A ella la conocí en la piquera de “El Mikito”, en el municipio capitalino de Guanabacoa. Me asomé a la ventanilla de su puerta torcida y pregunté:

—¿Vas a salir?

—Sí claro mi niña, ve montando. Abre suave, ahí. Ahora, agarra la puerta con la izquierda, levántala con la derecha y cierra. ¿Ves? Con cariño.

Sobre el timón esperaba el agarre fuerte de un hombre, lo usual; y hallé una joven poco mayor que yo, de manos pequeñas y tatuadas con corazones y flores de colores. Cuanto puedo saber de género se fue al carajo, y como otros tantos no reaccioné.

—¿Ella es la chofer? ¿Sabrá manejar bien? ¿Estaré segura?— pensé. Igual, abordé su máquina, no tenía de otra si quería mostrarle algún respeto.

En el viaje supe que se llama Yanet Álvarez Ávila, que tiene 29 años, vive por los alrededores, y que, como muchos varones, decidió dedicarse a lo que más da por esos lares: el boteo.

La primera pregunta surgió justo cuando ocupé el asiento más cercano a la conductora. Fue simple.

—¿Cómo lo haces?

—Aquí hay muchos prejuicios; cuando una mujer se dispone a hacer una cosa que es de hombres enseguida dicen: no lo sabe hacer, es homosexual (y ella aclara que es hetero), no puede con eso porque nació mujer.

“A mí me han dicho horrores —dice y se gira de frente a mí, tal vez porque ha encontrado caudal para sus opiniones—. Ha habido personas locas por montarse en el carro solo por curiosidad, porque es una mujer la que maneja. Hay otras que me han dicho: ni las mujeres ni los hombres mayores deben manejar. Y también hay quien no se ha montado porque le tienen terror, pánico a viajar conmigo.”

En la distancia, su Chevrolet del 52 parecía un almendrón más en aquella fila de artefactos para hacer dinero; todos a la espera de la carga humana que en cada vuelta de unos cinco kilómetros les reporta cerca de 40 pesos moneda nacional.

El suyo ya tiene unas seis décadas. Se ve desvencijado, sin color, con la marca del tiempo en lunares oxidados, aunque le costó 10 mil cuc. “De mecánica el carro no frenaba…bueno, ya yo le he hecho tantas cosas que ni sé. Ya se me han ido 2 mil o 3 mil cuc por encima de lo que me costó y sigue en las mismas condiciones.”

El terraplén que lo cobija tiene una entrada donde el asfalto restante solo sirve para formar profundos baches que bambolean los autos, y en ese vaivén Yanet lleva casi un año.

Aquello aparenta un western cuando el viento arremolina el polvo bajo el sol de Cuba; allí los vaqueros en automóviles tienen reyertas, prejuicios, venganzas y rencores.

“Siempre dije que yo iba a sacar la licencia para botear, no quería que nadie me manejara. Y todos me decían: ¡Aaahh! Está bien, cuando llegues a la piquera no vas a tener que hacer ni cola, tú vas a cargar porque vas a ser la única mujer, vas a ser la niña de la piquera”.

Y desde el primer día la caballerosidad prometida se vino abajo. “Todo fue mentira. Ahí me pusieron las cosas dificilísimas y hasta hoy es así. Cuando parqueaba, los demás se ponían bien cerca de mí para que el corte fuera más difícil. Hasta los pasajeros me han dicho que lo que tengo que hacer es fregar, limpiar; que yo no tengo que estar manejando, que le dé el carro a alguien, que eso no es pa’ mí, que no puedo”.

Foto de la autora

Apenas raya el sol Yanet sale de su casa. Antes, dispone del tiempo justo para alistarse: cabello, maquillaje, la ropa adecuada y los tenis de marca que recién adquirió.

Camina hacia la puerta del fondo —al paso que sus tres perros pequineses le permiten —, y allí toma el desayuno. Enciende un cigarro y mira las volutas mientras espera la taza de café que cuela la madre anciana. Le gusta poner sus ojos en el garaje de ladrillos desnudos donde descansa la bestia de sus sueños. Ahí se pregunta si arrancará, cómo será el día y sin más dilaciones se desea suerte.

Tras el primer rugido, el padre realiza un diagnóstico rápido. De oído, ambos conocen cuándo algo está mal. Ella aprendió de él, y él se reconstruye a través de ella. El progenitor ha aprendido a dominar su ceguera y todavía ejerce la mecánica —su profesión de siempre—con sus manos y los ojos de la hija.

Tal vez si la diabetes no le hubiera carcomido la retina hoy su hija fuera otra, porque ella siempre quiso tener un carro pero era una niña de mamá y papá con veintipico de años.

“Un día Pipo empezó a perder la visión hasta quedar ciego, sin poder trabajar y sin retiro alguno, ni él ni mi mamá. Entonces, tuve vender la computadora y empezar a criar puercos”, dice mientras enumera con los dedos sus estudios de Gastronomía, cuarto nivel de inglés y tercero de francés con la meta de “vestir saya, tacones y medias finas en un hotel de la ciudad”.

También cuenta que deseó ser veterinaria, porque así “hubiera sido feliz”, tal vez por eso el libre albedrío de los pequineses, los satos, las gallinas y los felinos en esa casa de Villa Nomar, un campo de la geografía habanera.

Pero lo que tal vez fuera solo aptitud llegó a la práctica en su meta de comprar un auto. Y aunque su madre creía que “eso no es sueño de un día” Yanet le dijo: “no importa, yo espero”.

Yanet crió puercos y puercas, les hizo partos, vendió las crías. Fue repostera en su propia cocina, limpió patios ajenos y pintó uñas hasta reunir 5 mil cuc, apenas la mitad de lo que necesitaba. Entonces pretendió viajar sola a Ecuador para “vender pacotilla”, pero un amigo frenó su nueva aventura y completó la suma para el Chevrolet del 52.

“Soy la única mujer en un lugar donde todos los que trabajan son hombres, pero el final de todas mis aspiraciones también está ahí”, y vuelve a sonreír como lo hizo tantas veces. “Quiero comprarme un Chevrolet 55 o un Ford 56, esas sí son joyas. Ese es el sueño más grande que tengo.”