Ellas van con las armas que allí funcionan: tacones, ropa ajustada y mucho maquillaje por todos lados. Van vestidas de empresarias o de prostitutas, en dependencia de sus conocimientos sobre el mundo empresarial de la Feria Internacional de La Habana. Los hombres que acudan a buscar trabajo no tienen muchas oportunidades; otros hombres, empresarios, deciden a quienes contratan como “modelos”.

Muchachas como Betsy, de 27 años, pero también otras con menos edad, llegan con 10 días o una semana de antelación al inicio de la mayor bolsa comercial del archipiélago. Se paran en la puerta a ofrecer sus servicios como asistentes, traductoras, intérpretes, modelos o azafatas… o todo eso junto.

A Betsy le costó trabajo perder la timidez de la inexperiencia. “Estuve parada como dos horas sin hablar, hasta que me dije: ‘Bueno, ¿a qué viniste? ¿Lo vas a hacer o no? Y me lancé”.

FIHAV, La Habana. Foto: Rachel D. Rojas.

Vestir “elegante, pero serio” es un concepto importante para ella, porque además de indicar profesionalidad, delimita que no está ahí con otros objetivos. “Eso se nota hasta en la forma de maquillarse, como la muchacha con falda escandalosamente corta que me confesó que estaba buscando novio extranjero”. Hay de todo.

Ella lleva varios años allí gracias a que una empresa europea la busca cada vez. “Con el tiempo descubrí cómo te miden desde el comienzo: tú manera de expresarte, de gesticular. Para mí fue duro, porque yo hablo fuerte. No es que me imponga, pero hablo con seguridad, y a veces puedo parecer ruda. Ahí tenía que modularme para lograr lo que quería. No considero que camine mal, ni que sea una persona vulgar. Solo que en ese contexto hay que ser más delicada, conducirse con suavidad; hay que ponerse por debajo para que nadie se sienta intimidado”, cuenta.

Entre los clientes también están los que no buscan parámetros profesionales sino físicos. “Cierto alemán una vez me preguntó si yo estaba disponible para amanecer con él. En su idioma, para que sintiera vergüenza, le dije que estaba equivocado, porque yo era estudiante de Lenguas Extranjeras y no ofrezco ese tipo de servicios. Luego me sentí un poco mal, pues me había tomado como prostituta por estar vestida de cierta forma, pero me puse por encima de eso”.

Foto: Rachel D. Rojas.

“Los cuentos negativos que sé de la feria —dice— tienen que ver con eso, con intimidaciones o acoso sexual. Pero cada cual debe saber poner límites, y es algo a lo que uno valora si se expone o no”.

¿Entonces, por qué?, le pregunto. Y rauda ella me responde:

“Lo hago porque en primer y segundo año de la carrera hay necesitamos perfilar acentos y practicar la interpretación. Pero no es lo mismo un ejercicio de diez minutos en clases con profesores cubanos que ocho horas diarias durante una semana con nativos del idioma”, argumenta.

Ella, además, ha tenido otras experiencias gratificantes: “Según tu trabajo y tu relación con el equipo, te hacen regalos, te dan propinas, y eso indica que tu trabajo ha tenido aceptación. No a todos les va de la misma manera, porque no todo el mundo se adapta a ese sistema. Es muy competitivo, y aunque te hayan aceptado, si no haces bien el trabajo, al otro día te botan”.

La mayoría de estas muchachas llegan de la Facultad de Lenguas Extranjeras de la Universidad de La Habana. “Es lo normal, la escuela se queda vacía aunque cada año las pruebas más difíciles coinciden con la semana de la feria. Lo hacen con toda intención. Pero cada cual escoge, porque vale la pena el riesgo”, afirma Betsy.

Fotos: Rachel D. Rojas.

“Incluso —continúa—muchos profesores jóvenes van para allá, y esa semana no dan clases. Una vez me encontré a un alto dirigente de la facultad pasando lista para ver qué estudiantes estaban ahí y no en la escuela. A esa persona la invité a nuestro stand, a que tomara champaña. Mira cómo es, que después yo no estaba en la lista. Ya sé que eso no está bien por mi parte, pero por la suya tampoco”.

A las chicas de la Feria les pagan, como mínimo, 20 cuc diarios. Pero Betsy ha llegado a cobrar hasta 70 por jornada. Eso suma casi 500 cuc en una semana. Cuando ella estudiaba ese dinero era para salir, para darse gustos. Ahora que vive sola con su esposo forma parte del ingreso para comer, para mantener un hogar.

“Solo por la práctica del idioma, por aprender cómo funciona ese mundo y, claro, por el salario, vale la pena el riesgo. Así de simple”.