Son gente de campo, personas amables que viven casi recluidos en su casita de madera y tejas a la vera de un camino polvoriento que conduce al “Ifraín Alfonso”, central azucarero ubicado unos 30 kilómetros al suroeste de Santa Clara.

Por mucho tiempo fueron padres descontentos de ese, su hijo más chiquito. Los pocos juguetes que ellos podían procurar, el muchacho los desarmaba para construir tractores, camiones, máquinas para cortar caña y pequeños buldóceres hasta reunir un “parque automotor” que hoy sobrepasa los 30 vehículos.

—Yo me siento en el portal de mi casa y miro los carros que pasan por el camino —afirma Yosdiel—. Si alguno me gusta, vengo al patio y empiezo a construirlo.

Dayamí va para la cocina y vuelve con unos calderos. “Él no solo hace juguetes, también me arregla las cosas de la casa”, afirma. Los calderos tienen agarraderas nuevas, de tintineante aluminio. Luis Manuel se ríe y me enseña el ventilador que hizo el niño: un pequeño motorcito con veleta de plástico y encendedor rústico.

—Aquí la gente tiene mucho lío con él —dice y conecta el ventilador para que yo vea cómo funciona—. Vienen a ver los carros, les tiran fotos.

La verdad es que Dayamí, la madre, lo pensó mucho para tener a Yosdiel.

—Y ya usted ve —el hombre se afinca en su corta estatura—, ahora el muchacho es la alegría de uno. Yo tengo un amigo, incluso, que le quiere pagar los estudios. Enano, me dice, yo le doy cien pesos todos los meses, yo le pago la escuela.

Luis Manuel arroja lejos la colilla de cigarro y concluye: “Pero yo no puedo decidir eso, él mismo tiene que elegir su camino en la vida”. Mientras tanto, Yosdiel ya ha terminado de organizar todos los carros.

—Este es el que más me gusta —dice y levanta un tractor rojo.

—¿Por qué? —le pregunto porque tiene otros más “sofisticados”, como la motoniveladora y el buldócer.

—Porque es grande y porque me costó mucho trabajo hacerlo.

—¡Ah! —digo yo—. Oye, dentro de poco es el día de los Reyes.

Hago una pausa y miro a los padres.

—¿Qué te van a regalar?

Los padres se ríen, pero no contestan nada. Yo me callo también la boca. Miro los ojos verdes del niño y me doy cuenta de que hace tiempo él es su propio Rey Mago.