“Llena la planilla desde ahora”, me dijo una conocida cuando mi niño Dante tenía apenas un mes de nacido. “¡¿Pero esta mujer está loca?!”, pensamos y nos miramos al mismo tiempo diciendo: “No hay que exagerar, todavía faltan 11 meses”.

¡Qué inocentes fuimos en mi familia! Resulta que la planilla en cuestión llegó a nuestras manos, luego de una visita a la Dirección Municipal de Educación, justamente cuando Dante cumplió seis meses de edad. Nos creímos con ventaja, pues aún restaba un buen tiempo antes de que el niño debiera incorporarse al Círculo Infantil.

Datos personales de los padres y del menor, dirección y teléfonos del centro de trabajo, firma y cuño de Recursos Humanos y el Sindicato… en fin, un montón de datos junto a una carta de solicitud que nos condujo a un lleva y trae increíble, al cual dedicamos 2 meses. Y el tiempo iba pasando.

Sin dudas, el error a nuestra cuenta fue dejar que los días corrieran y confiar en el curso natural que debió tomar el proceso. Cuando Dante cumplió un año… “el Círculo aún no le ha sido otorgado porque tenemos otros casitos que priorizar”. Aunque no lo crean estoy riendo mientras escribo estas palabras, la verdad es que hoy suenan absurdas, sin sentido y falsas.

“¿Otros casitos…?”, pensé. En medio de mi inocencia y desconocimiento, llegué a la conclusión de que esos otros que esperaban por su plaza en el Círculo, y que debían ser priorizados, seguramente eran las madres que tenían más de un hijo, los casos sociales, etc.

Hasta que una vecina, no sé si por hacer el bien o el mal, me afirmó sin rodeos: “Esos que se priorizan son los que le dan 20cuc por debajo de la mesa a quien se encarga del otorgamiento o le llevan una jabita con comida de vez en cuando”.

No podía creer que fuese cierto. Pero hoy, a los nueve meses de haber solicitado el Círculo Infantil que me corresponde, y de percibir cómo asisten los hijos de personas que ni siquiera tienen vínculo laboral, mi perspectiva sobre el asunto cambió.

Mi esposo y yo siempre pretendimos que el niño asistiera a una institución estatal de este tipo. Aunque es cierto que en esos lugares la atención no es tan personalizada como en los llamados “cuidos” (guarderías privadas) el regirse por un programa educativo facilita la evolución y el aprendizaje del pequeñito. Y no es que les reste valor a las personas que en sus casas se dedican a la atención de los infantes, pero en algunas ocasiones estos lugares no cuentan con las condiciones de espacio y confort necesarias para los niños.

Hace apenas unos días me incorporé a mi empleo otra vez. ¿Qué dónde está mi Dante? Pues no quedó otra que tomarlo de la mano y conducirlo hasta una cuidadora particular, pues aún esperamos, ya no tan pacientemente, el otorgamiento del Círculo Infantil para este hijo de padres profesionales, asalariados estatales, que hacen más que esfuerzos para costearse el cuidado de su hijo.

Por que, además de no poder darnos el lujo de regalar dinero siempre que se ponga una piedra en el camino, me niego a la idea de tener que comprar algo que me corresponde por derecho propio.