Quien frecuenta las salas donde se exhibe teatro, quizás lo hace con la seguridad de encontrar en escena el rostro auténtico de este archipiélago. Los espectadores vemos sobre las tablas lo que tantas veces desaparece en la prensa. Hay obras que, además, constituyen referentes que nos marcan para siempre.

Él lo que más quiere en la vida es un I-phone. Sentencia el personaje central de la puesta después de concluido un acto sublime: las ansias de emigrar de un joven cubano se confunden con pinceladas del Abdala martiano, que contradice los deseos de la madre y sale a socorrer su patria. La carta de Leonor Pérez dedicada a José Martí es en realidad el catalizador de tales alegorías.
Estamos ante el Cuban Cofee by Portazo´s Cooperative, entrega teatral del grupo matancero El Portazo, dirigido por Pedro Franco. Esta propuesta desde el inicio focaliza algunas de las particularidades que -hasta hoy- conforman nuestro gentilicio. CCPC sustenta sus cuestionamientos a partir de los propósitos del cubano de estos tiempos, sin desligarlo de su historia. Quizás por eso tiene la capacidad de conmover(me) e inquietar(me) tanto.

Foto: Omairy LorenzoLos elementos que titulan la obra no están allí por gusto. Las cooperativas son en el país un fenómeno en boga, por ello este colectivo propone el movimiento de sus encargos teatrales a través de un experimento que combina lo artístico con lo económico. Una vez más, el arte demuestra que es fructífero esbozar una nación mediante los trazos de su contemporaneidad.
El resultado es una suerte de laboratorio con una oferta binaria de creación y gastronomía, centrada en las pautas del cabaret. De ahí que el espectador/cliente puede acompañar la obra con el sabor de una bebida o bocadillo, siempre que pague por ellos.
Pero volvamos al punto inicial. Oigo aquel fragmento de texto y me pregunto cuántos jóvenes o adultos en la Isla se sienten invalidados, ante la imposibilidad de tener un I-phone. Escucho diálogos, observo las actuaciones y mientras trato de digerir toda esa amalgama de símbolos, no puedo evitar que las interrogantes lanzadas implícitamente por la dramaturgia aterricen en mi mente.
¿Qué es la patria? ¿Acaso el emigrante que decide salir de su país de origen ante otras posibilidades deja de ser patriota?

Hago el esfuerzo por establecer respuestas. Pienso en los familiares y amigos que no se encuentran en Cuba. Estoy convencida de que muchos se fueron sin llegar a descubrir lo que era en verdad la patria, porque como dijera un poeta, ella es un misterio sobre todas las cosas. No obstante, hay en esa asociación de personas, varios casos que no necesitan conceptos para querer a esta tierra.

En medio de esas introspecciones la obra grita que debo seguir mirando, pues todavía queda mucho por procesar.
Entonces se adueñan del escenario varios transformistas. Algunos de ellos transportan la nación hasta en las ropas. Vemos así, una silueta femenina ataviada como miliciana; otra lleva la bandera cubana en el vestido y luego encarna a La Giraldilla. Interesante manera, digo yo, de remarcar que el nacionalismo y el arraigo no son cualidades que se puedan traer por los pelos, para implantarlas en un único género.

Foto: Omairy Lorenzo

Porque el sentido de pertenencia es convocado por el alma humana, sin que importe el código biológico de la entrepierna, mucho menos la preferencia sexual.
También se personifica a la Estatua de la Libertad y se doblan antológicas canciones en inglés, así como otras importantes de nuestro pentagrama. El restablecimiento de relaciones bilaterales entre Cuba y Estados Unidos se me antoja una metáfora.

Y es que por ahí andan los tiros de la sociedad cubana actual. El ancestral culto a la santería, el anhelo de prosperidad, las recientes rebajas de precios, el desparpajo criollo, la crítica sarcástica hacia el periodismo o la política, son asuntos que El Portazo sube a escena magistralmente, poniendo el dedo en la llaga.

En uno de los intermedios de la puesta, mientras bailo en el escenario al ritmo de Van Van me pregunto otra vez si la patria es todo lo visto. Pero no puedo ser exacta, ni definírsela a nadie.  Al menos sé que en la mía, en esa que llevo dentro, perviven los transexuales y todo lo que es diverso. En ella suena la música en cualquier idioma y la gente baila aunque tenga medio peso, pues no es necesario únicamente un I-phone para ser feliz. Porque la alegría es tan relativa y circunstancial que puede caber (o no) en una obra de teatro.

Foto: Omairy Lorenzo