En Cuba, ya no son solo los hombres los responsables de “poner la comida en la mesa”. Más de la mitad de los que han salido de la isla son mujeres en busca de mejores condiciones de vida para ellas y sus familias. Una ausencia que implica consecuencias en lo funcional y afectivo.

“La luchadora siempre he sido yo. Mi esposo ha sido una gente muerta, de poco entusiasmo, y no ha querido enfrentarse a cosas nuevas. Yo digo que el que no se arriesga no triunfa. Y eso que nadie creyó que me iría a España hasta que no estuve montada en el avión”. Adriana Rodríguez*, 50 años. Madre de una adolescente de 15 años y un joven de 23. Contadora. Lleva un año en ese país cuidando ancianos y después de un mes de vacaciones en Cuba, planea volver a españa por otro año y medio. 

La emigración cubana es mayormente femenina. Más de 263.000 mujeres salieron del país, definitiva o temporalmente, entre 2002 y 2012, según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI). En 2012 el 52 por ciento de los emigrantes fueron mujeres. 

“No me movió solo el factor económico (…)”, cuenta Silvia. “Las relaciones con mi esposo ya no eran buenas. Ese fue uno de los móviles. Y el otro fue mi papá, un hombre que estaba muy integrado a la Revolución y quería tener el orgullo de que una hija fuera internacionalista. Y esto, fíjate, es una historia real, no estoy coloreando nada”. Silvia Montero*, 48 años. Madre de dos hijos. Médico General Integral. Pasó tres años de misión en Venezuela en 2003 y dentro de poco planea repetir la experiencia.

A partir del choque con otras culturas e idiosincrasias, las cubanas que regresan traen consigo más herramientas de análisis social, que luego intentan transmitir a sus familias: Adriana se desespera con las colas, dice que eso significa que algún indolente hace mal su trabajo; no se resigna ahora  a la burocracia. O Silvia, que sabe puede aspirar a un mejor trato como clienta. Pero a la estancia en otras tierras también se suma el impacto negativo de la emigración en términos afectivos y funcionales.

Mamá… regalo

Ropa, celulares, computadoras, equipos electrodomésticos, productos de aseo personal, comida… Ellas traen para todos. El fenómeno, según explica Consuelo Martín, investigadora del Centro de Estudios de Salud y Bienestar Humanos de la Universidad de La Habana, está asociado fundamentalmente a la solución de problemas económicos.

Abundan las investigaciones que enumeran los prejuicios de una comunicación familiar limitada para el crecimiento emocional de los más jóvenes. Y no solo las mujeres, todos los padres y las madres que deciden emigrar asumen ese riesgo junto a los beneficios económicos.

Silvia: “En Venezuela me comunicaba por correo y por teléfono, pero se escuchaba muy mal… muchas veces hablaba con mis hijos, y preguntaba, ‘¿nena, me estás oyendo?’, pero no me escuchaba, y eso era… desesperante. Ni los mismos venezolanos, sobre todo las mujeres, creían que nosotros teníamos hijos en Cuba porque estábamos lejos de ellos. Incluso, al regresar, los niños ya estaban acostumbrados al mando de otras personas, y hacían cosas que poco a poco tuve que ir entonando”.

Las misiones internacionalistas también están estimadas desde la academia como migraciones temporales. Para la investigadora, este proceso influye en las familias de la misma forma que cualquier otra ausencia, con la diferencia de que en Cuba, casi siempre, cuentan con la aprobación social.

En general, y en vista de que los alejamientos familiares suelen ser compensados económicamente, Consuelo Martín alerta sobre la incidencia del estímulo material por encima del afectivo en la formación espiritual y cultural de los niños y jóvenes cubanos.

Adriana: Esta vez prioricé la laptop de ellos para su estudio, porque tenían que estar siempre corriendo detrás de los amigos, y ellos tienen que poder estudiar sin depender de nadie. Y lo otro, fueron los tres días en un hotel de Varadero por el quince cumpleaños de la niña. Fue algo que ninguno de ellos va a olvidar, porque, ¿cuándo esos niños han ido a algún lugar?”

La psicóloga de la Universidad de Cienfuegos, Maricely Sánchez Quintero, opina que “la familia cubana afronta una desestructuración a raíz del fenómeno migratorio y las misiones internacionalistas”, y que esta movilidad constituye un elemento que caracteriza a la sociedad cubana.

Según sus razonamientos, los hijos pequeños pueden sufrir secuelas emocionales a causa de la deformación de las dinámicas familiares, lo que luego puede ocasionar diversos trastornos de personalidad. “Hay eventos en la experiencia colectiva del grupo familiar que no son recuperables”, dice.

Muchas de estas madres deciden regresar a Cuba, pues las responsabilidades familiares las reclaman. Ellas son también partícipes de un proceso de reeducación a los hijos, “malcriados” por otros familiares durante su ausencia.

Más ellas, más autónomas

Aun así, Silvia se hizo fuerte en Venezuela: “Tú sabes la situación económica de Cuba, pero cuando regresé, por primera vez fui capaz de mantener a mis hijos y a mi casa sola, tenía solvencia económica, aprendí a planificarme y eso me llenó de orgullo”.

Adriana, a pesar de las sistemáticas afrentas por parte de sus empleadores, aprendió a valorarse y, de paso, enseñó a su familia: “Al final pensé que, aparte de la necesidad económica, una lo necesitaba también. Mi esposo ha aprendido a valorarme más. Y también mis hijos, que han madurado y crecido mucho. Ahora, después de un año allá, ya sé que puedo ganar dinero. Y eso es un triunfo para mí”.

Estas mujeres, las que regresan, lo hacen con autonomía financiera, confianza en sus capacidades y una visión reevaluada de su realidad, lo cual las convierte en agentes sociales mejor preparados para la educación y el sustento familiar. Habrá que ver qué piensan ellos.

*Seudónimos utilizados a petición de las entrevistadas.