Grandes figuras ha parido Cuba desde su génesis como nación. Las proporciones del pensamiento de algunos ha creado una estela tan grande en el imaginario popular, que a menudo se abusa de ese ideario en una cruzada abierta entre la frivolidad y la ignominia.

No solo a la imagen de los héroes se le esculpen bustos. A veces también sus ideas se tallan en mármol o se les dobla como al plástico. A lo largo de mi vida me he percatado que la segunda variante habitualmente maqueta los preceptos de un paradigma como Martí.

Desde niña me enseñaron en la escuela que José Martí es conocido como el Apóstol de Cuba. Ante tal epíteto comprendí, -aun cuando no llegaba a la primera década de vida- que el autor de la Edad de Oro fue además de un gran escritor, uno de los hombres indispensables de la historia cubana. Por eso entendí de sobra, en el momento que mi mamá me colocaba la pañoleta roja, por qué ingresaba en una organización de pioneros que merecidamente llevaba su nombre.

Fui creciendo con su retrato en blanco y negro incorporado en la memoria, al que le fui anexando paulatinamente cualidades tanto en lo físico -mirada triste, languidez, tersa virilidad-, como en lo espiritual -honestidad, nobleza y lucidez-.

Cuando comencé a tener conciencia propia me di cuenta que en las aulas las ideas de Martí estaban presentes en casi todo el universo escolar. Las veía por doquier en los dictados de la asignatura Lengua Española, en los murales, en los diplomas, y hasta en las carátulas de las libretas. Hoy agradezco esas alegorías que de todas partes llegaban. Ellas contribuyeron a mover –junto a otros muchos elementos- la dirección de mi proceso educativo. En alguna parte de mi subconsciente quedó grabado desde aquel tiempo que “Leer es crecer”, y esa certeza se ha mantenido por siempre latente.

Sin embargo, el uso continuo de los aforismos martianos se ha hecho extensivo en tantos planos del quehacer del país, que ocasionalmente pierden la esencia real que su propio autor les concibió. Como un eco escuchamos que el más universal de los cubanos escribió de todo. Y a ese afán frecuente de volver épica cada tarea ejecutada desde la institucionalidad, a cualquier iniciativa se le adjunta por inercia una máxima martiana, en pos de justificar empeños.

Asiduamente sus ideas son traídas por los pelos para matizar el carácter romántico de ese espíritu altruista, que por default rotula nuestras prácticas.

De ahí que no resulte extraño ver la firma de Martí estampada lo mismo en una estación de trenes, que en la pared de una bodega, acompañando un trabajo voluntario, o subrayando el cumplimiento satisfactorio de un plan de producción nacional. Pareciera que el pensamiento del Apóstol fuera demasiado elástico que cualquiera lo puede ajustar a determinadas circunstancias.

Tales representaciones terminan yendo en contra de su objetivo inicial. En lugar de suscitar el interés común y la identificación de la ciudadanía, provocan el efecto inverso que hace que la gente huya de los patrones, en franco rechazo al espíritu panfletario.

Eso es precisamente lo que ocurre con la reproducción indiscriminada y vacía de capital simbólico. Mientras más se abusa de una referencia, más sentimientos de apatía genera.

Recuerdo que Pitaluga, mi maestro de Historia de Cuba en la universidad, se horrorizaba ante dicho fenómeno. Con este profesor aprendí que el pasado de una nación varias veces difiere del registro impoluto recogido en los libros de texto; y que a los protagonistas de ese relato pretérito se les hace padecer un síndrome de aterrizaje forzoso en la sociedad.

Quizás ello se deba a la marca de proeza con la que ha convivido Cuba desde el primero de enero de 1959. Tal vez la costumbre de hinchar de significado las obras revolucionarias, ha requerido de este tipo de herramientas legitimadoras.

A Martí no hace falta citarlo excesivamente hasta el cansancio, en aras de denotar el hombre mayúsculo que fue. Tampoco las acciones que el país emprende necesitan de una frase sacada de contexto que valide, o dé el visto bueno.

Se trata de ser auténticos mediante nuestras propias ideas, lo cual no se traduce en desechar el legado de los héroes y los pensadores de altura. Vale el intento por lograr una cultura cada vez más nutrida que nos acerque a lo que consideremos individualmente como libertad, sin que ello se parezca a una consigna.