui a plantear quejas para las que nunca apareció una solución. Ahora prefiero no perder el tiempo.

Ninguno de los dos señores, que antes habían hablado, le respondió, y yo aproveché para comentar que sería oportuno explotar siempre todas las vías que dispone el gobierno para luego denunciarlas en el caso de que no funcionen.

El mototaxista me miró con cara de pocos amigos y masculló algo ininteligible.

En ese viaje de casi media hora sentí palpitar la crisis de representatividad que vive nuestro pueblo. El común de los cubanos no se ve encarnado en esa persona por la que votan cada dos años y medio. Todos repiten que es risible votar por alguien que luego votará por alguien que a su vez volverá a votar para entonces elegir al Presidente de la República. Pero lo dicen en marcos cerrados, nadie se atreve a exponer públicamente sus ideas al respecto. Según las estadísticas, en las últimas elecciones generales 364 576 electores dejaron la boleta en blanco. ¿Movidos por qué resorte fueron hasta las urnas si no pretendían votar?

La mayoría de los cubanos se ha acostumbrado a hacer implosión, a tragar los buches amargos, a no evidenciar el sustrato de sus reflexiones. Y lo cierto es que las cosas más nimias —como un bache en medio de la calle— y las más significativas —como la crisis de representatividad ciudadana que he mencionado—, a veces están tomadas de la mano, y la única forma de resolver una depende de la otra.

Si los delegados no hicieran su trabajo altruistamente; si fueran recompensados por sus esfuerzos; si tomar un cargo semejante implicara, además de buscarse problemas, un beneficio y un prestigio real; entonces, tal vez, muchos de ellos enfrentarían su adeudo con brío y no con la apatía que en no pocas ocasiones los caracteriza.

Y entiendo que representar no es tarea fácil, sobretodo en una sociedad cambiante como la nuestra, y en la que los jóvenes están cada vez más distantes de los intereses que persiguen, o respaldan, los adultos. La batalla de los delegados —que sería la batalla de todos— tiene que ir encaminada hacia la búsqueda de aceptación de los jóvenes sin que esto consista dejar de representar y satisfacer al resto de los sectores de la población.

Si bien la rendición de cuenta es uno de los principios fundamentales de la democracia socialista, y los delegados tienen entre sus deberes realizar despachos individuales con sus electores para mantener un vínculo real con los mismos, vale resaltar que estos espacios no son aprovechados a cabalidad; en algunos casos por abulia, en otros por cansancio, e incluso, por desconocimiento.

Digo esto para lanzar una luz, aunque corta, sobre cómo se podría enfrentar semejante situación dentro del sistema y la constitución vigentes; aunque a mi entender lo más provechoso sería que se revisitaran ambos aspectos, pues las bases del sistema cada día se revelan más caducas y nuestra constitución requiere de un examen capaz de equipararla con las necesidades actuales de los cubanos.

Pienso en el mototaxista que solo aspira a ver las calles de Cuba mejor pavimentadas, y desconoce de otras privaciones más raigales, de otros descalabros cuyas bases tienen peores cimientos, y cuya solución —más allá del “esto no hay quien lo tumbe pero tampoco quien lo arregle”— nos compete a todos.