Ángela ya no camina mucho. Lo hace por un andador que alguien le regaló. Así da sus pasitos por la casa. Ya no recoge los patios ni puede arreglar las camas. A veces está sola y casi siempre en el portal de su casa en el campo: sentada en un sillón de madera.

Dice que a sus noventa y seis años de edad lo único que quisiera es ver a su nieto, que es como si fuera otro hijo. “Pero la vida es así, dura”.

El nieto de Ángela era enfermero en una sala de terapia intensiva. Un día conoció a una muchacha que vivía en otro país, se enamoraron, se casaron, tuvieron una niña. Él se fue. Se separó de su mujer. Y ahora vive solo en los Estados Unidos, en un lugar que ella no sabe, no traduce. Así resume estos años en los que además, ella perdió a su esposo, a una hija y luego a su hijo mayor.

Cuenta Ángela que hablan por teléfono cuando él llama, pero que ella no escucha bien lo que él le dice. Casi siempre promete mandarle más vitaminas para que ella conserve el hierro y la hemoglobina, le advierte que tomarse un Centrum de los que él le manda todos los meses es como comerse un bistec. Y ella lo hace porque quiere esperarlo, porque quiere estar cuando él pueda volver, porque tiene fe que será pronto, porque él también se lo ha dicho, bueno, siempre se lo dice.

¿Tú crees que él no tenga dinero para venir? Pregunta Ángela, cuestionando la separación de su nieto. Y yo le digo que la vida de allá es más difícil. Yo lo sé porque así me han dicho. Le hago historias pero ella no entiende, no puede entender. Le digo que probablemente su nieto no pueda venir ahora tampoco, quizá él no sienta que es el momento aún, o siente miedo al reencuentro, después de tanto tiempo.

Ella cree que un día de estos su nieto se aparecerá por cualquier camino que rodea su casa. Por eso se pone las sayas mandadas por él en los paqueticos que alguien le hace el favor de traer, junto al dinerito.

Y se echa la colonia bebito que le gusta, “la de color violeta que venden en el pomo chiquito”. Y espera en su sillón de madera, pintado recientemente.

Ángela está enferma. Hace unos meses le detectaron una aneurisma. Cuando no le sube la presión arterial está con malestar debajo del estómago. Dice que le duele mucho, que es un estado muy incómodo y difícil de soportar. “Uno no es de hierro, me he operado dos veces de la cadera y he sufrido bastante, no he tenido una vida cómoda, pero tampoco me quejo: no tiene sentido quejarse, hay que seguir”.

Ella sabe que su nieto volverá a Cuba. Ella quiere verlo pero no sabe si le alcance el tiempo. Por el momento: se toma sus vitaminas y le pide que regrese pronto.

¿Y usted se acuerda de cómo es él?

“Bueno hijo, yo lo veo en fotos. Y lo veo lindo, más gordito”.