¿Por qué nos sentimos atraídos por otra persona? ¿Por qué mis ojos se fijaron en aquella mujer en particular? Se preguntó Luis Manuel, hombre con 14 años de matrimonio, quien escapó de casa para liberarse.

Estaba allí, de frente a ella, incómodo y fascinado. Preocupado por estigmas fundamentados en la ignorancia y el miedo. Ella lo miró. Hubo una sonrisa común, un gesto de conjura, de experiencia compartida y alivio. Más tarde silencio. Tenía una belleza extraña, molesta e intrigante. Continuaban las miradas. Las pupilas conversaban sobre quién actuaría primero. Se entendían. Hubo pasos hacia delante, luego atrás. Las dudas consumían a Luis Manuel.

Liz Amanda se acercó. Le habló. Con las horas Luis Manuel encontró respuestas a todas sus preguntas. Al final de la noche se sintió independiente, tanto que desató ese instinto animal de sus entrañas y en un torrente de emociones primitivas la tomó entre sus brazos y la besó. Para Luis Manuel ese era un paso definitivo. No había vuelta atrás.

“Amanda es muy importante en mi vida. Yo abandoné mi matrimonio de 14 años por ella. De hecho es mi primera relación gay y no me arrepiento para nada. Con ella aprendí a conocerme más. Sé que el SIDA no tiene cura. No es ignorancia. Es una decisión muy personal, una que mi familia no sabe. Algún día pienso decírselo y tendrán que aceptarlo,” revela Luis Manuel.

“La noticia fue un golpe” explica Liz Amanda. “Tener SIDA (Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida) me deprimió. Pasé noches sin dormir y comencé a padecer de los nervios. Así estuve varias semanas hasta que me di un segundo aire y asumí una postura más positiva. Traté de continuar mi vida con normalidad. Un buen día en el Mejunje de Santa Clara, conocí a Luis Manuel. Al principio tenía miedo porque no sabía cómo podía reaccionar. Desde el primer momento le expliqué mi condición. No me juzgó, lo aceptó. Tardamos tres días en decidirnos. ‘Vamos a protegernos’, me dijo. ¿Si nos queremos por qué no podemos hacer una vida juntos?”

La unión de parejas discordantes (uno portador del virus y otro negativo) no es frecuente. Los riesgos pesan sobre el pensamiento del individuo sano así como en la familia y en la sociedad en general. Sin embargo, la elevada calidad de vida de los pacientes infectados en Cuba favorece el encuentro de estos con personas saludables.

“En los países tercermundistas la media de supervivencia al SIDA es de tres años. En Cuba, con tratamiento de retrovirales, análisis de rutina y el seguimiento personalizado de los profesionales de la salud, la vida de los infectados puede sobrepasar los veinte años. Esto es posible gracias a una política estatal dividida en tres niveles: la primaria (médicos, enfermeras de la familia y policlínico), la secundaria (red de hospitales de lanación) y la terciaria (Instituto de Medicina Tropiacal “Pedro Kourí” y otros).”, explica la máster Kenia Castellón, médico especialista a cargo de la consulta a pacientes SIDA del municipio Placetas, Villa Clara.

Para que la relación de Liz Manada y Luis Manuel funcionara desde el principio debieron poner las cartas sobre la mesa. “En estos seis meses de relación hemos creado un ambiente de honestidad, tolerancia y amor” – cuenta ella. “Cuando me siento mal él asume las labores de la casa. También mantenemos las medidas de seguridad: cada uno tiene sus cuchillas de afeitar, limpiamos con cloro y detergente para desinfestar. Luchamos por los dos. Solo así podremos durar.”

“En la intimidad somos cuidadosos,” continúa Luis Manuel. “Como si fuéramos una pareja sana, pero siempre con preservativo. Si llegara a romperse el condón debemos parar de inmediato el acto sexual y hacernos las pruebas lo más pronto posible.  El miedo está, pero somos aplicados en el procedimiento. No podemos dejar de vivir por eso.”

Estudios médicos sobre el VIH (Virus de la Inmunodeficiencia Humana) afirman que los portadores logran desarrollar una conexión psicoinmunológica positiva si se sienten apoyados y acogidos por su entorno familiar y social: “La respuesta de un determinado paciente concuerda con su realidad. Sabemos que este stress influye en el correcto funcionamiento de las defensas del cuerpo. Cada cual lo percibe de forma muy personal, pero puede ser decisivo en la duración de los períodos de incubación y sobrevivencia de la enfermedad. La lucha contra el SIDA requiere de un trabajo grupal de apoyo y comprensión,” advierte la máster en psicología médica Yamilet González.

En el ámbito familiar no siempre existen simpatías de quienes conviven con las personas infectadas. Ya sea por desconocimiento o por prejuicios, algunos enfermos son discriminados. Los folletos dicen que ‘es mejor vivir luchando que abandonar esperando’ y en el caso de las parejas discordantes la persona sana es vital para estabilizar al paciente enfermo en su lucha por la vida.

“En las consultas donde asistí con Amanda me hablaron de la importancia del apoyo emocional. Por eso trato de ser su sostén, entregarle mi cariño, comprenderla y mimarla. Sé que muchos pacientes son rechazados pero ella cuenta con mi ayuda incondicional y la de su familia,” reafirma Luis Manuel.

El SIDA es una enfermedad crónica estigmatizada. Respecto a los primeros años de la epidemia el comportamiento discriminatorio ha evolucionado aunque, todavía muchos enfermos sufren rechazos debido a mitos, prejuicios y desconocimiento sobre su condición.

“La gente puede ser muy hiriente con parejas como nosotros. Sé que pasan cosas desagradables por ahí, pero nadie se nos ha acercado a decirnos una grosería. Hace poco estuvimos en las parrandas de Placetas y no sucedió nada. Hasta ahora no hemos experimentado ninguna situación desagradable y si algún día ocurriese no creo que nos afecte como pareja. Todo lo contrario, podemos lidiar con la homofobia,” precisa Luis Manuel.

Por su parte Liz Amanda comenta su vivencia en el barrio: “Vivimos en la misma cuadra donde una tía mía mantiene, desde hace 25 años, una relación gay con otra mujer. Ese camino de prejuicios lo vivieron ellas por nosotros. Ahora nosotros contamos con apoyo y comprensión. También Luis Manuel es muy servicial y ayuda a todos en lo que necesiten. Los vecinos lo estiman y mi familia lo adora debido al paso que dio conmigo porque no todos tienen el valor de hacerlo.”

La relación de Luis Manuel y Liz Amanda sucedió tan rápido que apenas conversaron sobre sus temores. Él “hizo lo que tenía que hacer”, mientras ella se “mostró tal como era”. Respuestas tan espontáneas como evasivas.

Luis Manuel le aprieta la mano. Quizás teme perderla. Liz Amanda sonríe o por lo menos lo intenta. Tal vez no teme tanto a la muerte como al abandono y al sufrimiento.

Comunidad LGTB en Cuba

Foto: Iris C. Mujica