La apertura a los negocios no estatales en Cuba permite a miles de mujeres intentar la mejoría económica con el impulso de iniciativas privadas o familiares. Para ellas supone muchas veces  un esfuerzo mayor que para los hombres, por la permanencia de actitudes machistas en la sociedad; pero varias que lo intentan afirman estar satisfechas con los resultados.

Tal es el caso de Meyling Hernández y Claudia Parrado Hernández, madre e hija que (junto a su familia) administran el restaurante Las Mamparas y la cafetería Big Bang, en la ciudad de Cienfuegos, a 240 km de La Habana.

“Los problemas son miles”, nos cuenta Meyling (antes enfermera y ahora “capitana” de salón en Las Mamparas). “Es difícil conseguir legalmente toda la materia prima que necesitamos, enfrentarse a las mentes aferradas a viejos conceptos y hasta superarnos a nosotros mismos, que hemos debido educarnos en materias de negocios y cocina”, explica.

Ambos sitios, el restaurante y la cafetería, emplean la sala, la saleta y varias habitaciones de dos viviendas familiares. “Por supuesto debimos reducir el espacio privado y tratamos de evitar que se mezcle demasiado lo personal con el trabajo, aunque es muy difícil”, comenta Claudia.

“En pocas actividades del trabajo no estatal están ausentes las mujeres; quizás en aquellas más fuertes como la construcción o la agricultura”, expone Meyling, a quien le responde de inmediato su hija: “Las mujeres no nos debemos ver limitadas. Si bien algunos empleos requieren más esfuerzo físico, eso no significa que estemos limitadas para ejercerlos”, sentencia.

 

Una reina del Almendrón

Uno de esos oficios poco frecuentes para las féminas es la transportación de pasajeros.

En La Habana, por ejemplo, las mujeres choferes de “almendrones” (autos fabricados antes de 1960 que funcionan por cientos como taxis en la capital del país) son casi una leyenda urbana. Casi todo el mundo ha visto alguna, pero pocos pueden identificar un sitio fijo donde encontrarlas.

Hasta la “piquera” del cine Lido, en Marianao, llega cada mañana Alicia Liset Fernández, para integrarse con su auto Plymouth del 56 a la cola de quienes recorren la ruta de poco más de 30 kilómetros hasta el poblado de San Antonio de los Baños.

“Todos me miran con atención sobre todo cuando parqueo. Muchas mujeres que me ven parqueando me dicen que ellas no podrían manejar este carro tan grande, pero yo (que aprendí a manejar en un tractor) lo llevo bien”, confiesa.

“Siempre hay algún machista que hace comentarios del tipo de “¿qué necesidad tiene ella de estar haciendo eso?, pero son los menos, en realidad”, asegura Liset. “Es un trabajo como otro cualquiera y así ayudo con los gastos de la casa, que no son pocos”, reconoce.

“Pero además, ante tantas miradas, yo me veo como una reina”, suelta casi en un carcajada con las manos firmes en el timón y el rabillo del ojo advirtiendo el tráfico.

Estudiante y camarera

Claudia Parrado, la hija de Meyling, es estudiante de tercer año de Ingeniería Industrial en la Universidad local. “Es difícil sostener carrera y empleo, pero lo consigo administrándome bien el tiempo”, nos cuenta.

Ella no trabaja para pagarse sus estudios (son gratuitos) sino para impulsar el negocio familiar y obtener su independencia económica, algo de lo que carece la mayoría de los jóvenes universitarios cubanos.

La sociedad antillana sostiene aún rasgos paternalistas, pues no fue sino hasta hace cinco años que el gobierno permitió a los estudiantes de cursos regulares diurnos (matriculados a tiempo completo en las universidades, institutos de enseñanzas medias superiores y tecnológicas) percibir ingresos legales por trabajar en las horas libres del estudio.

No obstante, el debate continúa, pues como refiere el académico cubano Juan Triana Cordoví, de la Universidad de la Habana, todavía se escuchan frases del tipo de “¡qué tristeza, tan jovencitos y preparados trabajando en la gastronomía!”.