Mi primer recuerdo de género es terrible. En la primaria cuando nos queríamos ofender de veras, los niños nos acusábamos de “vuela vuela”, lo peor que se podía decir. El término era sacado de una canción del grupo Magneto que estaba de moda pero era más que eso, un adjetivo que te convertía automáticamente en marginado. Este es un recuerdo de 1992, en poco tiempo estrenarían Fresa y Chocolate en todos los cines donde fue posible y el tema gay se pondría en la palestra. Quizás demasiado tarde, ya estábamos permeados por un aprendizaje que exigiría luego mucho ejercicio de empatía para deconstruir la homofobia heredada. Después de esos malos comienzos debimos enseñarnos nosotros mismos.

Nací en Santa Clara, que quizás sea la ciudad más avanzada en cuestiones de género en Cuba. Aun así, cuando en la escuela primaria nos enseñaron que había algo más que hembras y varones, siempre fue en tono despectivo. La palabra gay llegó con el tiempo y los altos estudios, en esos primeros años solo habían maricones. Hoy tengo muchos amigos gays pero en ese entonces tocaba renunciar a ellos porque no hacerlo significaba caer en el ostracismo del mundillo estudiantil. Y esos chicos de orientación distinta debían conformarse mayormente con la amistad de las chicas.

Quizás exista un círculo del infierno dedicado a los que fuimos cómplices de la marginación, que somos todos o casi todos

En la secundaria ya quedaba más o menos claro la inclinación de cada uno. Mientras salíamos en bicicleta y nos ocupábamos de ver películas en los primeros videos VHS que llegaban a Cuba, algunos chicos de la escuela estaban claramente apartados de nuestra agenda social. Por suerte terminé en un grupo de amigos bastante progresista y debí madurar rápido. La identidad sexual ya empezaba a ser asumida como lo que era, sin presión social. Gracias a ellos el cromañón fue cediendo terreno y eso nos hizo más libres.

Mi heterosexualidad era tan casual como la homosexualidad del otro, el respeto era la base de las relaciones de camaradería. Creo que hoy ninguno de nuestro grupo es gay,  pero eso ni siquiera es importante. El hecho de que serlo fuera normal, fue un salto evolutivo importante en la adolescencia, pero no era así para la mayoría. La homofobia en Cuba ha sido como el bullying, legitimada e invisibilizada hasta que alguna persona con influencia política y el propio activismo de género lo ponen en la agenda pública

Santa Clara tiene mil historias para contar. Recuerdo que ya con 17 años estamos sentados 3 socios en el parque de la ciudad y pasan tres rubias. Dice el de mi izquierda: “arriba, una para cada uno” y responde el de la derecha: “los 3 son hombres”. Estuvimos riendo media hora de nuestra ingenuidad visual. Mientras el transformismo era algo muy inicial en el resto de la isla, en nuestra ciudad se había desarrollado hasta ser un arte. En otra ocasión un amigo besó a un hombre vestido de mujer en un concierto, cuando lo llamamos discretamente y le dijimos, el prejuicio vergonzante lo retuvo un mes sin salir de noche.

Agradezco una y mil veces la existencia de un centro cultural como el Mejunje en Santa Clara, primer espacio de verdadero respeto en el país. No de tolerancia, la tolerancia implica dejar hacer algo que no es reconocido por uno mismo, sus sinónimos en el diccionario son aguante y paciencia. Tuve un romance una vez con una feminista española que en media hora me enumeró los prejuicios que me quedaban, los últimos años he tratado de reducir la lista lo más posible pero quedan cuentas pendientes.

Platón contaba que los hombres éramos una raza perfecta de cuatro pies y cuatro brazos donde convivían dos hombres, dos mujeres o una combinación de ambos. En nuestra perfección quisimos invadir el Monte Olimpo y el propio Zeus nos lanzó un rayo que nos dividió en hombres, mujeres o ambos en un solo cuerpo. Este mito intentaba explicar el origen de la homosexualidad y le heterosexualidad, también da origen a lo que hoy en día llamamos nuestra “media naranja”. Zeus estaría orgulloso de lo imperfectos que quedamos todos después de su rayo, en estas condiciones está claro que no intentaremos asaltar el Olimpo por sorpresa en un buen tiempo.

Seguimos siendo cromañones en muchos sentidos

Aterrizando el tema en asuntos más terrenales. En nuestra Asamblea Nacional está detenido el Código de Familia y una de las razones fundamentales es la presión que hace el CENESEX para que se reconozcan derechos LGTBI. Los que impiden que esta ley salga del bache gozan de la impunidad que les da el anonimato, si esta actitud y sus nombres fueran públicos quizás no se atreverían a impedirlo. Es posible que yo sea todavía un cromañón de género pero ellos lo son mucho más, lo que no les despoja de otros valores.

En el 2016 no se deben hacer distinciones xenofóbicas, ni asumir actitudes paternalistas buscando un amigo gay para sentirse mejor con uno mismo y decirse en el espejo: ¡wow que moderno soy! Toca visibilizar los problemas existentes porque ese sigue siendo el primer paso para su solución. Ya no nos burlamos unos de otros gritando “vuela vuela” pero de maneras más sutiles seguimos reproduciendo prejuicios y transmitiéndolo a las nuevas generaciones.

En un país que ya había cumplido tantas metas civilizatorias, nos enseñaron a discriminar la diferencia y menospreciar lo distinto. Toca ser mejores que eso, quizás ese sea el legado para nuestros hijos.