Picar piedras se convirtió hace algunos años en la actividad económica más frecuente en La Curía, una comunidad campesina cercana a Palma Soriano por el camino de El Cobre, en Santiago de Cuba. Lo llamativo es que allí no hay Blancanieves esperando en casa por los enanos y el fruto de su trabajo, sino que fueron las mujeres quienes transformaron en “moda” la dura labor de extraer y triturar piedras, al margen de la legalidad.

¿Pero es posible mantener esta “moda”, resultado de la necesidad, sin la Licencia ambiental requerida por el Estado cubano para realizar la actividad de extracción de recursos naturales?

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“Al principio picaba piedras para contribuir con la construcción de mi propia casa, pero luego empecé a vender las gravillas por 150 o 200 pesos el metro, que equivale aproximadamente a 42 tanquetas. Esa cantidad la obtenía en una semana más o menos, alternando con las labores domésticas”, cuenta Yeni Corrales, conocida como La China.

—¿Alguien te enseñó? —indago.

—No, aprendí a picar piedras con una ´mandarrita´ por la necesidad que tenía. Este es el único trabajo que he hecho en mi vida, además de ser ama de casa.

“Como mujer, lo que hago es ayudar a mi familia, a mí misma y a la comunidad. Y no me arrepiento. Ya terminé mi construcción”.

“Las piedras se las compramos al bueyero, que las recoge en la mina, cerca del río. Las picamos en nuestras casas y las vendemos allá en Palma (Soriano), el pueblo. Mi familia es de allá, pero yo me mudé para acá para La Curía cuando me casé.

—¿Hay más mujeres que hombres picando piedras? —pregunto.

—Yo creo que sí —responde y enumera de la A hasta la Z unos cuantos nombres.

—¿Te maltratas haciendo este trabajo?

—No, no. Porque uso guantes, espejuelos y me tapo el pelo con un paño, ¿ve´?

— ¿Es legal esta actividad?

—Sí —se apresura en contestar—. Esto salió por la televisión y todo.

—¿En el noticiero?

—No, por Palma TV…

En aquel momento, la presidenta del Consejo Popular, Marta Bugalón, dijo a la televisora municipal que “en unas cien viviendas de La Curía se produce grava manualmente”.

“Esto quiere decir que entre la población de jóvenes, personas jubiladas, amas de casa, este se ha convertido en el principal renglón económico y, además de ser fuente de empleo, aumenta sus ingresos”, declaró.

Pero hace muy poco —dice la China—, “vino el inspector del CITMA y nos sacó, para que no cogiéramos más piedras porque le estábamos haciendo daño a no sé qué del ambiente”.

El Artículo 27 de la Constitución de la República postula que “el Estado protege el medio ambiente y los recursos naturales del país. Reconoce su estrecha vinculación con el desarrollo económico y social sostenible para hacer más racional la vida humana y asegurar la supervivencia, el bienestar y la seguridad de las generaciones actuales y futuras”.

¿Pero, acaso es injustificado o sin sentido que la supervivencia, el bienestar y la seguridad de las generaciones actuales y futuras, en ocasiones, provenga del uso de recursos naturales “a la mano”?

Foto de la autora.

Si se profundiza en la Ley No. 81 del Medio Ambiente, el artículo 4 refleja que las acciones ambientales para un desarrollo sostenible se basan en los requerimientos del desarrollo económico y social del país, y están fundadas en principios como este: los recursos naturales deben aprovecharse de manera racional, previniendo la generación de impactos negativos sobre el medio ambiente… La realización de actividades económicas y sociales por las personas naturales o jurídicas está condicionada por el interés social de que no se ejerza en perjuicio del medio ambiente.

Para el profesor Pedro Acevedo Rodríguez, de la Facultad de Geografía de la Universidad de La Habana, en este caso todo depende del tipo de roca que sea y la magnitud de la extracción; si provoca algún tipo de contaminación del recurso producto de grietas y fallas. La extracción tiene que estar amparada por un estudio de personas que sepan valorar el recurso, por el posible impacto ambiental, pues se pudiera degradar el recurso o crearse condiciones de derrumbe, desplazamiento del material, lo cual llega a poner en peligro a los propios trabajadores.

“El que la saca en sí, solo debe tener la orientación; y la autorización desde el punto de vista administrativo y económico”.

La roca, si bien no es oro, constituye el basamento de la naturaleza; sobre el cual se asienta el resto de los recursos: el suelo, la vegetación, la fauna; y puede que una extracción inadecuada dañe los demás componentes del ambiente, explica el profesor.

“Por lo general las rocas son inertes y poco conflictivas en ese sentido, a no ser que se trate de medios dinámicos como los ríos. En cualquier caso, su tratamiento no debe ser espontáneo, sino con un basamento científico, que estudie si en el entorno hay especies endémicas.

“La actividad de extracción está regulada; hay una ley de minas que contempla todas estas cosas y existen las licencias administrativas y ambientales; es decir: por la parte minera, por la ambiental, y por la administrativa, se necesitan estas licencias y requisitos; se ejercen controles. Los recursos mineros son patrimonio del país y por lo tanto no se pueden explotar por particulares”, sentencia.

La microminería ha estado en el debate sobre los pasos por dar en la reforma económica lanzada desde 2011. Uno de sus programas “bandera” es el de la producción local de materiales de la construcción, que pretende la “autarquía” municipal en la mayor cantidad de materiales de construcción posibles. Desde esa fecha se discute la necesidad de un nuevo instrumento legal que ampare la extracción privada a pequeña escala; pero como lo demuestra la puja en La Curía, la aprobación de esa política va al mismo paso que la Actualización.

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Aliuska Maceo Meriño tiene 29 años y, junto a su madre Agustina y la vecina Olga, empezó a picar piedras hace más de siete años según sus cálculos. Pero tuvo que parar cuando su primera hija llegó, y luego el segundo, y los jimaguas; una carretilla, como ella lo define.

“Nosotras hasta sacábamos las piedras de la loma. Te voy a contar la historia:

“Siempre nos sentábamos a conversar y un día a mi mamá se le ocurrió decir ´¿y por qué no empezamos a picar piedras?´. Lo pensamos y decidimos hacerlo. Fuimos las primeras picapiedras, las buscamos allá arriba —señala hacia unas montañas más atrás—, las cargamos nosotras mismas en carretillas y las ´pilamos´.

La madre de Aliuska confirma que fue ella quien ideó todo. “No había modo de hacer dinero, así que se me ocurrió esto y las convidé. Luego de un tiempo vimos los resultados, ya podíamos comprarnos ropa, etc.”, explica.

“Después de nosotras se sumaron una ´pila´ de mujeres, que al principio hasta nos habían criticado. Nos decían ´ustedes, mujeres y picando piedras, con las piernas abiertas y cogiendo polvo…se les va a llenar aquello de polvo´…”

—Yo tengo doble pantalón y doble blúmer —confiesa Agustina. Y entre risas, que les respondía: “Aquí lo que va a entrar es dinero”.

“Cuando vieron que empezamos a vender la gravilla a 200 pesos el metro, y estábamos haciendo dinero, ellas también quisieron probar”, sentencia Aliuska, quien no obstante asegura que “picar piedras no da para hacer una casa. Esto es para comer”.

A diferencia de La China, esta muchacha no se inició como picapiedra para la construcción de su vivienda. Apunta con el índice hacia ella y suspira: “Si mira las condiciones en las que está. Pedí un subsidio después de Sandy (el huracán que devastó a Santiago en el 2013) y nada.

“Nosotras las picábamos más rápido entre las tres y nos dividíamos el dinero a partes iguales. Lo hacíamos bien y teníamos clientela”, expresa Aliuska. Solo que —reconoce— es un trabajo muy duro y le ha afectado la columna.

Luego del parto, su esposo emprendió el trabajo de ella, hasta que “la cosa se puso mala”. El dueño de la finca (particular) por la que se atraviesa para subir a buscar las piedras comenzó a cobrar el paso a 50 pesos. “Esa portería que ves ahí hay que pagarla: la entrada y la salida”, dice y mira hacia un costado de su morada.

Por otra parte, valora, está la prohibición del CITMA de la explotación sobre el recurso. “Es el trabajo de mucha gente que espera vender la gravilla para poder comer. De ahí sale su sueldo.”

Foto de la autora.

“El día que vinieron los inspectores yo les dije que estaban cometiendo un error, incluso después de que la televisión vino y filmó, y todo el mundo estaba de acuerdo con que picáramos piedras. Ahora es tarde para prohibirlo”.

No obstante, la prohibición persiste. Los pobladores de La Curía aseguran que los inspectores están poniendo multas, si bien la letra impresa de la legislación cubana sobre medio ambiente expresa que “el conocimiento público de las actuaciones y decisiones ambientales y la consulta de la opinión de la ciudadanía, se asegurará de la mejor manera posible; pero en todo caso con carácter ineludible”.

“El papel de la comunidad es esencial para el logro de los fines de la presente Ley, mediante su participación efectiva en la toma de decisiones y el desarrollo de procesos de autogestión orientados a la protección del medio ambiente y la elevación de la calidad de vida de los seres humanos”, reza la mencionada Ley 81.

En este sentido, Alexis Vinza, también habitante de La Curía considera que el Estado debería apoyar esta actividad porque, a fin de cuentas, “no han enviado una comisión a verificar de qué forma se estaba haciendo esa ´salvajá´: es un dinero que se está buscando salvajemente, con sacrificio, y no perjudica al Estado. Al contrario, ninguna de las canteras institucionalizadas que hay en la zona oriental del país da abasto para las construcciones y cuando sacas la cuenta, ¿qué vale un bloque, una tira de cabillas? El salario no alcanza para eso, casi ni para comida…

“Estas son cosas que hay que analizarlas. Dicen que están poniendo multas pero pienso que si se establecen requisitos y un sistema de impuestos, no habría que prohibir la actividad. ¿En qué perjudica esto al país?, si esas piedras se extraen de potreros, farallones, lomas, que eran de marabú, nadie los ha sembrado nunca y están desperdiciados”, indica.

Partiendo de la idea de que los recursos de una comunidad deben ser aprovechados en función de su desarrollo, los locales coinciden en que la nueva prohibición elimina totalmente una fuente de ingresos para La Curía, así como se afecta el flujo en el abastecimiento de gravilla para la construcción en los poblados aledaños a este, marcados por el mal estado del fondo habitacional.

La familia de Aliuska y Agustina es, en este sentido, de las más desfavorecidas. Luego de haber creado una ´brigadita´, como la llama la madre, a la que se incorporaron su hijo y nuera, simplemente desde arriba cierran el grifo por donde les caía el agua. Como alternativa, esta familia ha buscado piedras y cuenta con una reserva, bien guardada en el patio.

“Pero si me ponen un multa, no la pago”, arremete Agustina, quien sabe que algunos de sus coterráneos fueron multados con 200 pesos o más.

—¿Y cuál ha sido la reacción?, ¿Siguen picando piedras o no?

—Sí, pero ahora la gente pica menos y se ha girado hacia el marabú para hacer carbón… ¡y como pincha eso!…Yo prefiero las piedras, remata.