Hace más de 15 años me negué por primera vez a ser militante de la Juventud, y no me arrepiento. A la Revolución le he dado lo que tengo,  sin papeles ni intermediarios.

Desde la Universidad me acostumbré a que me miraran con suspicacias. Contribuyó a ello que no procediera de una familia humilde, ni quisiera parecerlo, y cierto de que aunque a veces se confundía con anarquismo, era y sigue siendo más hijo de una entraña que vive la revolución en minúsculas.

Será que siempre me he negado al blanco y negro, y me apego sin remilgos a la concupiscencia de los tonos de gris. Será que cuando todo el mundo dijo sí, yo dije no, y viceversa.

O, más seguramente, el hecho de que ni siquiera cuando en la Secundaria Básica alguien se me acercó al cuello para soplarme que quien no fuera militante de la juventud no podría entrar a la vocacional, decidiera, quizás solo por la advertencia, que no quería.

Por suerte, aquello era mentira y entré a la vocacional y, contra cualquier tiñosa, a la universidad más tarde a estudiar nada más y nada menos que Periodismo -en la prueba de aptitud, no recuerdo, pero casi podría jurar que nadie me preguntó por ello.

Y que conste que no lo digo como un mérito: ser no militante es una decisión con la que he tenido que lidiar todos estos años.

En la Universidad de Oriente, por cierto, fui dirigente de la Federación Estudiantil Universitaria en la base pero me negué una vez más al “crecimiento”, aunque una y otra vez incluían mi nombre en el “universo juvenil”.

Mis razones no fueron las más conocidas de “no estoy preparado” o el “debo crecer más” que escuché como ensayo más de una vez en los pasillos: cuando me preguntaron solo expliqué que no quería. Sin porqué. Sin justifique su respuesta.

Era sincera. Me aterraba, sobre todo, la retahíla de actividades y tareas, el hecho de que no pasaba nada si faltabas al aula pero bien podías esperar una sanción si faltabas a una sola de las reuniones del comité de base.

No fue por miedo al compromiso: a la Revolución, en mayúsculas, le he dado lo que tengo, sin intermediarios ni papeles.

Y que conste que no lo digo como un mérito: ser no militante es una decisión con la que he tenido que lidiar todos estos años.

No es una maldición, pero ciertamente sí una desventaja aunque cualquiera diría que mi caso es un ejemplo típico de que los rumbos van cambiando, aunque alguna que otra vez he sentido que mis “faltas” –mi falta de carné, para ser más precisos- han pesado más que mis méritos.

En Cuba, por algo que no acabo de entender, cualquier expediente laboral, formulario para entrar a una organización…, pregunta si el sujeto en cuestión es militante o no, y en más de una ocasión he asistido a deliberaciones en las que tener un carné ha hecho la diferencia.

Como si ser de la juventud fuera una garantía de ser bueno, íntegro…, cuando sobran los ejemplos de gente con carné que no entiende de vanguardias ni ejemplos, y otros que llevan la militancia en el corazón y en las manos.

He tenido la suerte, no obstante, de conocer excelentes militantes. Gente que lo fuera por cuenta propia, sin carné, sin reconocimiento. Gente que más de una vez han salido mal heridos, que no se calla cuando hay algo que decir y que no gusta de escucharse a sí mismo cuando no hay nada que argumentar.

Muchachos y muchachas que salvan, con su ejemplo, la esencia misma de la militancia, aunque por desgracia, a la hora de las marchas, casi nunca sean los que cargan las banderas: si ellos fueran, quizás, otra sería mi historia.