Tenemos muchas precariedades y carencias básicas que nos golpean. No son baratos los alimentos, pero uno se las arregla para comer todos los días; la ropa es aún más cara, pero uno se las inventa, y viste —a veces no tan mal—; pero una casa…, unmm…, una casa…, ahí la pita se enreda, no es algo para hoy o mañana, es algo para siempre. No lo consigues de a poquito, sino que lo tienes que resolver de golpe y porrazo.

Si no tienes una tía que se vaya pal yuma y te la deje; si no tienes un abuelo enfermo viviendo solo, y pocos familiares en disputa por el inmueble; si no tienes unos padres superpoderosos; no hay manera de tener un gao.

Digo, porque lo más barato que hoy te puede costar una casa oscila entre los seis mil u ocho mil CUC, y es muy probable que con ese dinero lo que adquieras sea un cucurucho, o una buena casa en remangalatuerca. Ahora bien, seis mil u ocho mil CUC, son 150 o 200 mil pesos, y estamos hablando de un país donde el promedio del salario estatal anda por los 500 pesos. No saques calculadora, que la cuenta no te va a dar.

Entonces sigues viviendo con tus padres, que probablemente sigan viviendo a su vez con tus abuelos, y le dices a tu novia hay que seguir siendo novios, porque no hay manera, y así la relación se jode. O un día tu novia sale embarazada y no te queda más remedio que irte a vivir adonde sus padres o llevártela con los tuyos. Hay que apretarse un poquito, convertir un cuarto en todo el espacio de una pareja que recién comienza. Y lo peor es cuando el hijo crece él también empieza a necesitar una casa.

Cada vez es más raro un matrimonio joven. El origen de la palabra casamiento viene de compartir la casa. Y los jóvenes de nuestro país cada día saben menos de eso, pues, mientras vives agregado, no tienes la oportunidad de crear un hogar a tu imagen y semejanza, además de que tu comportamiento depende de la convivencia colectiva.

También te puedes alquilar —si la economía te lo permite—, que es la nueva modalidad que ha encontrado la juventud; pero igual los alquileres son caros e inseguros, tienes que pagar 50 CUC todos los meses, y estar a expensas de que el casero te pueda sacar de una semana para otra.

Sé de muchas parejas que trabajan para pagarse el alquiler, y lo que les queda del salario es casi lo justo para comer y vestir. Es más lo que gastan en pagarse el techo que aquello de lo que disponen para el resto de sus necesidades.

Queda la posibilidad de construir; pero entre el costo de los materiales, de la mano de obra, y el solar yermo, más las trabas burocráticas de las oficinas de Vivienda, el monto total de la obra se duplica entre gasto y esfuerzo. Es una opción tal vez no más cara, pero sí más desgastante.

Quien escribe esto sabe lo que es no tener casa y estar alquilado. He sufrido ambos y actualmente solo sufro el primero. Y no soy el único. Tengo amigos animados, chéveres, jodedores, que se encuentran en una situación similar. A cada rato —o mejor dicho: a veces—  compartimos alguna que otra cerveza y nos reímos de todo el mundo y de nosotros mismos. No tenemos piedad con nada. Solo nos ponemos taciturnos o aburridos cuando a uno se le ocurre decir “qué falta me hace una casa”. Y la escena se trasforma en un velorio, el velorio de nuestra esperanza. Callamos un rato. Pero, por suerte, enseguida se nos pasa, y volvemos a la cerveza y a reírnos de mundo y de nosotros mismos. ¡Qué remedio nos queda!