La maestra detuvo la lectura. Uno de mis compañeros de aula acababa de preguntar qué era tener las cejas tupidas. La clase giraba en torno a Camilo Cienfuegos, y esta era una de las características de su rostro. Ella iba a explicar, pero miró detenidamente a cada uno de sus alumnos. De pronto se detuvo en mí. Pidió que me pusiera de pie y dijo al resto: “vean las de Heriberto, eso es tener las cejas tupidas; así las tenía Camilo”.

Me sentí súper orgulloso. Tenía nueve años y a partir de ese instante supe de mis cejas, y establecí con ellas una relación narcisista de la cual todavía no escapo. Recientemente alguien sugirió que me las sacara:

—Ahora los machos hacen eso.

—¡Ni loco!—respondí.

Tuve que explicar que no tengo nada contra los metrosexuales, simplemente mis cejas se quedan como están.

Pero lo mejor de esa clase fue la relación personal que establecí con el héroe. Con los años he leído y estudiado en torno a su figura y la admiración se ha hecho más fuerte. Puedo decir que es una de las pocas relaciones idílicas de mi infancia que no se ha desperdigado en la adultez.

La historia de Cuba posee múltiples pasajes enigmáticos. A mi entender los tres más turbios son la conversación que sostuvieron en La Mejorana los líderes de la contienda del 95 —Martí, Gómez y Maceo—; la voladura del Maine; y la desaparición de Camilo.

¿Qué sucedió con el FAR-53 después de levantado su vuelo? ¿Qué fue, no solo de Camilo, sino también del piloto Luciano Fariñas y el soldado Félix Rodríguez, quienes acompañaban al héroe en su fatídico viaje? Las versiones de lo ocurrido son disímiles. El diapasón de las mismas es amplio. Algunos aseveran que el líder espontáneo y popular fue ejecutado por dirigentes de la Revolución, otros aseguran que Camilo puede aún estar vivo, la versión oficial es que desapareció en el mar.

Lo cierto es que en octubre de 1959 dejaba de existir uno de los hombres indispensables de la gesta revolucionaria, uno de los cubanos más encomiables de todos los tiempos. Muchacho crecido entre disparos, que llevaba en su actuar, su gratitud y su modestia, la fuerza moral de todos nuestros héroes. Que acompañó a Fidel en toda la gesta revolucionaria y predicó con el ejemplo firme y una moral sin tacha.

Pienso en él y me hierve en la sangre el peso de la Historia. De los tantos jóvenes que dieron la vida por un sueño de emancipación y justicia: José y Antonio Maceo se fueron a la manigua, a luchar por nuestra independencia, con 19 y 24 años, respectivamente; Martí escribió Abdala con 16; Panchito cayó con 20 junto al Titán; Mella fue ultimado en México con 26; Villena tenía 23 cuando participó en la Protesta de los Trece; Guiteras 27 cuando ocupó el Ministerio de Gobernación dentro del llamado Gobierno de los Cien Días; 26 tenía Fidel cuando se efectuaron los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes; a los 25 fue torturado y asesinado Abel Santamaría; y 26 eran los años de Camilo cuando entró triunfante en La Habana.

Yo ya estoy cercano a los 30 y me sobrecojo de vergüenza, me impugno por lo que he hecho y por lo que no. Tener las cejas no es suficiente tupidas para compararse con él. Pienso en aquellas palabras de Fidel Castro que anunciaban a muchos Camilos en nuestro pueblo, y me pregunto dónde están, quiénes son.