Era noviembre del 2008 en el estudio 1 de Radio Sancti Spíritus y me las veía con el operador de sonido, con la dulzura invariable de mi tutora, y con mi amiga de no sé cuántos batallares, del otro lado del cristal. Apenas podía respirar, mucho menos pronunciar algo coherente, y aun así pretendían que llegara al final de aquella cuartilla.

— ¡Vamos Dorita, saca la mujer que llevas dentro!

Pero eso de sacar la mujer de mis entrañas tampoco me lo pusieron tan fácil. A los pocos días me las vi con el decano de los locutores en la emisora, de quien mi abuela paterna aún infiere una postura de galán, ojos pillos bicolor, sonrisa Colgate, y otras dotes a lo Alain Delon.

­— ¡Habla! —me espetó aquel ser de pequeña estatura mientras sorbía su tabaco, de los de un peso de la bodega.

—¿Qué quieres que te diga?

—Sí, la voz es nasal, pero si bajamos el tono, subimos un poquito el micrófono, podemos evitar que se quiebre…

—¿Qué cosa?

—Abre la boca, alza el cuello, respira, canta.

—¿Qué cosa?

—Barquito de papel

—Hay un radiante lucero/ guardadito bajo el mar/tiene un nombre que yo quiero…

— ¡Qué cantes, no que te remenees! – Me miró de arriba abajo y siguió:

—Te quiero aquí el sábado, vienes a las clases prácticas del curso de locución.

—¿Verdad?

—¡De oyente, niña! – precisó mi amiga.

Luego vinieron semanas de ejercicios, con un corcho de botella, para hacer lecturas durante cinco minutos tantas veces al día como viera el corcho en mi mochila. Y aquel ejercicio para encontrarme con mi tono central, que despabilaba a mis vecinas en medio de la tarde:

—Aaaaahhhhh…

—Sostienes una vocal con una mano en el pecho hasta que vibren tus dedos —me decía el maestro de locutores mientras se ponía la mano con su tabaquito mocho por encima del corazón— Aaaaahhhhhh, eeeehhh, aaaaahhhhhh…, pero no te pongas hacer eso mientras coges botella en una esquina del pueblo ese donde tú vives, ¡que te recogen!

No recuerdo por cuanto tiempo tuve el corcho de sidra que me regaló mi vecina Pilar, ni cuando fue qué encontré el maldito centro donde colocar la voz. Solo sé que demoró un poco, que estos fueron ejercicios básicos, entre otros más ridículos; y que nunca me dejaron por imposible ni el operador de sonido, ni mi tutora, ni los ánimos de mi amiga: “¡Si no mejoras te mandan pa’ la Web mi´ja!”, decían para “estimularme”.

Finalmente, de mi cuerpo salió aquella voz mejorada de persona adulta, segura de sí misma, larguirucha y color cartucho de bodega de los años 90: la voz que se presentaba como Dorisbel Guillén Cruz.

Diez años después, hasta hace muy poco, era solo Dorisbel Guillén cada día ante el micrófono, manejando la adrenalina del programa En Vivo. Siempre persiste un poco el miedo a los otros, la fobia social aprehendida en la infancia, los complejos de una adenoiditis y una amigdalitis crónica, que sobrevivieron el período especial por los faltantes: anestesia, instrumental, guantes, “palanca”.

Pero un buen día eres nadie. Te es dada la soberanía del anonimato, al fin pierdes tu nombre entre párrafos sobre la alimentación de mascotas y la limpieza del mármol. Te aburres de seguir igual, de estarte quieta. Abandonas tu cómoda depresioncilla postmoderna y sales en busca del universo, que no te caben dudas, te fue dado al nacer, lo que en formatos extraños de codificar. Y ahí estás otra vez, frente a la autosuperación, con tu voz de puente al mundo.

—Pizza, batido, bocadito… Refresco bien frío…

—¡Mima, con ánimo y sin hambre…! Así: ¡Pizza, batido, bocadito! ¿Qué deseas mi vida?

Ella me da las órdenes que nunca se permitió mi abuela: “Monta la batidora, vigila las hamburguesas, monta pizzas, ponle queso por los bordes, no tanto que gotea, menos salsa que se amarga la masa.” ¡Cuánto Modo Imperativo, mi Dios! “¡Dory, las croquetas! Bueno, ven, vigila la barra, el que pase del cartel para allá lo perdiste. ¡Saca la mujer que llevas dentro, chica!”

Tiene 18 años, y se desdobla en frases como: “Me gusta aportar en mi casa.” Y en preguntas difíciles de responder: “¿Oye, y por fin qué fue lo que tú estudiaste?”.

Pronto nos hacemos más confesiones, le muestro las fotos de mis amigos, los que salen por el canal de televisión y tienen crédito en la radio CMHW.

— Así que eras periodista, que lindo, ¿verdá? ¿Y hablabas por radio y todo?

—Bueno, uno nunca deja de ser periodista.

­—Digo, eres tan tímida…

—Ya verás cómo me crezco… le respondo henchida.

—Pues apúrate, que se te queman las hamburguesas…

La mujer que una lleva dentro tiene muchos rostros, diversos nombres y la promesa de los más disímiles y divertidos retos, pero una sola oportunidad de vivir. Esta que encarno cada fin de semana en un kiosko de vender pizzas y refrescos no sé si dure unos diez años, pero es un nuevo reencuentro con mi tono central que, por cierto, agradezco infinitamente.