Katia vende periódicos en la terminal de ómnibus de La Habana. Sé que se llama así porque un hombre le preguntó: ¿Katia, tienes tabloides especiales?

Aquella tarde le quedaban periódicos Juventud Rebelde, Granma y algunos Orbe. Demasiada noticia vieja vendía Katia. Demasiado dolor en los pies le provocaban aquellas noticias poco interesantes para los viajeros de la terminal de ómnibus.

Ella no pregona los periódicos. La gente la ve cargada, y sabe que cuestan un peso cubano, y que las revistas Mujeres valen cinco pesos, cubanos también.

Katia camina encorvada. Vende además jabas hechas a manos, de esas que se hacen de sacos de arroz, jabas que resuelven muchos problemas pero que en este lugar tienen poca demanda. Trae una felpa roja en el pelo. Es un pelo abandonado, entre blanco y amarillo. Tiene las piernas hinchadas de tanto andar, aunque probablemente padezca de circulación.

Katia lleva un par de tenis rotos en el dedo gordo del pie derecho, pero son limpios y le combinan con la saya blanca.

Siento que está cansada, lo sé por su forma de mirar, noté que además padece de angustia espiritual, un castigo sin cura de los años noventa, cuando todo fue más complejo aquí. Creo que  tiene hambre y sueño también.

Quizá alguien espera por ella en casa. Por ella no, por su dinero. Ningún inspector la detiene. Ella va y viene libre. No alardea de su libertad, es sigilosa y orgullosa. Le sonríe el cliente y es confiada.

La justicia la observa, sabe que ella vende hasta caramelos, pero tal vez les da lástima y dejan que Katia negocie su mercancía en aquel punto que es la salida, la última mirada a pie de quienes visitan La Habana.

Yo también viajo. Se hace de noche en mi guagua. Voy lejos, y pienso en Katia. ¿Habrá vendido los periódicos que le quedaban, y las jabas, se habrá sacado el número? Ella dijo que el siete era el de esta noche. Pero sacarse la lotería sería demasiada suerte para aquella mujer luchadora.

Katia depende de las noticias del día para vender sus periódicos. Mientras más noticias de impactos tenga la prensa impresa, más clientela tendrá ella. Pero creo que a los pasajeros de la terminal de ómnibus no les agrada que los títulos de las noticias empiecen siempre con un verbo: “Afirman, conceden, otorgan…” Y por eso le compran poco.

Hacía tiempo no veía  una persona que se pareciera tanto a Cuba. Katia es una gran crisis que vive el día a día, que no se cansa, que obedece, que se presenta ante la gente sin problemas porque los disimula y lo hace bien, aunque luego hablen.

Katia es la cubana que anda por los pasillos anchos de la terminal de ómnibus sin pena, con hambre de comida y con sed de respuestas que no tendrá, que nadie le dirá ya, que alguien olvidó o que nadie nunca escuchó.

Katia es la mujer que vende sus últimos años acompañada de periódicos que aburren a los pasajeros. Es una mujer noble, digna, a la que también le gustaría tener en su losa un ramo de flores y una bandera.

Estoy convencido.